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La política es cada vez más potente frente al mercado, como se observa en los impuestos y las regulaciones públicas.

Carlos Rodríguez Braun
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Leí hace un tiempo en La Nación de Buenos Aires que, tras la modernidad y la posmodernidad, ahora

el mundo se encuentra sumergido en pleno frenesí hipermoderno. Ésa es la teoría del francés Gilles Lipovetsky, uno de los intelectuales preferidos del público argentino.

Este comienzo invitaba a anticipar gansadas. Varias ideas de este señor, sin embargo, prueban que no es tan tilingo como podría parecer. Por ejemplo, dice que "La mundialización encierra más promesas que amenazas para el hombre moderno", y apunta ideas interesantes sobre la psicología del individuo contemporáneo.

En líneas generales, empero, es bastante previsible. Su sistema social ideal es

el social-liberalismo practicado en los países de Europa del Norte, donde se combate la desigualdad y se deja funcionar el mercado sin intervención permanente del Estado.

Lo esperable también puede ser lamentable, como: "El mercado tiene una importancia fundamental en todo este proceso que, desde luego, se acelera cada vez más". Me pregunto qué pensará el pensador sobre la intrusión creciente de la política y la legislación en las transacciones y decisiones de la gente. Pero temo la respuesta al leer:

Los ciudadanos saben que la política es impotente frente al mercado y a las finanzas.

La política es cada vez más potente frente al mercado, como se observa en los impuestos y las regulaciones públicas. Pero lo más notable es que don Gilles diga que las finanzas mandan sobre la política, cuando se trata de una de las actividades más intervenidas y reguladas del planeta. Y además va y lo dice precisamente en mi Argentina natal, cuyos políticos han intervenido tanto y tan mal en las finanzas que han declarado un default en 2002, merodean actualmente otro (acaban de despedir al gobernador del Banco Central) y en las últimas décadas han impuesto a sus súbditos casi una media docena de signos monetarios distintos, que después han procedido a destruir, forzando siempre al pueblo a pagar los daños. ¿La política impotente frente al mercado, monsieur Lipovetsky? Pas du tout!

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