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Comprar jabón en Venezuela, una odisea surrealista de tinte kafkiano

El llamado Día de Humillación limita a una única jornada semanal la visita de los venezolanos al supermercado o la farmacia.

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El llamado Día de Humillación limita a una única jornada semanal la visita de los venezolanos al supermercado o la farmacia.
EFE

Siguiendo la "recomendación" del régimen, la mayoría de establecimientos venezolanos dedicados a la venta de alimentos y medicinas se van a ver obligados a organizar y limitar el consumo de los ciudadanos, empleando como referencia su número de identidad.

Como explica la revista SIC del Centro Gumilla, "esto significa que a los venezolanos se les acabó la libertad de comprar alimentos o medicinas cuando les de la gana. Ahora solamente hay un día a la semana para comprar. A este día lo denominamos el Día de Humillación".

El autor del artículo, Luis Oliveros, es economista y profesor universitario. Tal y como explica en la citada revista, "los venezolanos sufrimos una tarjeta de racionamiento, y no solo la padecemos por cantidad, sino también de día de compra. El Día de Humillación confirma que tenemos un gobierno al que le fascina generar dependientes, que quiere venezolanos sumisos y que para nada le importa seguir equivocándose en su política económica".

La triste realidad venezolana

Su exposición del día a día que enfrentan los venezolanos ha sido reproducida con intensidad a través de las redes sociales. Así relata su primera experiencia en el nuevo marco de la compra que enfrentan los ciudadanos de Venezuela:

Temprano en la mañana me dirigí al primer supermercado, el que me queda más cerca de mi casa, para efectos prácticos lo llamaré Supermercados Verde. Llego y había una cola, "la de los productos regulados" me dice una señora que me señala donde hay que ponerse.

La fila, no muy larga, se mueve muy lento. Al final hay un muchacho sentado con un ordenador pidiéndole a cada cliente su DNI, anotándolo y dando el visto bueno para que puedas comprar. El muchacho parece un burócrata. Él representa el filtro entre quienes pueden comprar los productos regulados ese día y quienes no pueden hacerlo. Al final solo hay jabón para lavar ropa (de 1 kilo, 2 por persona) y suavizante (de 1 litro, 1 por persona).

Sigo mi recorrido por la "nueva potencia bolivariana" y mi siguiente parada es una farmacia, la cual llamaré Blanca y Azul. En esta farmacia hay mucha gente, enormes colas para pagar y muy pocos productos. Lo codiciado son los pañales (talla G, 2 por persona) y los jabones para bañarse (3 por persona).

Mientras espero mi turno en farmacia para pedir una medicina y pagar los productos regulados "que me tocan", una doctora rompe el silencio de la farmacia y le explica en voz alta a un señor de bastante edad que "esa medicina que usted necesita lleva mucho tiempo sin venir; debe registrarse en cualquier farmacia de su preferencia, llevando el informe del médico tratante firmado por éste, con el número de cédula en la firma y muy pronto se comunicarán con usted desde el sistema que creó el gobierno para administrar las medicinas para que le den el tratamiento por un mes, luego del mes tendrá que hacerlo otra vez", el señor responde "seguro moriré antes de ver esas medicinas". Lo más triste es que todos los que estábamos alrededor de él pensamos lo mismo. Pregunté por tres medicinas, no había ninguna.

La crónica de la escasez

Oliveros no se detuvo aquí, sino que siguió buscando por otras tiendas de la ciudad:

Mi tercera parada es otra farmacia Blanca y Azul, ésta queda en un Centro Comercial. Al llegar veo mucha gente porque "acaba de llegar desodorante de mujer (2 por persona) y toallas sanitarias (2 paquetes por persona)" me dice el señor de seguridad que trata de poner orden en la cola. Tanto el desodorante como las toallas tenían unas marcas impronunciables. Las medicinas siguen sin aparecer.

En el mismo Centro Comercial hay otra farmacia, la cual llamaré Roja. En esta no había prácticamente nadie adentro, síntoma inequívoco de que no hay nada "interesante". Efectivamente al entrar lo corroboro, pregunté por las medicinas y tampoco estaban.

Al frente de la farmacia hay un supermercado, el cual llamaré Supermercado Rojo y Blanco. Al entrar veo un conjunto de señoras que corren hacia la farmacia del supermercado, donde acaba de llegar tinte para cabello. Una señora, la que está repartiendo los tintes, grita casi a nivel de regaño "solo dos tintes por persona, rompan las cajas con orden, no desorden las cosas y no empujen". El espectáculo es grotesco, todas hacen exactamente lo contrario a lo que la señora grita (y seguirá gritando lo mismo mientras me quedo en el establecimiento). Aquí hay atún (4 latas grandes por persona).

