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Tres señales de alerta sobre la frágil recuperación de España

España tiene un problema de oferta, no de demanda. El modelo productivo sigue asentado sobre las ruinas de la burbuja.

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Análisis de Rallo sobre el repunte del ladrillo En Casa de Herrero

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El modelo productivo español casi no ha cambiado desde 2008 | Archivo

España tiene un problema de oferta (producción), no de demanda (consumo). El país necesita cambiar el ruinoso modelo productivo, propio de la época de la burbuja crediticia, para volver a crecer y crear empleo sobre cimientos sólidos y, de este modo, poder pagar la elevada deuda externa que acumula el conjunto de la economía nacional. El problema, sin embargo, es que han empezado a surgir ciertas señales de alerta que, por desgracia, indican justo lo contrario.

La recuperación de la que tanto habla el Gobierno tiene luces y sombras: en el lado positivo, destaca el cierre del insostenible déficit exterior que registró España durante la pasada década, la mejora de la competitividad y el desapalancamiento (amortización de deuda) que vienen protagonizando familias y empresas desde el estallido de la crisis; en el lado negativo, cabe señalar el sobredimensionado sector público, que se refleja en un elevado déficit y deuda, los elevados impuestos y la escasa libertad económica que presenta España.

La cara y cruz de la economía española dan como resultado una recuperación lenta y, sobre todo, extremadamente frágil. Y la cuestión es que dicha debilidad ha empezado a manifestarse en datos muy concretos en estos últimos meses, como el aumento del déficit comercial, del endeudamiento familiar y de la construcción.

Tres factores de alerta que, de una u otra forma, apuntan a una misma dirección: la inexistencia de un nuevo modelo productivo capaz de recuperar el nivel de riqueza y empleo previo a la crisis.

1. Aumento del déficit comercial

España registró un déficit comercial de 11.882,4 millones de euros en el primer semestre del año, casi el doble que en el mismo período de 2013, cuando esta misma brecha se situó en 5.824,2 millones de euros. El agujero exterior creció como consecuencia del frenazo de las exportaciones, tras avanzar apenas un 0,5% interanual, y el fuerte incremento de las importaciones (5,3%).

Este indicador es clave a la hora de medir la verdadera fortaleza de la economía nacional. No en vano, el gran déficit exterior acumulado en el pasado resume en buena medida la presente crisis. España vivió de prestado durante largos años, acumulando una ingente deuda externa para mantener su nivel de consumo e inversión -su nivel de vida-. Entre 2002 y 2007, España fue acumulando un creciente déficit exterior, ya que, si bien las exportaciones crecían, las importaciones lo hicieron mucho más, con lo que la deuda externa fue en aumento.

Este desequilibrio se reflejó en un indicador muy concreto, el déficit por cuenta corriente, que en 2007 alcanzó un récord histórico próximo al 10% del PIB. Es decir, el conjunto del país precisó ese año una financiación exterior cercana a 100.000 millones de euros para sufragar su nivel de consumo e inversión. Sin embargo, tras el estallido de la crisis, y por primera vez desde la entrada en el euro, empezó a registrar superávit por cuenta corriente, lo cual significa que dejó de pedir prestado al exterior, presentando incluso capacidad de financiación para comenzar a amortizar su deuda externa.

Por ello, que el déficit comercial vuelva a aumentar es un clara señal de debilidad. Por un lado, las exportaciones de bienes se han estancado, aunque cabe destacar que se mantienen en máximos históricos, lo que significa que las empresas supervivientes de la crisis han reorientado parte de su modelo de negocio, y, además, el turismo sigue evolucionando muy bien. De hecho, el peso del turismo sobre el PIB aumenta.

Por otro lado, si bien es cierto que el incremento de las importaciones ilustra la recuperación del consumo interno, que lo haga a este ritmo, pese a registrar casi seis millones de parados y una abultada capacidad productiva ociosa, no es una señal positiva, ya que significa que España tiene que volver a endeudarse con el exterior para cubrir su demanda nacional.

El aumento del gasto interno no se traduce en una mayor producción interna, sino en un aumento de las importaciones, lo cual significa que España consume más de lo que produce y, por tanto, tiene que endeudarse con el exterior para poder financiar la diferencia. El repunte de la demanda interna podría ser positivo si, al mismo tiempo, aumenta la producción nacional en la misma cuantía o más, pero éste no es el caso, tal y como indica el creciente déficit comercial.

