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Mundial de Brasil 2014

El Mundial de Brasil ya tiene vencedor: la FIFA

La organización se ha transformado en una eficiente máquina comercial, pero los escándalos amenazan la supervivencia de su actual estructura.

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La organización se ha transformado en una eficiente máquina comercial, pero los escándalos amenazan la supervivencia de su actual estructura.
Joseph Blatter, junto a Dilma Rousseff, en un acto de presentación del Mundial 2014. | Archivo

Según un informe que hace unos días publicó Goldman Sachs, la Copa del Mundo de Fútbol que comenzó este jueves por la noche en Sao Paulo tiene un clarísimo favorito: Brasil. Para hacer este pronóstico, el banco de inversión se ha basado en los resultados pasados de todas las selecciones, su clasificación en el ranking FIFA, el buen desempeño que tradicionalmente acompaña a las selecciones anfitrionas (sí, el Mundial 82 fue una excepción) e incluso la tradición, que apunta a que los países europeos se quedan con las ediciones jugadas en su continente y los americanos con las que tienen lugar al otro lado del Atlántico.

Cualquier aficionado al fútbol dirá que es imposible saber ahora quién ganará el Mundial. Pero es fácil intuir que el evento tiene un claro vencedor desde mucho antes de que se ponga a rodar el balón: la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), uno de los organismos internacionales más exitosos del último siglo (tiene más asociados que la ONU). Y, curiosamente, también de los más criticados.

Durante muchos años, el organismo presidido por Joseph Blatter consiguió mantener un perfil bajo. A pesar de las sospechas que rodeaban los campeonatos que organizaba, con escandalosas actuaciones arbitrales a favor del país anfitrión incluidas, el brillo de las estrellas y la falta de información facilitaban el objetivo de pasar desapercibidos. Nadie se preguntaba con qué criterios se concedían las sedes, ni a dónde iba a parar el dinero de las televisiones o por qué Joao Havelange se mantenía en la cabeza del organismo durante casi un cuarto de siglo.

En la última década, todo ha cambiado. Los medios de comunicación de todo el mundo, especialmente los británicos, han centrado su atención en la que se supone que es una organización privada suiza sin ánimo de lucro. Y desde entonces se suceden los escándalos: la concesión a Catar del Mundial de 2022, las imposiciones de los patrocinadores o los ingresos milmillonarios del organismo. Esta semana, The Economist dedicaba su portada al Mundial y su título no podría ser más explícito: "Un juego bonito, un negocio sucio".

El negocio

Lo que nadie puede discutir a Joseph Blatter y Joao Havelange, los dos hombres que han dirigido los destinos del fútbol mundial en las últimas cuatro décadas, es que, al igual que hizo Juan Antonio Samaranch con el COI, han transformado una organización de aristócratas amateurs, en un excelente negocio.

En el último ejercicio, según su informe financiero oficial, la FIFA ingresó 1.386 millones de dólares en 2013, con unos gastos de 1.314 millones, lo que le reportó unos beneficios de 72 millones. Eso sí, como se supone que es una organización sin ánimo de lucro, se tuvieron que destinar a unas reservas que ya superan los 1.000 millones de dólares, en teoría para cuando vengan momentos complicados.

De los 1.386 millones de ingresos, la parte del león se la llevan la venta de los derechos para televisión (630 millones) y marketing (413), junto a otros ingresos derivados del Mundial (unos 180 millones). El resto, unos 160 millones llega de "ingresos operativos" (licencias de la marca FIFA, ventas de productos propios,...) e "ingresos financieros".

En cuanto a los gastos, más de la mitad son para las federaciones por clasificarse para los diferentes campeonatos y por los resultados conseguidos en los mismos. Los programas de apoyo al fútbol base y a las federaciones asociadas se llevan 183 millones de dólares. El personal de la FIFA se lleva 102 millones (una cantidad muy relevante) y sus diversos comités y congresos suman hasta 60 millones más.

¿Público o privado?

En este punto, es posible que haya quien se pregunte que a quién le importa en qué se gasta el dinero un organismo privado suizo. Ya hablemos de hoteles de cinco estrellas para Blatter y sus compañeros de junta o de financiar escuelas de fútbol base en Costa de Marfil, éste debería ser un problema de sus federaciones territoriales o sus patrocinadores.