Me llamó la atención que afuera del Supermercado Rojo y Blanco, en la calle, había una gran cantidad de personas sentadas esperando. Cuando voy pagando, oigo un policía del municipio que le dice al cajero "voy a comprar 12 latas, entendido", obviamente el cajero dijo que sí. Siguiente parada otro Supermercado Verde. Al entrar una señorita me pregunta "¿hoy es tu día?", me pide la cédula y me da un número con el cual "puedo ir la carnicería" para me que me den el producto regulado. En éste había harina de maíz para arepa (2 por persona) y azúcar (2 por persona).

Mientras hago la cola para que me den esos productos una señora llega y pregunta, "¿qué están dando?", otra señora le respondió "señora no diga que le están dando porque eso no se lo regalan, hay que pagar y además perder tiempo en esto, el cual también vale dinero". La señora no hace mucho caso y llama a su hija para que haga la cola mientras ella se va a hacer la cola en la caja para pagar.

De allí me fui a una farmacia, la cual llamaré Farmacia Verde. En esta no había nada de los "codiciados productos regulados", pero conseguí una medicina. La emoción es grande cuando te dicen que tienen una de las medicinas que usa tu papá de 86 años. Qué vergüenza alegrarse de algo que es cotidiano en el 99% de todo el mundo (solo Cuba y la Corea del loco son factor de comparación para nosotros).

Penúltima parada un Supermercado Rojo y Gris. Éste es tal vez el más grande de esa cadena en Caracas. En la entrada una señorita te pide tu cédula y está acompañada por un muchacho, el producto regulado del momento es pañales (aquí tenías el lujo de escoger entre talla M y G, 2 por persona). El muchacho se queja de que "hoy almorzará tarde", porque luego de despachar los pañales tiene que ir a botar las cajas, "mejor era que no hubiera venido a trabajar hoy" termina diciendo. En este sitio me pasó lo más "hombre nuevo" del paseo: me senté a tomar un café y puse el carrito a una distancia alejada de mí, pero que pudiera verlo. El experimento era ver cuánto tiempo duraban los pañales dentro del carrito. En menos de 5 minutos una señora (entre 40-45 años) se acercó al carrito miró a los lados, le dio una vuelta y se llevó los pañales. Me devolví al sitio donde daban los pañales y les conté lo que ocurrió, la señorita me dice "aquí usted tiene que tener mucho cuidado, estar pilas, porque la gente se roba las carteras y las cosas que tengan los demás en el carrito", le digo que usen las cámaras para que vean a la señora "con malas mañas", el muchacho que estaba preocupado por almorzar me responde “pana aquí nadie tiene tiempo para ver las cámaras, estamos muy ocupados, hay cosas más importantes que hacer” y luego me puso dos paquetes de pañales en el carrito como para que me fuera.

Mientras estoy pagando le pregunto al cajero por el nuevo jabón líquido que sacaron para lavar ropa y que supuestamente rinde 2.7 kilos; me dice que ya se terminó pero que una señora que se estaba llevando tres, tuvo que dejar uno y muy amablemente me lo puso en la compra. Interesante la comparación de como el muchacho preocupado por el almuerzo tenía uniforme del Supermercado, mientras el cajero era de una empresa contratista. La última visita fue a otro Supermercado Rojo Gris, ésta vez uno bastante pequeño. En este establecimiento había muchos motorizados en la puerta. Al entrar me hacen la acostumbrada pregunta "¿es tu día?" y una señorita me da un número, el cual me brindará la oportunidad de comprar café (3 kilos por persona). Mientras hago la cola para pagar, ocurre un acontecimiento que cambiará la rutina del sitio por los próximos minutos: primero ponen jabón líquido para lavar ropa (el nuevo), lo cual genera que muchos se amontonen en las cajas que van colocando para sacar el producto (2 por persona). Pero eso era el preparativo para lo grande: llegó jabón en polvo para lavar (el de 2.7 kilos, 2 por persona).

La cola desbordó el establecimiento, aparecieron todos los motorizados y sus parejas en el supermercado (interesante como pronosticaron que llegaría jabón). Adicionalmente ocurrió algo que me asombró aún más: la gente prefirió hacer la cola para comprar el jabón en polvo y dejar el jabón líquido, a pesar de la facilidad de llevárselo (es una botellita vs. una bolsa que pesa 2.7kilos). La razón es que la bolsa cuesta algo más de 70 bolívares frente a 100 por la botellita.

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