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O renacimiento demográfico, o suicidio

Estamos, pues, inmersos en un proceso de "suicidio demográfico", una especie de muerte colectiva como pueblo, a cámara lenta pero inexorable.

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El INE acaba de publicar un dato muy preocupante, que sólo se dio fugazmente en el primer semestre de 1999, y que para un año completo no ocurría desde el durísimo 1939 -con media España derrotada, la otra media triunfante, y ambas viviendo con gran precariedad material y zozobra económica-, y antes, en 1918, por la pandemia de gripe: en el primer semestre de 2015 murió en España más gente de la que nació (ver datos ).

En 1999, cuando llevábamos 20 años seguidos de caída de fecundidad, hasta batir el récord mundial de esterilidad, tuvimos un primer semestre con saldo vegetativo negativo entre nacimientos y fallecimientos (12.680 personas). Pero este déficit se enjugó de inmediato, en el semestre siguiente y sucesivos, porque entonces no paraban de llegar inmigrantes a España, muchos de ellos en edad de procrear y en promedio bastante más fecundos que los españoles, y porque cada año había más españolas en edades fértiles, las mujeres que nacieron en el baby boom nacional desde finales de los 50 a 1976. Ahora no se dan ninguno de esos factores positivos para la natalidad en España a corto y medio plazo. No vienen inmigrantes a España, y los que viven aquí, van perdiendo poco a poco fecundidad, al adaptarse a nuestros hábitos, incluyendo los reproductivos, además de que también ellos se van haciendo progresivamente más mayores. Y cada vez hay y habrá menos mujeres españolas en edades fértiles, por la traslación al presente de la caída en picado de los nacimientos en España desde la Transición a finales de los 90, lapso en el que pasamos de los 677.000 nacimientos de 1976 a poco más de 360.000, un número tan bajo que probablemente no se daba en España desde hacía más de 200 años, cuando la población de España era cuatro o cinco veces menor que la actual. Y porque, con una tasa de natalidad tan baja como la que tenemos desde hace un cuarto de siglo, cada nueva generación de españoles es aproximadamente un 40% menos numerosa que la anterior.

Aún no sabemos si en el segundo semestre de 2015 el saldo entre bebés y fallecidos será positivo, y si de serlo compensará los números rojos del primero (-19.268 personas). Pero, por las razones antedichas, sí se sabe que España, por su baja natalidad y sus ya nutridas y crecientes filas de población provecta, está abocada a que en ella, ya sea desde 2015, o bien a partir de 2016 ó 2017, de manera continuada, las defunciones superen a los nacimientos, y a que cada vez tiendan a hacerlo por más margen, salvo repuntes muy sustanciosos de la natalidad, ya sea de los actuales residentes, o por la llegada de nuevos inmigrantes jóvenes, en edad de procrear. De hecho, si quitamos del cómputo de nacimientos los debidos a madres extranjeras -muchos: entre el 18% y el 22% en 2014, según contemos como extranjeras o no a las que ya tienen doble nacionalidad-, y del total de muertes -pocas, no más del 3% - 4% del total, ya que los inmigrantes, en conjunto, son mucho más jóvenes que los españoles, y pocos de ellos tienen más de 60 años-, podemos comprobar fácilmente que los españoles autóctonos, desde hace ya varios años, estamos decreciendo en número. Hasta ahora, gracias al aporte demográfico neto de los inmigrantes de nacimientos y muertes, no se notaba ese déficit en el balance global de España. Pero el semestre pasado ya no compensamos la pérdida de población española con el aporte en nacimientos de los extranjeros residentes aquí. Y esto será, desde ya o en unos pocos semestres, la norma.

Estamos, pues, inmersos en un proceso de "suicidio demográfico", una especie de muerte colectiva como pueblo, a cámara lenta pero inexorable, producto de nuestra voluntaria infecundidad. En realidad, el pueblo español tardaría siglos en esfumarse por esta causa, con lo que su desaparición es algo que ninguno de los lectores de este artículo veríamos. Pero sí sufriríamos una serie de penurias y sinsabores que ya están empezando a pasar, pero que aún son sólo una pálida sombra de lo que serán, de no repuntar la natalidad.

Viviríamos en un país en declive por el deterioro continuo de su capital humano, tanto en cantidad (número de personas) como en calidad (por el elevado y creciente nivel de envejecimiento del pueblo español), con problemas económicos en el pago de las pensiones, sanidad y gastos de dependencia, con menor consumo e inversión por este declive demográfico, menos innovación, fuerza laboral envejecida y menguante, pérdida de economías de escala, depreciación continua de casas y otros activos ligados a la demografía, etc. Viviríamos en una soledad y pobreza afectiva crecientes, al tener la gente cada vez menos parientes próximos (hijos, nietos, hermanos, primos, tíos, sobrinos…). Desde el punto de vista político, nuestra democracia degeneraría en gerontocracia, al estar dominado el cuerpo electoral por los jubilados, cuyo mayor interés, como es lógico, sería que la población activa les transfiera riqueza para sus pensiones, sanidad y dependencia, algo que, según en qué grado suceda, podría ser tan injusto como asfixiante para la economía. Y en el plano geopolítico, una España y Europa menguantes y envejecidas en población tienden a la irrelevancia, al pesar cada vez menos sus gentes en un mundo en el que la productividad y riqueza por persona del grueso de las naciones tiende a converger –no en vano llamamos ahora "países emergentes" a los del otrora denominado "Tercer Mundo"-, y por lo tanto, la cantidad de población tiende a pesar otra vez en las relaciones internacionales, como antes de que la Revolución Industrial multiplicase la productividad de los europeos –y luego también los y norteamericanos- muy por encima de la del resto del mundo, y compensase su inferioridad numérica en el contexto mundial. De hecho, Europa y España ya pesan en el mundo, por población, más o menos la mitad que hace 60 años.

Para salir de este triste declive, de esta espiral de la muerte como pueblo, necesitaríamos un "renacimiento demográfico", que haya muchos más nacimientos en España. Precisaríamos unos 250.000 más cada año para que haya relevo generacional, esto es, un promedio de 2,1 hijos por mujer, partiendo del nivel actual de aproximadamente 1,3. Pero esto es algo que no lograremos, como sociedad, sin dar a nuestro problema demográfico la importancia descomunal que tiene, sin replantearnos muchas cosas, y sin favorecer de manera clara que se tengan más hijos, ya que la baja natalidad, en España, Europa y otras regiones del mundo, no es parte accesoria del actual modelo de sociedad, sino central. Y no es sólo cosa de los políticos, sino de toda la sociedad. En esta línea, quien quiera ayudar a que en España se investigue sobre este problema con rigor ni partidismos (estado de la cuestión, consecuencias, causas y soluciones), y a que se sensibilice a la población, élites influyentes y autoridades políticas, sobre su enorme importancia, puede hacerlo, entre otras formas, colaborando económicamente –o con otro tipo de aportaciones- con organizaciones como la Fundación Renacimiento Demográfico impulsada por personas que no nos resignamos a que España y Europa se hundan poco a poco por falta de nacimientos, sin haber intentado, cuando menos, evitarlo. Si Vd, es como nosotros, y con nosotros quiere decir, con Antonio Maura, "por mí que no quede", por favor, ayúdenos. No tenemos apenas recursos económicos. Aun sin ellos, se pueden hacer muchas cosas, y muchas hemos hecho, pero ni de lejos son, ni podrán ser, las suficientes. Muchas gracias.

Alejandro Macarrón Larumbe, es autor del libro "El suicidio demográfico de España" y director de la Fundación Renacimiento Demográfico

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