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Carlos Rodríguez Braun

Rarezas e intereses

La única manera de liquidar el contrabando en Gibraltar es bajar los impuestos y volver legal lo que nunca debió ilegalizarse: el comercio normal de tabaco.

Carlos Rodríguez Braun
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La única manera de liquidar el contrabando en Gibraltar es bajar los impuestos y volver legal lo que nunca debió ilegalizarse: el comercio normal de tabaco.

José González-Herrero, de la Oficina Europea de Lucha contra el Fraude, declaró hace un tiempo al ABC de Sevilla: "O se fuma un cartón cada 20 minutos o hay algo raro en Gibraltar". Un lector de El País, molesto porque hay centros de titularidad pública pero de gestión privada, escribió al director:

¿Qué creen que buscará una empresa privada? ¿Proporcionar los mejores cuidados a personas completamente vulnerables u obtener beneficios? Hay que dejar de jugar y de mercadear con la salud y la vida de los ciudadanos.

El tono del burócrata europeo es típico de las autoridades que se lanzan a combatir gallardas y bizarras contra males que ellas mismas han provocado o fomentado. Es totalmente evidente que en Gibraltar no hay nada raro: lo que hay es contrabando, y lo sabe todo el mundo.

Por lo tanto, cuando el señor González-Herrero ironiza sobre las rarezas de Gibraltar, lo que intenta es ocultar precisamente la responsabilidad de los políticos, los legisladores y los burócratas de España y de la Unión Europea. En efecto, si los gibraltareños no fuman un cartón cada 20 minutos, sino que el grueso de los cartones son contrabandeados, eso no es por casualidad, y desde luego no es nada raro: es que los impuestos establecidos por los gobiernos son tan elevados que abren una cuña entre el coste de producción y el precio de venta que vuelve el contrabando tan rentable que ninguna persecución acabará con él. La única manera de liquidar el contrabando en Gibraltar es bajar los impuestos, cerrar la referida cuña, reducir la rentabilidad de los contrabandistas y volver legal lo que nunca debió ilegalizarse: el comercio normal de tabaco.

Nada de esto, lógicamente, sucederá, igual que rara vez sucede que las personas comprendan que lo público no es bueno de por sí ni lo privado malo. La idea del lector de El País de que la empresa privada tiene intereses y la pública no, que sólo en la sanidad pública se cuida a las personas y en la privada no, es tan cuestionable como la antigua fantasía de que las empresas pueden obtener beneficios maltratando a sus clientes: la verdad es justo la contraria.

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