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José García Domínguez

¿Hay austeridad de verdad o no la hay?

Naturalmente que hay austeridad. Una austeridad implacable, sobre todo, con la gente.

Naturalmente que hay austeridad. Una austeridad implacable, sobre todo, con la gente.

Las interminables quitas, podas y mutilaciones de los servicios públicos básicos que proveen gobiernos, regiones y municipios; las reducciones salariales y despidos de los empleados de esos mismos gobiernos, regiones y municipios; el achicamiento constante de las pensiones de los jubilados; el encogimiento generalizado de las nóminas del sector privado; las subidas exponenciales de impuestos, igual los directos que los indirectos, igual los personales que los empresariales. Desde Londres a Atenas, pasando por Lisboa, Roma, Dublín y Madrid, en todas partes un mismo paisaje ubicuo, el de la desolada austeridad ecuménica prescrita por Berlín. Claro que hay austeridad. Naturalmente que hay austeridad. Una austeridad implacable, sobre todo, con la gente. Habría que estar ciego para no verlo. Pero también habría que estar ciego para no darse cuenta de que las deudas de esos mismos Estados europeos, tan entusiastas ellos de la austeridad, lejos de reducirse, no paran de crecer más y más cada día que pasa.

Así, el austero Cameron ha incrementado la deuda hasta el 88% del PIB, cuando hace cuatro años apenas rozaba el 76%. Como su fracasado amigo griego, el muy austero Samaras, que ha dejado una descomunal del 176%, mucho mayor aún que la ya enorme del 146% que alcanzó en 2010. O como el obediente Portugal intervenido por la Troika, que transitó de un 96% en 2010 al demencial 131% que lucen hoy sus cuentas. Igual que la modélica Irlanda, ahora mismo con una deuda del 115% del PIB, frente al 87% de 2010. Como, en fin, España, que tampoco en eso representa excepción ninguna a la norma. Nos dijeron que debíamos tomarnos el aceite de ricino de la austeridad para arreglar las cuentas del Estado reduciendo su endeudamiento, pero resulta que ocurre justo lo contrario: cuantas más y más amargas dosis de austeridad nos aplican, más y más aumentan esas deudas. Tanto dolor, tantos sacrificios, tanto sufrimiento humano para nada. Para absolutamente nada. ¿Cómo entenderlo?

En realidad, la ideología de la austeridad se sustenta en una única premisa teórica. Premisa cuyo solo defecto es que resulta ser falsa. Lo llaman efecto exclusión y consiste en la creencia de que si el Estado deja de gastar un euro en lo que sea durante una recesión, ese mismo euro será invertido, y mucho mejor, por los particulares. Dicho de otro modo: el sector público, al competir con los particulares por unos recursos financieros escasos, forzaría incrementos de los tipos de interés, provocando con su conducta una disminución de la inversión privada. Falla, sin embargo, un pequeño detalle, a saber, que los tipos de interés andan arrastrándose por los suelos en todas partes. Lejos de subir, han bajado hasta prácticamente cero mientras la deuda pública no para de aumentar. No hay, pues, ningún efecto exclusión. Los empresarios se abstienen de invertir porque carecen de expectativas de beneficios, no por que les preocupen los (ridículos) tipos de interés.

Aunque eso únicamente explica lo inútil de la austeridad, pero no su contribución al aumento descontrolado de la deuda pública. Para comprender ese nefasto efecto secundario hay que reparar en otro prejuicio que ha estado nublando el entendimiento de los abogados de la austeridad. Sucede que los arrogantes tecnócratas de Berlín y Bruselas estaban convencidos de que los multiplicadores fiscales no existían. Pero, como las meigas, haberlos haylos. Creían que si, en un contexto de crisis, el Estado deja de gastar un euro, en el peor de los casos no sucedería nada. Pero resulta que sí sucedió. Vaya si sucedió: por cada euro que el Estado renunció a gastar en nombre de la austeridad, el valor del PIB cayó en promedio 1,7 euros. Son cálculos de un miembro de la Troika, el FMI, que ha tenido que reconocer oficialmente su inmenso error. Y es que la doctrina de la austeridad ha operado en la práctica como el motor de un círculo vicioso: cuanta más austeridad, más caídas del PIB; cuantas más caídas del PIB, más disminución de ingresos para el Estado; cuanta más disminución de ingresos del Estado, más necesidad de emitir deuda pública para cubrir los gastos. Y vuelta a empezar. Desengañaos, solo hay una manera de acabar con el ruinoso incremento de la deuda pública: acabar con la ruinosa austeridad.

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