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Las miserias de Alemania

Los superávits comerciales de Alemania son el origen de la hipertrofia de la deuda en el Sur y la causa última del descalabro que sufre la UE desde 2008.

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El relato canónico de la crisis en la Zona Euro se apoya en un axioma simple, a saber: los alemanes son eficientes, disciplinados y trabajadores mientras que los meridionales nacen ineptos, pícaros y gandules. Así las cosas, la variante local de la Gran Recesión se podría explicar como el fatal desencuentro entre la congénita eficiencia germánica con la secular ineficiencia mediterránea. Un cuento de buenos y malos en el que las laboriosas hormiguitas del Norte terminarían imponiendo justo castigo a las indolentes cigarras del Sur. "No podemos tener una moneda común mientras unos tengan tantas vacaciones y otros tan pocas o mientras en Grecia, España y Portugal la gente se jubile mucho antes que en Alemania", Merkel dixit. O Merkel miente, para ser más precisos. Pues, según le recordó en su momento José Ignacio Torreblanca, los datos de la OCDE sitúan la edad media efectiva de jubilación en España a los 62,8 años frente a los 61,5 de Alemania.

En cuanto a las horas trabajadas, en España ascienden anualmente a 1.653, muy por encima de las 1.389 del promedio alemán. Ocurre que ni la eficiencia ni la vagancia han tenido vela alguna en este entierro. Los superávits comerciales de Alemania son el verdadero origen de la hipertrofia de la deuda en el Sur y la causa última del descalabro que sufre la Unión Europea desde 2008. Pero esos superávits estructurales no se apoyan en mejora ninguna de la productividad germana. Bien al contrario, todo el misterio de la apisonadora alemana, de esa sobrevenida hegemonía imperial sobre el resto del continente, se esconde tras un sintagma arcano de la jerga sacerdotal de los economistas: los costes laborales nominales unitarios. Traducción al castellano: lo que los empresarios pagan por utilizar la mano de obra durante una hora, dividido por la productividad de esa misma mano de obra a lo largo de sesenta minutos.

Bien, pues desde algo antes del cambio de siglo, en Alemania el numerador de ese cociente crecía menos que el denominador, año tras año. En el resto de la Zona Euro, en cambio, ocurría justo lo contrario: el numerador crecía más deprisa que el denominador. Tan simple como eso. Aunque, igual que por norma sucede en economía, hay dos maneras de verlo. Unos dirán que el problema ha sido la mayor remuneración de los asalariados de la periferia. Y será cierto. Pero otros podremos argumentar que el canijo, raquítico, liliputiense crecimiento de las rentas laborales en Alemania es lo que explica el desajuste todo de la Eurozona. Y tampoco mentiríamos. Sea como fuere, la verdad indiscutible es que el aumento de la competitividad alemana nada tuvo que ver con conceptos como tecnología, eficiencia o inversión. Pero nada de nada. O sea, nada.

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