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¿Cuál sería la moneda de una Cataluña independiente?

Los políticos nacionalistas dan por hecho que el nuevo Estado seguiría en el euro, pero nada asegura que así fuese.

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Carteles mostrados durante la Diada | Archivo

Una de las claves de la deriva secesionista que el nacionalismo catalán ha puesto en marcha en los últimos años reside en la existencia de numerosos sobrentendidos. Son preguntas sin respuesta, que cualquiera se hace pero nadie contesta.

Esto es especialmente evidente en todo lo que tiene que ver con la UE. Los partidarios de la independencia parecen asumir que el nuevo Estado entraría a formar parte del grupo comunitario en las mismas condiciones que las actuales, aunque no está nada claro que fuera a ser así.

De hecho, en lo que respecta a una cuestión fundamental, la moneda única, no es nada fácil imaginar qué ocurriría en el caso de que Cataluña se separase del resto de España. Plantearse este escenario es un ejercicio de economía-ficción, porque hay muchos elementos y muchos actores implicados. Sin embargo hay algunas hipótesis que sí pueden imaginarse con un cierto grado de fiabilidad; pero casi todas apuntan en una dirección muy poco atractiva para el independentismo.

Las tres opciones

En cuestiones monetarias, si Cataluña se separase de España, tendría tres opciones ante sí:

  • Seguir en el euro en pie de igualdad con el resto de los demás miembros de la Eurozona
  • Salir de la Eurozona, pero mantener el euro como moneda (como hacen actualmente Montenegro y Kosovo)
  • Salir de la Eurozona y emitir una nueva moneda propia

La mayoría de los políticos catalanes defienden la primera opción. Está claro que sería la que menos costes tendría. El nuevo Estado tendría acceso al BCE más o menos en las mismas condiciones que en la actualidad y su divisa seguiría siendo una de las dos grandes monedas internacionales, con lo que eso implica en emisión de deuda, control de la inflación, estabilidad cambiaria,...

Por eso, la versión oficial insinúa que no habría demasiados problemas para conseguirlo. En realidad, todo hace indicar que, de las tres, ésa sería probablemente la alternativa que menos posibilidades tendría de salir adelante.

Para seguir en el euro, Cataluña tendría que negociar con todos los miembros de la Eurozona. El veto de uno sólo de estos países le dejaría fuera del club. Y ese veto parece probable. Por un lado, varios de los estados miembros no querrían facilitar las cosas a quien ha emprendido un proceso políticamente tan peligroso como una secesión.

Por otro, la experiencia con la moneda única no ayudará ante los países del norte de Europa. Hace apenas dos meses, Angela Merkel afirmaba que un "error" haber permitido la entrada de Grecia en el euro. La crisis de deuda soberana de los últimos tres años ha cambiado la visión de alemanes, holandeses o finlandeses. Muchos sienten que no debieron haberse fiado de los gobiernos del sur, que han demostrado que no iban a cumplir con los requisitos de equilibrio presupuestario exigidos en una unión monetaria.

Por eso, los ingresos en el club del euro serán más complicados a partir de ahora. ¿Serían capaces los políticos catalanes de convencer a los 17 miembros de la Eurozona de que serían un socio fiable? Los mismos gobernantes que han hecho que Cataluña sea la región de España con el tercer nivel más elevado de deuda pública y una de las más corruptas de la UE tendrían que persuadir a Merkel y demás mandatarios de que confíen en ellos. No sería una tarea fácil.

Un futuro sin euro

En los últimos meses, el Gobierno británico ha realizado una serie de informes sobre las consecuencias económicas de la independencia escocesa. Entre otros, hay uno sobre las alternativas en cuestiones monetarias. Es una buena guía para saber lo que le esperaría a Cataluña. La principal conclusión es que las otras dos alternativas, las más probables, implicarían numerosas complicaciones.

- Estar en el euro sin estar en el euro (es decir, dejar que circule, sin emitir nueva moneda) dejaría al Gobierno catalán sin herramientas de política monetaria. Esto podría ser bueno para sus ciudadanos, porque dejaría a los políticos con una capacidad de endeudamiento limitada; pero por eso mismo sería complicado que los gobernantes lo aceptasen.

En cualquier caso, desde ese momento, la deuda pública sería más complicada de colocar (más cara) y el déficit tendría obligatoriamente que ser recortado de un día para otro, porque el acceso a los mercados sería mucho más complicado. Además, habría que ver el papel del Banco Central Europeo como prestamista de último recurso para la banca. Probablemente, los bancos catalanes tendrían que dejar de serlo para poder seguir accediendo a la ventanilla del banco central en las mismas condiciones que las actuales.

Además, las normas que ahora sigue para aceptar la deuda española, como Estado de pleno derecho de la Eurozona, no serían aplicables a Cataluña. Tampoco los bonos soberanos serían admisibles como colateral con las mismas condiciones.

- Y si todo esto pasaría con una Cataluña sin moneda, aún más intensos podrían ser los cambios en caso de que pasase a emitir su propia divisa. ¿Se fiarían los inversores de su banco central? ¿Y de su Gobierno? ¿Cuánto se encarecería su financiación de un día para otro?

Nadie sabe las respuestas a estas preguntas, pero parece claro que para un país nuevo, de menos de ocho millones de habitantes y con un historia de elevados déficit y gobiernos poco responsables, no sería nada sencillo acudir a los mercados. Porque, además, este nuevo Estado nacería con una mochila muy pesada, la de la deuda ya acumulada en los últimos años.

Todo apunta a que lo primero que se produciría sería una devaluación muy importante, porque la nueva moneda perdería rápidamente gran parte de su valor ante euro y dólar. Esto llevaría aparejado dos peligrosos fenómenos: inflación disparada y encarecimiento de las deudas que familias, empresas e instituciones públicas tienen (porque seguirían teniendo que pagar en euros).

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