El problema es que no todo es tan sencillo. En EEUU, el deporte profesional siempre ha sido un aspecto exclusivamente privado. Las grandes ligas de béisbol, baloncesto o fútbol americano son desde sus inicios agrupaciones profesionales, que agrupan a sus equipos en franquicias, sin que existan federaciones nacionales que les impongan las normas u organicen los campeonatos. En Europa, el desarrollo fue diferente. Las federaciones, organismos en teoría privados, siempre han tenido una extraña relación con el poder público, que las ha financiado, apoyado o promocionado.

En el caso de los Mundiales, como en el de los JJOO, se suma otra circunstancia. En estos eventos, la FIFA se queda con los ingresos, como organizadora, pero son los países sede los que soportan la mayor parte de los gastos, desde las infraestructuras hasta la construcción de los estadios, pasando por la seguridad o el control de los visitantes. Es cierto que los países que compiten por acoger una cita de este tipo lo hacen voluntariamente, no lo es menos que cuando alguien se gasta 12.000 millones de dólares de sus contribuyentes, como se supone que hará Brasil en esta edición, quiere tener una idea clara del retorno de su inversión.

No es nada fácil medir cuál es el impacto positivo que un Mundial genera. Del mismo modo que no es sencillo contabilizar los gastos totales (por ejemplo, cuántas de las nuevas infraestructuras de transporte son imputables directamente al evento). En Australia, uno de los favoritos junto a EEUU a la edición de 2022 (perdieron con Qatar) hicieron un cálculo aproximado y las cuentas no les salían, incluso aunque el país oceánico tiene un puñado de grandes estadios, por lo que no sería necesario construirlos todos desde cero.

Según un estudio realizado por economistas australianos, los costes para su país en caso de ganar la nominación podrían ascender a más de 2.500 millones de dólares, con un retorno estimado de no más de 1.058 millones. Y eso contando sólo las infraestructuras deportivas y el gasto en seguridad, sin incluir grandes obras en la red de transporte del país. Como hemos apuntado, el coste en Brasil se estima que ha sido muchísimo más elevado. La principal conclusión de este estudio es que "sólo asumiendo los escenarios más optimistas es posible que los beneficios del turismo y la exposición en los medios sobrepasen el coste en construcción de estadios e infraestructuras necesarias para un evento de este tipo".

Todo ello con un condicionante y es que los gastos están mucho más sujetos a la incertidumbre que los ingresos. Todos los eventos de este tipo (mundiales, JJOO, etc... ) celebrados en los últimos años han terminado costando mucho más de lo previsto inicialmente. Mientras, los beneficios están mucho más tasados, entre otras cosas porque, como recuerdan los autores de este informe, "el acuerdo entre el país organizador y la FIFA garantiza a este organismo todos los ingresos provenientes de la venta de derechos televisivos, la venta de entradas o el marketing asociado el evento".

Con estas cifras encima de la mesa, es mucho más fácil de entender que el entusiasmo por acoger este tipo de eventos cada vez sea menor y la contestación ciudadana, mayor. Si no nos creemos que el país organizador se beneficia de un enorme retorno de forma de más inversiones o impacto turístico, lo que queda es la sensación de que los gobiernos se funden el dinero de los contribuyentes para generar una publicidad muy potente para ellos, pero baldía para sus ciudadanos. Aquí vuelve la FIFA al primer plano, porque lo que sí queda claro (como hemos visto en las cifras de ingresos) es que para los chicos de Blatter el negocio es redondo.

Los escándalos

A todo esto, en los últimos años, se han sumado una serie de escándalos, especialmente el de la elección de Qatar como sede del Mundial de 2022. Un país muy pequeño, sin ninguna tradición futbolística, un mercado muy poco atractivo y unas temperaturas que están en el límite de lo tolerable para el deporte de alto nivel se llevaba la nominación ante fuertes rivales, con jugosos mercados potenciales, como EEUU, Japón o Australia.