2. Aumento de la deuda familiar

Otro dato negativo a tener en cuenta es el repunte de la deuda familiar, tras crecer un 0,45% en junio respecto a mayo, hasta superar los 772.721 millones de euros, rompiendo así una racha de seis meses consecutivos de descensos, según los últimos datos del Banco de España. Todavía es pronto para saber si se trata de un incremento puntual o un cambio de tendencia, pero, en todo caso, la moderación del desapalancamiento no es algo positivo.

Las familias y empresas españolas, a diferencia del sector público, han logrado mejorar sus balances mediante la reducción de su elevada deuda, gracias a un sacrificado, pero imprescindible, ejercicio de austeridad. Tras un largo lustro de crisis, el sector privado ha ido desapalancándose con fuerza (382.000 millones de euros de menor deuda, desde finales de 2008), mejorando con ello su solvencia financiera.

El sector público, por el contrario, ha disparado su endeudamiento en casi 560.000 millones de euros durante este mismo período, convirtiéndose ya en el principal deudor de España, tras acumular una factura superior al billón de euros y muy próxima al 100% del PIB.

3. Aumento de la construcción

El tercer factor de fragilidad está relacionado con el ladrillo. La producción en la construcción aumentó más de un 30% interanual en el segundo trimestre, según los datos de Eurostat publicados el miércoles, debido al repunte del sector inmobiliario, pero también al incremento de la inversión en obra pública, lo cual demuestra que la clase política trata de mantener a toda costa las ruinas del modelo productivo de la burbuja.

España no ha cambiado su modelo productivo

El problema de fondo es que estos tres indicadores reflejan, en última instancia, que el modelo de crecimiento de España sigue asentado sobre las ruinas que dejó atrás la burbuja crediticia y, por tanto, el sistema productivo sigue más o menos igual desde entonces, a pesar de que se han registrado ciertos avances positivos.

En 2008, se vino abajo el insostenible modelo productivo español, basado en una hipertrofiada industria de la construcción alimentada a base de endeudamiento exterior. Durante la burbuja, España financió su nivel de consumo e inversión con una creciente deuda externa que, básicamente, se destinó a la construcción de vivienda sobrevalorada artificialmente por la política ultraexpansiva de la banca central.

Desde entonces, no ha habido cambio de modelo alguno: el valor añadido anual de la construcción y de las actividades financieras se ha desplomado en 80.000 millones de euros, mientras que el de la agricultura, la industria, las telecomunicaciones o los servicios profesionales, lejos de subir, han caído en otros 10.500 millones de euros. Sólo la hostelería, el comercio, el transporte o las actividades recreativas han compensado parcialmente tal desplome con un aumento de su valor añadido anual de 13.000 millones de euros.

Es decir, en 2013, España todavía no había encontrado reemplazo alguno para el modelo productivo de 2008, ya que no han surgido nuevas actividades y empresas capaces de generar los cerca de 80.000 millones de euros de valor añadido anual que han desaparecido tras el estallido de la crisis.

La economía nacional, por tanto, se mantiene a grosso modo instalada en las ruinas de la burbuja, de forma que cualquier incremento significativo del gasto interno únicamente nos permite aumentar aquello que estábamos capacitados para producir: ladrillo. Es decir, volver a 2008, a la burbuja inmobiliaria.

Sin embargo, dado que los españoles están muy endeudados y no desean gastar más en ladrillo, la mayor demanda interna se filtra, necesariamente, hacia las importaciones -producción exterior que sí es demandada, pero no producida, por los españoles-. España compra más fuera, pero sin vender más fuera, con el consiguiente incremento de la deuda externa en lugar de acelerar su devolución mediante la generación de un creciente superávit comercial.

España seguirá viviendo de prestado, dependiendo de la financiación externa, mientras el modelo productivo no cambie de forma sustancial para exportar más o para producir dentro parte de lo que ahora importamos.

Así pues, la solución no consiste en estimular la demanda interna, sino en facilitar el necesario cambio del modelo productivo. Y, para ello, se precisa de mucha más libertad económica y capital privado (ahorro y atracción de inversión foránea), lo cual implica profundas reformas estructurales, fuerte reducción del gasto público y menos impuestos.

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