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José Carlos Rodríguez

Douglass C. North, "un marxista de la derecha"

Lo que más nombre ha dado a Douglass C. North es el estudio de las instituciones y su evolución.

José Carlos Rodríguez
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Lo que más nombre ha dado a Douglass C. North es el estudio de las instituciones y su evolución.
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La Universidad Washington de San Luis ha publicado un obituario de Douglass C. North en el que se sintetizan seis décadas de labor académica. Esto ya sería todo un logro, como lo es haber terminado una carrera prolífica a los 95 años. Sus intereses siempre fueron amplios, como lo demuestra que se graduase en tres carreras: Ciencia Política, Filosofía y Economía. En esta última disciplina alcanzó el máximo reconocimiento, que es el que otorga el Banco de Suecia y lleva el apellido de Alfred Nobel.

Su formación le llevó pronto a otro ámbito del saber, el de la historia. Al pasado hay que hacerle hablar sin desvirtuarle, un conflicto que recuerda al principio de indeterminación de Heisenberg y que los intelectuales siguen sin resolver satisfactoriamente. Sí sabemos algunas cosas, como que la huella del hombre es compleja y para mirarla necesitamos un conjunto de ideas anteriores, sobre cuál es la estructura de las relaciones humanas. La economía, en este sentido, es un instrumento fundamental para poder entender, al menos en parte, el desempeño de anteriores generaciones. Lograrlo fue la intención de Douglass C. North.

A mediados de los años 60 participó en el desarrollo de la cliometría, un método que recurre a la medición económica y que le valió el Nobel –y a Robert Fogel–. La mancha materialista (léase economicista) del marxismo, que impregnó facultad tras facultad, a izquierda y derecha, dejó poco hueco para paradigmas alternativos, y quizás eso explique el éxito que tuvo en su momento la cliometría. North escribió, desde estos presupuestos, The Economic Growth of the United States, 1790-1860. Murray N. Rothbard, el discípulo de Ludwig von Mises, tiene esto que decir respecto del libro: "Es un trabajo casi enteramente desafortunado. Combina los peores aspectos de la ciencia de la historia económica". North, prosigue Rothbard, "toma como su trabajo analítico un conjunto de hipótesis absurdas y erróneas, todas las cuales son incorrectas o, como poco, muy sesgadas. Algunas de esas hipótesis son leyes de la historia: una o dos observaciones históricas similares elevadas, sin justificación, al estatus de ley científica de la historia. Otras están basadas en una teorización económica muy fallida". El resto de la crítica sigue el mismo tono, e incluye juicios muy negativos en el puro ámbito estadístico, materia en la que se licenció el propio Rothbard. Quizás no mereciera una crítica tan severa (bien es cierto que no se escribió para ser publicada), pero también lo es que la lectura del libro puede ser informativa, en parte, y decepcionante.

La cliometría ha sucumbido en el abismo que separa su objeto de estudio del método. Sencillamente, no todas las fuerzas históricas, ni siquiera las económicas, se pueden medir. Y encontrar regularidades estadísticas en un período de la historia no asegura que se produzcan en otro, o en el mismo en un país distinto. Bien es cierto que los esfuerzos por escarbar en la mina del pasado en busca de datos, junto con la necesaria escoria, han dejado hallazgos valiosos.

Lo que más nombre ha dado a Douglass C. North es el estudio de las instituciones y su evolución, también desde un punto de vista económico. El equilibrio parcial y el general estudian el comportamiento racional sometido a un conjunto de restricciones, es decir, de condiciones externas. Las instituciones son parte de esos condicionantes. Por ejemplo: la tragedia de los bienes comunales. El comportamiento racional lleva a todos los que pueden explotar un bien común en libertad a hacerlo en la medida de lo posible y conveniente. Con más razón si se entiende que los demás seguirán el mismo comportamiento, pues, como dice Garrett Hardin, "en claro contraste con la privatización, la comunalización privatiza los beneficios pero hace comunes las pérdidas". Pero no puede quedar aquí la curiosidad del economista, y menos la del historiador. ¿Por qué hay una institución así? ¿Cómo surgió y por qué se mantiene? ¿Cuáles son las fuerzas, en definitiva, que explican la emergencia de las instituciones, su desarrollo y su final? Estas preguntas recaen sobre los gremios, la Mesta, sindicatos y organizaciones empresariales, parlamentos y mercados.

