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José García Domínguez

No estamos saliendo del túnel

Krugman, otro gran economista que ha vendido su alma al diablo a cambio del veneno de la popularidad, se equivoca, y mucho, cuando habla de España.

José García Domínguez
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Krugman, otro gran economista que ha vendido su alma al diablo a cambio del veneno de la popularidad, se equivoca, y mucho, cuando habla de España.

Paul Krugman, otro gran economista que ha vendido su alma al diablo a cambio del veneno de la popularidad, se equivoca, y mucho, cuando habla de España. Como es sabido, su propuesta para que salgamos del hoyo no se aleja en exceso de la ortodoxia. Al cabo, lo esencial de cuanto postula Krugman, esto es, una reducción de los salarios a fin de aumentar la competitividad externa, es lo que se está haciendo. Algo que en apariencia iría dando los primeros frutos con la súbita mejora del déficit comercial, hoy prácticamente extinguido. Y de ahí esos brotes de optimismo gubernamental y mediático que tanto se prodigan estos días con el aval de unos cuantos puestos de trabajo estacionales. Sin embargo, todo eso no es más que una ensoñación contable. Nuestra balanza comercial se ha equilibrado de golpe por la nada heroica razón de que los españoles se abstienen en masa de adquirir productos extranjeros. Y no los compran porque ya no los pueden comprar. Así de triste. No es la receta mágica de Krugman, es la miseria de nuestro mercado nacional. Porque mal podría estar dando algún resultado la devaluación interna cuando, en realidad, no ha habido tal devaluación.

Decía el difunto Fernández Ordóñez que en España siempre hay que recordar lo obvio. Y lo obvio es que da igual que se reduzcan los salarios si los precios no los siguen por la misma senda bajista. Otro homenaje a Perogrullo: no son los salarios sino los precios los que determinan la competitividad internacional de un país. Y en una economía tan castiza y corporativista como la española, donde en multitud de sectores las leyes de la competencia ni están ni se las espera, demasiados precios se permiten el lujo de ir a su aire. ¿Cómo explicar si no el hecho en verdad extravagante de que incluso tengamos algo de inflación? Por lo demás, también Krugman lo fía todo a la flexibilidad del mercado de trabajo, aquí en exceso rígido al entender de la mayoría de la opinión publicada. Sin embargo, la historia no parece darle la razón. A lo largo de gran parte de la década de los sesenta la tasa de paro norteamericana dobló a la europea. Y a nadie con dos dedos de frente se le ocurrió achacarlo a la excesiva rigidez del mercado de trabajo en los Estados Unidos. Sucedía, simplemente, que la productividad de Europa dio en crecer por aquellos tiempos mucho más deprisa que la de USA. Justo al revés de lo que iba a ocurrir a partir de los años noventa del siglo pasado, cuando se invirtieron las tornas. Era eso, la productividad, no había otro misterio.

Los precios, decíamos antes, son culpables. Aunque tampoco unos precios elásticos, transparentes e impolutos, inobjetables, nos sacarían del callejón donde estamos atrapados. Si no exportamos no saldremos de la crisis. Pero si exportamos tampoco saldremos. El laberinto, simplemente, no tiene ninguna vía de escape. Nada nuevo, por cierto. Lo mismo pasó en el primer franquismo, allá por los cincuenta. En los veinte años que transcurrieron desde el final de la Guerra Civil hasta la puesta en marcha del Plan de Estabilización, la crónica económica del régimen se redujo a una única gran obsesión frustrada: el intento imposible de industrializar España sobre la base de la sustitución de importaciones. Quimera, la de la autosuficiencia, que tropezaría una y otra vez con el talón de Aquiles de la falta de divisas. Así, la hiperprotegida industria nacional resultó impotente para generar los dólares con que pagar en el exterior los bienes de equipo que evitaran los cuellos de botella y, al final, el colapso del sistema. De hecho, aquel complejo entramado reglamentista murió de éxito, de su propio éxito.

Y es que, contra lo que sostiene el prejuicio general, en algunas fases de la década de los cincuenta la economía española alcanzaría tasas de crecimiento muy superiores a las fijadas por los Planes de Desarrollo de los míticos sesenta. Sin embargo, eso mismo convirtió en cada vez más angustiosa la escasez de dólares, sin los que estaba escrita la sentencia de la autarquía. Era el propio crecimiento quien forzaba el derrumbe del modelo. Tampoco entonces había salida a la ratonera. Hoy, tantos años después, estamos igual, cogidos en la misma trampa. Si ahora comenzásemos a crecer y recuperar empleo, al punto volvería reproducirse el déficit insostenible de la balanza comercial que se desató con la burbuja inmobiliaria. Nuestra productividad, raquítica en relación a la Europa del norte, se reflejaría otra vez en una divergencia generalizada de precios a favor de Alemania. Consecuencia inmediata, se dispararían las importaciones igual que sucedió antes de 2007. Y vuelta a empezar. Como en una maldición bíblica, la economía española está condenada a mantener déficits comerciales crónicos que la abocan a cortocircuitos tan predecibles como inevitables. Porque, con las actuales reglas del juego en la Unión Europea, no hay ningún remedio posible. Ninguno. Olvidad ese espejismo.

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