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Zygmunt Bauman

Los supuestos flageladores del capitalismo a quien realmente flagelan es a la gente corriente.

Carlos Rodríguez Braun
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Lola Galán entrevistó en su casa de Leeds, en el Reino Unido, al pensador polaco Zygmunt Bauman, al que describió así:

Tiene todo el aspecto del intelectual disidente, flagelo del capitalismo salvaje, que tantos admiradores le ha valido en los círculos antiglobalización.

Los supuestos flageladores del capitalismo a quien realmente flagelan es a la gente corriente. Así, el sabio deplora:

Es normal que queramos ser felices, pero hemos olvidado todas las formas de ser felices. Solo nos queda una, la felicidad de comprar.

Este es un clásico de los biempensantes, que no tiene nada que ver con lo que la gente es y hace. La gente no es estúpida y desde luego no hay ninguna prueba de que haya olvidado todas las formas de la felicidad salvo la de comprar. Ese delirante diagnóstico, en cambio, es muy necesario para llegar a la conclusión de que los ciudadanos no debemos ser libres. Y de eso trata el pensamiento único, que, al contrario de lo que sostiene la señora Galán, no es "disidente". La disidencia no radica en pensar que la libertad de la gente debe ser limitada porque sus decisiones son incorrectas, sino en la posición opuesta, es decir, los que piensan o pensamos que a la gente hay que dejarla en paz.

Y desde luego no quiere don Zygmunt dejar la gente en paz. Primero, porque, como acabamos de ver, la gente según él es tonta: "Las nuevas generaciones, crecidas en una atmósfera de consumismo brutal". Pero además porque él sabe, lo sabe realmente, que para ser felices no debemos conservar lo que es nuestro:

Hoy sabemos que la felicidad no se mide tanto por la riqueza que uno acumula como por su distribución.

Obviamente, cuando habla de "distribución" o cuando lamenta las "desigualdades" no nos está invitando a que redistribuyamos nosotros mismos lo que es nuestro, de eso nada: quiere que nos lo quite el poder, porque eso es lo que contribuirá a nuestra felicidad. Y como la riqueza de unos pocos no beneficia a todos, entonces es menester quitársela. El señor Bauman lo sabe, vamos, que para eso es un célebre intelectual.

Y se produce este diálogo:

–Usted ya no es comunista, pero sigue siendo de izquierdas.
–Sí, porque creo todavía en la igualdad.

Como si la igualdad impuesta mediante la fuerza del poder, arrebatándoles a los ciudadanos lo que es suyo, fuera obviamente plausible. Y como si la enorme desigualdad en que se traducen los ideales de la izquierda, es decir, la desigualdad entre el Estado y sus súbditos, no importara en absoluto.

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