No es que North abandonase un proyecto antes de abrazar esta nueva economía institucional, basada en las aportaciones de Ronald Coase. Según recuerda el propio premio Nobel, North escribió un artículo en el año 1968 en el que estudió la evolución de la piratería de 1600 a 1850. Dos siglos y medio que vieron cómo se limpiaron los mares de quienes vivían del crimen no por los avances tecnológicos, señalaba North, sino por la creación de nuevas instituciones que contribuyeron a ponerles coto, promovidas por los beneficios asociados a la ampliación del comercio marítimo.

Es un pequeño ejemplo de un tipo de cambio institucional al que dedicó la mayor parte de sus esfuerzos. Cuando North y otros empezaron a mirar al pasado con estas ideas se señalaba que el crecimiento era consecuencia de la innovación tecnológica, o de la acumulación de capital, o de la estimulación de la demanda por parte de políticos que contrataban a lectores de Keynes. El punto de vista de North era muy distinto: "Los factores que hemos enumerado (innovación, economías de escala, educación, acumulación de capital, etc.) no son las causas del crecimiento; son el crecimiento", dice en un momento de su recomendable El nacimiento del mundo occidental.

Coase había llegado a la conclusión de que, si no hay costes de transacción y los derechos de propiedad están definidos, se llegará a una asignación de recursos que será eficaz. North da la vuelta a estas ideas. Hay situaciones en las que la propiedad no está bien definida, o hay costes de transacción. Así las cosas, se produce una diferencia entre los beneficios y los costes de partes de la sociedad y los de las sociedad en su conjunto. O, dicho de otro modo, hay intereses creados que se benefician de instituciones que perjudican al conjunto de la sociedad. Y esas diferencias ocurren "siempre que el derecho de propiedad no está suficientemente definido, o no se hace respetar".

En el mismo libro recoge el paulatino crecimiento de la economía en la Europa de los primeros siglos del segundo milenio. El crecimiento de la población llevó a roturar nuevas tierras, y la producción se llevó cada vez más al mercado, más allá del ámbito doméstico o de las villas. Florecieron así las ciudades, y se ampliaron las posibilidades de generar beneficios privados, que, bajo las instituciones adecuadas, se convertirían en públicos. Esos incentivos motivaron, de hecho, las acciones que llevaron a la creación o el desarrollo de nuevas instituciones. Como el dinero, que fue ganando terreno. O los nuevos cuerpos legales de las ciudades. O el derecho mercantil, o las instituciones bancarias.

En el siglo XIII, las mejores tierras habían sido ya roturadas, y las nuevas no eran tan productivas y "el crecimiento de la población continuó desbordando el de la producción". La inanición y las enfermedades (la peste) diezmaron de nuevo la población europea, y se dio la situación contraria: una escasez de mano de obra que llevó a una elevación de la remuneración de los trabajadores. Y esto cambió de nuevo ciertos acuerdos institucionales, que se adaptaban a esta nueva situación. North llegó a conclusiones que hoy nos parecen razonables, pero que entonces eran una novedad, como que Inglaterra y Holanda se industrializaron antes porque los gremios eran allí más débiles.

North se vio a sí mismo como "un marxista de la derecha", lo cual hace pensar que nunca se desembarazó del todo del marxismo en el que militaba fervientemente en sus primeros años universitarios. Marx se atuvo a un mecanicismo historicista del que North carece. Y el alemán otorgó un papel protagonista a las clases sociales, en una burda simplicidad analítica risible y lamentable que no aqueja al economista de Cambridge, Massachusetts. Éste observa un cambio histórico sin leyes universales, promovido por distintos intereses que son contingentes, no categorías necesarias, y lo único que señala como permanente es ese mecanismo que va del reparto de los beneficios potenciales a las acciones que llevan a un acuerdo institucional u otro.

Hoy es un lugar común decir que las instituciones condicionan el crecimiento económico, y mirar a los equilibrios sociales que las explican, o que las hacen tambalear. Por qué fracasan los países, de Daron Acemoglu y James Robinson, es sólo uno de los últimos ejemplos. Pero cuando North inició su aventura intelectual no lo era en absoluto. Se puede decir sin margen a equivocarnos que North y el resto de neoinstitucionalistas han contribuido a comprender los procesos de cambio histórico. Algo que ni Marx ni su pléyade de seguidores ha sido capaz de hacer mínimamente.

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