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Nada de excepcional

El ahorro en un año de 2.000 millones de euros demuestra que cuando no se tiene sentido del coste la tendencia al sobre-consumo resulta inapelable.

José T. Raga
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La noticia de hace un par de días no tiene nada de sorprendente. Que como consecuencia del copago farmacéutico se hayan ahorrado en un año unos dos mil millones de euros, pertenece a la lógica de los hechos. Machaconamente se ha insistido y, por lo visto, aún ha sido poco, que cuando no se tiene sentido del coste para el sujeto del consumo de un bien o de la utilización de un servicio, un sentido que además debe producirse con inmediatez a su uso, la tendencia al sobre-consumo resulta inapelable.

Las estadísticas, además, nos informaban de las farmacias clandestinas en los hogares de los españoles, que siendo habituales en el español medio, suponían un drenaje de recursos públicos, financiadores del gasto farmacéutico, que con un despilfarro insólito, tendía a perpetuarse en una secuencia de caducidades de los fármacos, que venían a engrosar el reciclaje de desperdicios familiares.

La razón de semejante despropósito no era más que una: los específicos estaban financiados mediante recursos públicos, sin el sacrificio inmediato que supone pagar un precio o una parte de éste, y que relacione tal aportación con la utilidad que el consumidor del fármaco espera obtener de su consumo.

Es la misma causa que avalaría una medida semejante aplicada a la atención médica en las consultas ambulatorias o en las urgencias. Acudir a la consulta por su gratuidad, por la ausencia de sacrificio o de coste personal, sólo conduce a sobredimensionar el servicio para poder dar satisfacción al hiperconsumo, al que conduce la benevolencia del sistema.

Se nos dirá que ya hemos cotizado (un a modo de prima de aseguramiento) a la Seguridad Social, por la cual adquirimos el derecho a ser atendidos y a obtener los medicamentos recetados con amplia financiación pública. En principio, no tengo objeción a esa observación, aunque a ella replicaría que el aseguramiento contempla la cobertura de un hecho incierto, caso de que se produzca: contraer la enfermedad. Nunca un seguro puede abarcar la cobertura de hechos determinados por la decisión de los asegurados; el siniestro debe de haberse producido sin concurrir la voluntad del asegurado.

Por lo tanto, sí a la atención de la enfermedad o de su prevención, pero no al despilfarro de una atención, resultado de la simple ocupación del tiempo libre, como mejor opción. Más aún, cuando de esta utilización primaria, se derivará con toda probabilidad la prescripción de un tratamiento medicamentoso, que el enfermo aparente no piensa seguir, aunque sí adquirir el específico a bajo precio, para incrementar el stock farmacéutico en el hogar.

Aceptemos el principio de que lo que no cuesta, no se aprecia, por lo que es ilusorio esperar una conducta racional y un consumo responsable de los bienes libres. Los bienes, salvo aquellos intangibles que disfruta la sociedad entera sin restricciones (bienes públicos), deben de adquirirse en el mercado mediante pago de un precio que suponga un sacrificio para el adquirente. De lo contrario, el sistema será insostenible.

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