Desde el principio se sospechó del proceso, pero en las últimas semanas las dudas se han convertido casi en certezas. La prensa inglesa, en concreto The Sunday Times, ha denunciado que miembros de la delegación catarí sobornaron a algunos de los delegados de la FIFA a cambio de sus votos. Y asegura que tiene grabaciones, mails y documentos que demuestran la veracidad de sus acusaciones.

Salir de este lío no será nada sencillo. Algunas federaciones europeas, con la poderosa Inglaterra a la cabeza, quieren repetir la votación y que este cambio sirva para iniciar cambios de más calado en el funcionamiento interno de la FIFA. Si se salen con la suya, el puesto del propio Blatter peligra. El suizo ha contraatacado creando una comisión interna para auditar a su propio el organismo y nombrando a un prestigioso jurista, Mark Pieth,para presidirla. Al mismo tiempo, ha nombrado a Michael García, antiguo fiscal en EEUU con una amplia trayectoria en casos de corrupción, para investigar en profundidad el caso de Qatar.

El problema es que llueve sobre mojado. La FIFA siempre ha sido uno de esos organismos cerrados sobre sí mismos, de los que era casi imposible conocer su funcionamiento. En los últimos años, varios de sus miembros han sido forzados a dimitir por acusaciones de corrupción. En relación con Qatar, ahora se ha sabido que Michel Platini, responsable de la delegación europea y que votó por sorpresa por el país del Golfo Pérsico, se reunió en el Palacio del Elíseo con Nicolas Sarkozy y el primer ministro catarí unos días antes de la votación. Tras ésta, se anunciaron grandes acuerdos entre Francia y Qatar, una firma del país árabe compró el Paris Sant-Germain e incluso un hijo del propio Platini trabaja para una compañía deportiva de propiedad catarí.

Y todo esto por no hablar de los arbitrajes. Los favoritismos hacia la nación organizadora son una constante: Inglaterra 66, Argentina 78, Corea 2002... Las decisiones polémicas y escandalosas a favor del país sede del Mundial forman una lista muy larga (por cierto, hay que reconocer que en España 82 también hubo algunas decisiones extrañas, pero ni siquiera así la selección consiguió un gran resultado). Con todo esto, es lógico pensar que Brasil tiene muchas opciones de ganar esta edición. El país latinoamericano tiene una gran selección pero además, el aficionado medio puede creer que si no es por méritos propios, tendrá una ayudita exterior.

El futuro

Sumando todas estas circunstancias, podría aventurarse que la FIFA se encuentra en uno de sus momentos más complicados de los últimos años. Las cuentas le salen, pero aún así, el futuro es sombrío. Las asociaciones europeas pueden intentar un golpe de estado interno en cualquier momento. Desposeer a Qatar de la organización de 2022 podría llegar a provocar incluso un cisma, entre los países occidentales y los africanos y asiáticos. Los primeros exigen limpieza, los segundos interpretan que es una excusa del primer mundo para seguir controlando el organismo (y sus gobiernos, no democráticos en muchos casos, son más tolerantes ante este tipo de prácticas).

A todo esto, se añade el papel de los sponsors. Lo último que desean los grandes patrocinadores del Mundial (Adidas, Coca-Cola, Emirates, Hyundai, Sony y Visa) es verse involucrados en escándalos de corrupción. Se gastan mucho dinero en asociar su nombre a la FIFA y a sus competiciones como para que esa asociación les acabe provocando dolores de cabeza.

La opinión pública europea y norteamericana exige cambios. Y el Mundial, se quiera o no, sigue siendo un asunto sobre todo europeo. La mitad de los ingresos por televisión y marketing, por ejemplo, llegan del Viejo Continente. Sí, el fútbol es el deporte más globalizado, pero al final el peso de las federaciones clásicas (España, Italia, Francia, Alemania, Inglaterra, Holanda, etc...) sigue siendo muy elevado. Un esfuerzo conjunto por su parte podría cambiarlo todo. En el próximo mes, todo este proceso quedará en suspenso. Cristiano, Messi, Iniesta o Benzema ocuparán las portadas. Pero para Blatter, la resaca de la fiesta no será nada sencilla de sobrellevar.

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