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Carlos Rodríguez Braun

Sentido y sensibilidad

En política, y en lo relativo a los asuntos humanos, importa tanto la verdad como lo que prefiramos pensar que es la verdad.

Carlos Rodríguez Braun
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Michel Barnier, comisario europeo de Mercado Interior, conservador, declaró:

Se había desregulado todo desde hacía 30 años, en una especie de ola ultraliberal, una caricatura del liberalismo, apoyada tanto por la izquierda como por la derecha. Ahora regresamos a una economía social de mercado, a una regulación inteligente.

Y la ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Báñez, también de la derecha peronista, celebró la designación de su secretario de Estado de Servicios Sociales e Igualdad, Juan Manuel Moreno, como candidato a la presidencia del PP en Andalucía y a la presidencia de la Junta en las elecciones autonómicas con estas palabras:

Es un compañero comprometido, valiente y con gran sensibilidad social.

La economía social de mercado tiene una larga tradición en Europa, y en particular en Alemania, donde la noción fue inventada en los años 1940, tuvo un considerable auge político gracias a la figura de Ludwig Erhard y se ha mantenido allí en pie hasta hoy. En su origen estuvo la primera aparición de la expresión neo-liberalismo, porque la economía social de mercado buscó distinguirse del liberalismo decimonónico manchesteriano y apoyó a la vez la competencia y la intervención política, empezando, precisamente, por la defensa de la competencia, porque ya entonces se había impuesto la ficción de que el mercado tiende a autodestruirse generando monopolios.

Por eso algunos denominaron a la economía social de mercado la tercera vía entre mercado y Estado, entre capitalismo y socialismo, y ha tenido el respaldo de pensadores vinculados al cristianismo en general y al catolicismo en particular, cuya Doctrina Social también alberga elementos partidarios y hostiles al liberalismo (cf. "Tensión económica en la Centesimus Annus"). Incluso podemos sospechar que tiene que ver con la llamada síntesis neoclásica, que, como es sabido, simpatizó algo, o a veces bastante, con el mercado en la microeconomía a la hora de asignar recursos pero reclamó la imprescindibilidad del intervencionismo en la macroeconomía no sólo por fallos del mercado, descubiertos astutamente en la micro, sino por un abanico de razones macro que iban desde la estabilidad financiera hasta la justicia social.

Todo esto es estupendo y tranquiliza muchas conciencias, que para eso están las doctrinas al fin y al cabo. Lo malo que tiene es que parte de una falacia y termina ofuscando la comprensión de la realidad. Es una falacia sostener que el mercado y el Estado sean males análogos de los que convenga equidistar. Partiendo de esto es fácil resbalar hacia el disparate del señor Barnier, que seriamente cree o pretende hacernos creer que en las últimas tres décadas (justo después de la caída del Muro, lo que no es casual) hemos vivido sin impuestos, sin gasto público y sin Estado, en una "ola ultraliberal" donde se desreguló… ¡todo! Esto no es verdad, y es imposible que don Michel no sepa que no es verdad.

Pero en política, y en lo relativo a los asuntos humanos, importa tanto la verdad como lo que prefiramos pensar que es la verdad. Y en eso llega Fátima Báñez y se pone a describir a una persona que es como ella, es decir, que no tiene oficio conocido más que el de la política, ni pensamiento conocido más que la corrección política antiliberal. ¿Cómo describir a una persona así? Pues, lógicamente, asegurando que tiene "gran sensibilidad social". Eso es, social. Vamos, como la Madre Teresa de Calcuta.

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