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José García Domínguez

Habrá que optar: o austeridad o democracia

Habrá que elegir, pues. Y pronto. Muy pronto.

¿Era compatible el patrón oro con la democracia? La respuesta es no. Claramente, no. Y la prueba es que desapareció en el instante mismo en que el sufragio universal se fue generalizando por todos los países occidentales. ¿Pueden coexistir las elecciones libres con una zona monetaria obligada a practicar políticas de austeridad fiscal de forma crónica, algo que en la práctica viene a significar lo mismo que el patrón oro, pero sin oro? La respuesta es tampoco. Claramente, tampoco. Y la razón última estriba en que, descartada la solución keynesiana, solo se conocen cuatro vías para lograr superar una crisis financiera como la que asola Europa desde 2008. Cuatro y solo cuatro. Pero de esas cuatro, tres no se pueden practicar bajo ningún concepto si el país en cuestión pertenece a la Zona Euro. Y la cuarta, la única en realidad viable, la austeridad, es rechazada por la gente cuando se le permite votar libremente. En consecuencia, el problema carece de solución a largo plazo.

Habrá que optar: o suprimir la democracia o suprimir la austeridad. Y hacerlo rápido. Porque ese largo plazo ya ha llegado: eran seis años. El tiempo justo que han aguantado en pie los sistemas políticos de los países del sur de Europa antes de comenzar a desmoronarse uno tras otro. Helos ahí, ya en la antesala misma del poder merced a la voluntad mayoritaria de las urnas, el Frente Nacional, Podemos, el Movimiento Cinco Estrellas y Syriza. Que son cuatro las recetas conocidas, decía, a fin de desprenderse de la deuda nacional cuando alcanza dimensiones estratosféricas. La primera consiste en no pagar. No se paga y punto. Si se dispone de un ejército disciplinado, numeroso y bien armado, es, sin duda, la mejor solución. Plantea no obstante un inconveniente menor de orden técnico: se requiere disponer de una moneda propia para poder hacerlo. No tan óptima como la anterior, la segunda invita a devaluar la divisa, esto es, justo lo que se apresuraron a hacer Estados Unidos, Japón e Inglaterra al comenzar la gran crisis del sistema financiero que luego se trasladaría a las cuentas estatales.

La ventaja de tal estratagema es triple para el deudor en apuros. Por un lado, se aumentan las exportaciones; por otro, se reducen las importaciones; y por un tercero, se consigue provocar algo de inflación (al subir los precios de los productos extranjeros), lo que hace que disminuya el valor real de la deuda pendiente. Tres por el precio de uno. Pero, claro, antes de devaluar una moneda hay que tenerla. La otra posibilidad es (tratar de) causar esa misma inflación, la llamada a reducir el saldo de todas las deudas, por el muy prosaico método de imprimir billetes en algún sótano del banco central. No es ni mucho menos tan fácil como parece (el truco no dará ningún resultado si la gente se abstiene de solicitar nuevos créditos en los bancos), pero, igual que en los casos anteriores, exige disponer de moneda nacional. Ergo, únicamente queda una salida: la austeridad. Pero la austeridad plantea un problema irresoluble, a saber, no funciona si la practica todo el mundo al mismo tiempo, que es justo lo que está ocurriendo ahora mismo en Europa.

Y es que la idea de la austeridad encierra eso que los profesores de lógica llaman una falacia de composición: algo que resulta bueno de forma individual deviene malo para el conjunto si todos lo imitan. Al ponernos todos los países de la Unión Europea a ahorrar mucho a la vez, solo el gasto de los habitantes de Marte podría habernos salvado de esta recesión autoinfligida por suicidio de la demanda. Es la razón por la que la austeridad ha fracasado de forma tan estrepitosa. No porque sea mala en sí, que no lo es, sino porque universalizar su uso simultáneo siempre acaba provocando un desastre. En 2009 el PIB de Grecia valía 204.000 millones de euros. Cinco años y varios planes de austeridad después, el PIB de lo que todavía queda de Gracia apenas suma 162.000 millones. Sin casi variar la deuda, entonces representaba el 130% de ese mismo PIB y ahora ha trepado al 174%. Cuanto más austeros, más pobres. Y cuanto más pobres, más incapaces de pagar. Una espiral que podría alargarse eternamente si no hubiese en medio del camino hacia la nada un estorbo llamado democracia. Habrá que elegir, pues. Y pronto. Muy pronto.          

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