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Por qué no empezamos a salir de la crisis

El objetivo de las empresas, bancos incluidos, ya no consiste en maximizar los beneficios sino en minimizar las deudas.

José García Domínguez
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La industria de la demagogia, que es el único sector que no ha dejado de crecer desde que comenzó la Gran Recesión en 2007, ha fabricado dos chivos expiatorios para consumo de un público ávido de explicaciones sencillas a fenómenos complejos. Por un lado, el populismo más sesgado hacia la diestra ha puesto la diana tras la cabeza de los representantes políticos electos, origen de todos los males del universo a su entender. En cambio, su hermano gemelo, el populismo paleo-izquierdista, no ha dudado en señalar a los banqueros como los artífices en la sombra de los sufrimientos que padece la población a causa de la parálisis del aparato productivo. Arcana conjura, la de los señores del dinero, que ocultaría la intención de demoler los cimientos del Estado del Bienestar. En su burda simplicidad, ambas narraciones podrían ser objeto de cualquier acusación, salvo de la de haber fracasado en sus fines. Porque lo cierto –y lo triste– es que tanto la una como la otra han terminado calando entre eso que llaman opinión pública. Y dado el fino instinto de supervivencia que caracteriza a los profesionales de la política, acaso proceda de ahí el inopinado giro contra la banca que deja entrever el ultimísimo discurso de los grandes partidos, PP y PSOE. Así, se señala con el índice a los banqueros como los culpables de que el crédito no llegue a la economía real (a las pymes, "que son las que crean empleo", se enfatiza en los mítines domingueros). Actitud que, más allá del oportunismo de unos dirigentes ansiosos por desplazar el foco de la presión, revela un desconocimiento profundo sobre la naturaleza de la crisis.

Porque los banqueros no son ángeles ni demonios; son eso, banqueros, y se conducen con arreglo a la aséptica racionalidad que impone su particular negocio. Si no prestan es porque no pueden prestar. No hay mayor misterio. En el fondo, lo que denota la nada velada inquina de los políticos frente a los prestamistas es su frustración al descubrir inane la gran carta a la que habían apostado para salir del pozo, esto es, la política monetaria. Cuando la única crisis comparable a la actual que nunca haya conocido el capitalismo, la del 29, los países se encontraron atados de pies y manos a algo muy parecido al euro, el patrón de cambios oro. Su lógica era tan elemental como intuitiva. Todo se basaba en la presunción de que si se permitiera a los gobiernos imprimir dinero a voluntad, la tentación sería demasiado fuerte y acabarían sucumbiendo a ella. Pecado que, a su vez, desencadenaría un surtido de plagas bíblicas encadenadas. Empezando por la más obvia, la inflación, que arruinaría a los ahorradores al tiempo que daría al traste con la competitividad internacional de los productos del país en cuestión. En previsión de esos males, y como el Ulises de la Odisea, los estadistas de la época decidieron atarse a un mástil imaginario para evitar los cantos de las sirenas. Un mástil que ninguno podría alargar según su deseo, dado que consistiría en un mineral muy escaso llamado oro. De tal guisa, presos y encadenados, los sorprendió un gigantesco crash deflacionista que se hubiera llevado el sistema por delante de no haber roto, primero Inglaterra y los países nórdicos y luego Estados Unidos, aquellos grilletes dorados. Momento histórico en que nació ese otro clavo ardiendo al que hoy se aferran nuestros gobernantes: la política monetaria. Y es que, según la doctrina al uso, los ínfimos tipos de interés fijados por los bancos centrales, igual la FED que el BCE, deberían provocar una febril demanda de préstamos por parte de particulares y empresas. Algo que activaría el crecimiento al desperezarse el consumo y animarse las empresas a gastar por encima de sus posibilidades en inversiones productivas.

Pero como nada de eso ha ocurrido, ha de haber un villano responsable del asunto. Y quién mejor que los directivos de banca. Es sabido, por lo demás, que no hay peores mentiras que las verdades a medias. Por ejemplo, se nos bombardea con cifras y estadísticas que probarían la mezquina renuencia de los bancos a soltar un dinero que los emprendedores reclamarían a gritos. Aunque nada más lejos de la verdad. A día de hoy, las solicitudes de crédito con destino a nuevas inversiones son iguales a cero. Lo único que se demanda en las sucursales es capital circulante, el imprescindible para mantener el giro comercial habitual. Y punto. Lo otro son fantasías. Es falso de toda falsedad, pues, que la crisis se eterniza porque no hay crédito para multitud de iniciativas innovadoras que duermen el sueño de los justos en algún cajón. No lo hay, es cierto. Pero si lo hubiese, como en el cuento de Monterroso, el dinosaurio de la recesión seguiría ahí. El causante de la huelga de inversiones no es el racionamiento del crédito. Y ello porque la nuestra es una crisis muy particular, una crisis de balances como la que asuela Japón desde hace dos décadas. Y en una crisis de balances, tal como ha explicado Richard Koo, el economista jefe de Nomura, la política monetaria no funciona. Y no funciona porque, en esta circunstancia, el objetivo de las empresas, bancos incluidos, ya no consiste en maximizar los beneficios sino en minimizar las deudas. En cuanto a los consumidores, atenazados por el miedo al futuro, se esfuerzan por ahorrar cuanto pueden. Razón de que las tasas de interés liliputienses y las inyecciones masivas de liquidez estén fracasando en todas partes. Alguien lo dijo: puedes llevar los caballos a la fuente, pero es imposible obligarles a beber. Ni siquiera paseando por el patíbulo a los banqueros.

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