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La lucidez estratégica de esos Estados Unidos está en las antípodas del miope mercantilismo provinciano de la Alemania unificada de hoy.

José García Domínguez
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La lucidez estratégica de esos Estados Unidos está en las antípodas del miope mercantilismo provinciano de la Alemania unificada de hoy.

El 30 de abril de 1975 se perdió la guerra de Vietnam: 2,3 millones de muertos, 3,5 millones de heridos graves, 14,5 millones de personas desplazadas, 113.000 millones de dólares en gasto militar directo para Estados Unidos. Sangre, sudor y lágrimas al margen, una de las matanzas más onerosas de la historia. Demasiado onerosa incluso para el Imperio. Tanto que no podía pagarla. No sin hacer trampas. En vísperas del desastre, allá a principios de 1971, en los sótanos blindados de Fort Knox Nixon tenía guardados el equivalente a 12.000 millones de dólares en onzas de oro. En teoría, y en virtud del tratado de Bretton Woods, cualquier gobierno extranjero que poseyera 35 dólares podía reclamarle una de aquellas onzas de oro. Pues se suponía que Nixon estaba en condiciones de entregar un trozo de ese metal amarillo a quien apareciese por allí con los 35 billetes en la mano.

Pero mantener la carnicería de Vietnam era en extremo caro. Y la tentación de imprimir dólares a escondidas para financiarla, demasiado fuerte. Así, y por alguna arcana razón, el mundo comenzó a inundarse de dólares nuevos de repente. Y Europa, también de repente, de desconfianza. Tanta que acabó ocurriendo lo inimaginable. El infausto agosto de 1971, George Pompidou, por más señas presidente de la República Francesa, ordenó enviar un buque destructor de la Armada a Nueva Jersey con la orden de que retornase a Francia cargado de oro. Nixon no se lo podía creer. Solo era el principio. Una semana más tarde, Edward Heath, el primer ministro inglés, le reclamó 3.000 millones de dólares en onzas, aunque esa vez sin naves de guerra por medio.

Aún atónito, el 15 de agosto, el presidente de los Estados Unidos anunció oficialmente al mundo el punto y final de Bretton Woods. O lo que viene a ser lo mismo, el adiós para siempre a la era dorada del capitalismo, su gran momento estelar desde que hiciera aparición en el escenario de la historia en la Inglaterra de finales del siglo XVIII. Aquella fue la última vez que algo parecido a la inteligencia rigió el orden financiero global. Bretton Woods era un seguro contra incendios diseñado y suscrito por hombres que habían vivido la Gran Depresión, gentes que conocían de primerísima mano esa extraña querencia del capitalismo por tenderse zancadillas a sí mismo. Un orden difunto, aquel, tan eficaz como simple.

La lucidez estratégica de Estados Unidos, en las antípodas del miope mercantilismo provinciano de la Alemania unificada de hoy, les llevó a comprender que la estabilidad del sistema requería que fuesen generosos con sus socios. América, la potencia hegemónica, mantenía aún sus superávits crónicos con Europa y Japón. Pero sabía reinvertir los beneficios de ese dominio comercial fuera de sus fronteras, en la misma Europa y Japón, garantizando de ese modo la imprescindible demanda externa para su propia industria. "Los treinta gloriosos", llaman en los libros de Economía a aquel periodo. Hasta que Vietnam acabó con todo. Después llegaría esto.

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