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Carlos Rodríguez Braun

Lampedusa y la inmigración

Las recientes tragedias de Lampedusa animaron muchos análisis, pero, a pesar de tantas vestiduras rasgadas, pocos trataron a los inmigrantes como personas.

Carlos Rodríguez Braun
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Las recientes tragedias de Lampedusa animaron muchos análisis, pero, a pesar de tantas vestiduras rasgadas, pocos trataron a los inmigrantes como personas.

Las recientes tragedias de Lampedusa animaron muchos análisis, pero, a pesar de tantas vestiduras rasgadas, pocos trataron a los inmigrantes como personas.

Dijo el Papa: "Es una vergüenza". Gran verdad. Pero obsérvese que la vergüenza es múltiple y puede cubrir un amplio abanico de circunstancias. Están, sin duda, los gobernantes de los países africanos que oprimen a sus súbditos, socavan las instituciones de la libertad e impiden la paz. Pero también es una vergüenza Europa, y aquí el argumento se precipita hacia la corrección política: lo que es vergonzoso, se nos asegura, es que Europa no aumente todavía más los impuestos y el gasto público para dar acogida a todos los inmigrantes (a veces se añade púdicamente "que se pueda"), de modo que no mueran ahogados. También las “mafias” del transporte se llevan lo suyo a la hora del oprobio. Pero los principales culpables señalados son los políticos, no por su intervencionismo excesivo sino por su intervencionismo insuficiente. Incluso se les reprocha que eludan su responsabilidad y la trasladen al vecino, en este caso a Europa, como si la política en realidad no se tratara de otra cosa.

Sami Naïr aseguró en El País que el problema es de acogida, porque los inmigrantes son "condenados de la tierra, que huyen del hambre y las guerras civiles, y que, estafados por los contrabandistas clandestinos y las mafias del éxodo (…) desembocan en la miseria de la clandestinidad y de la vida sin derechos". Solución: más intervención, en todas partes, porque "es indispensable regular estos flujos" pero de forma "humana". Tiene que haber burocracias ya en los países de origen, y mucho gasto, porque la UE “tiene los medios para establecer una gran política de acogida de inmigrantes”. Hay que darles asilo: “La política de asilo debe humanizarse”.

En el mismo diario Lluís Bassets deploró "que cada uno se apañe con sus problemas aunque el origen de los problemas sea responsabilidad de todos. Así se gobierna la globalización". Parece que el gobierno actual estriba en dejarnos a todos en paz, es decir, exactamente lo contrario de lo que sucede.

Pero Bassets quiere aún más intervención: lo malo consiste en que los gobiernos "no pongan medios suficientes para resolver las dificultades". Como si "poner medios" fuera una cuestión de pura voluntad y no creara las dificultades que después se pretende resolver con aún más "medios".

Y así, todos. ABC habló de "prófugos del horror". El Mundo de "desesperados". Otro dijo "Lampedusa es Auschwitz". Y la alcaldesa de la isla pidió abrir "un corredor humanitario". Por fin, uno de los personajes de Forges dijo: “Sin proyectos comunes, sin unión, sin justicia social y lo que faltaba: sin corazón… ¡…vaya Europa!”. Confundimos la emigración con el humanitarismo, y el intervencionismo con la buena voluntad, como si fueran equivalentes el Estado de Bienestar y la madre Teresa de Calcuta.

Todo esto es un dislate. Los inmigrantes en su mayoría no son prófugos sino personas que deciden marcharse. No hay más que verlos para comprender que no son hambrientos en absoluto. Los inmigrantes no son causados por la pobreza ni por los gobiernos opresivos. Si así fuera, habría cientos de millones de inmigrantes. Nadie parece percatarse de que los inmigrantes son fundamentalmente personas que quieren mejorar su condición, como todos los demás. Y las autoridades en todas partes no les dejan, como a todos los demás.

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