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Por un lado, no reducen el gasto público, que es lo que deberían hacer. Por otro lado, saquean al grueso de los contribuyentes, que es lo que no deberían hacer.

Carlos Rodríguez Braun
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Por un lado, no reducen el gasto público, que es lo que deberían hacer. Por otro lado, saquean al grueso de los contribuyentes, que es lo que no deberían hacer.

Con pocas horas de diferencia hicieron declaraciones interesantes tres ministros, dos de ellos en activo. José Borrell dijo: "El déficit no causó la crisis sino que la crisis causó el déficit". En la misma línea declaró Luis de Guindos: "La deuda pública creció por la crisis". Y Cristóbal Montoro habló del "santo temor al déficit".

Los dos primeros incurren en la popular falacia de hablar de la crisis como si fuera un terremoto, es decir, una violencia exógena, en buena medida impredecible, y por completo independiente de la acción política, que, antes al contrario, puede presentarse como solución eficiente ante dicho contratiempo. Falso de toda falsedad.

La crisis no es independiente de la política ejecutada con anterioridad, no sólo a la hora del inflado de la burbuja por la expansión monetaria orquestada por los bancos centrales sino por la enorme expansión del gasto público, una política deliberada de los gobernantes, de la que además hicieron gala en los años buenos, escudándose en que tanto el déficit como la deuda pública se reducían como porcentaje del PIB.

El argumento es falaz porque se basa en la fantástica hipótesis de que los ingresos extraordinarios de la etapa expansiva eran estructurales y perdurables. Sólo bajo esa ficción resulta que "la crisis" es algo que viene de fuera, derrumba los ingresos públicos y causa el déficit, como dice Borrell, o hace crecer la deuda, como dice Guindos.

La simulación de Montoro va en la misma línea: pretende nuestro aplauso como si fuera un liberal decimonónico, pero en el siglo XIX el temor al déficit venía acompañado de una circunstancia crucial: los Estados eran pequeños, con lo que los típicos desequilibrios de la Hacienda, aunque se resolvieran con mayores impuestos, no representaban exacciones demasiado onerosas sobre el conjunto de la población. Hoy no es así, de modo que los políticos pueden vanagloriarse de una presunta pulcritud a la hora de cuadrar las cuentas, cuando en realidad lo que hacen es perpetrar dos tropelías. Por un lado, no reducen el gasto público, que es lo que deberían hacer. Por otro lado, saquean al grueso de los contribuyentes, que es lo que no deberían hacer.

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