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Ocho lecciones que aprender de 'La gran apuesta'

La película basada en el libro de Michael Lewis se estrenó este viernes. Estamos ante uno de los mejores filmes sobre finanzas de la historia.

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Cartel con los protagonistas de \'La gran apuesta\'. | Paramount

"Cuando cuatro tipos fuera del sistema descubren que los grandes bancos, los medios de comunicación y el gobierno se niegan a reconocer el colapso de la economía, tienen una idea: La gran apuesta… pero sus inversiones de riesgo les conducen al lado oscuro de la banca moderna, donde deben poner en duda todo y a todos".

Ésta es la sinopsis que Paramount, su productora, ofrece de La gran apuesta, la adaptación al cine del título homónimo de Michael Lewis (The big short, en inglés) que este viernes llega a las pantallas españolas. Algunos de los carteles que decoran las paradas de autobús refuerzan la idea de que estamos ante la historia de unos tipos normales enfrentados a los gigantes de las finanzas: "Si no puedes acabar con los bancos, hazles pagar". Y en parte tienen razón. Se trata de la historia real de unos cuantos outsiders que entre 2005 y 2006 apostaron contra el mercado más sólido que imaginarse pudiera en aquel momento, el de los títulos hipotecarios norteamericanos.

La película es imprescindible para el aficionado a la economía pero también puede ser muy interesante para el lego en la materia. Como el libro en el que se basa, contiene una muy buena explicación sobre cuál fue el origen de la crisis subprime. Y transmite unas cuantas enseñanzas muy importantes. Sin embargo, no es fácil prever qué pensará el espectador medio. Lo más probable es que salga de la sala pensando que todo el sistema está podrido, que el capitalismo sólo sirve a los ricos, que todo lo que ocurrió antes de 2008 no fue más que una estafa o que siempre ganan los mismos… No deberían. La gran apuesta, como todas las buenas obras, tiene muchas lecturas. Pero hay una serie de lecciones que un espectador atento no debería desechar:

- Todos quieren ganar dinero, los buenos y los malos. La diferencia entre unos y otros es quién tenía razón en la apuesta. El relato que se ha impuesto sobre esta crisis apunta a que era todo cuestión de unos desalmados que no veían más allá de sus bonus. Pero la codicia no se inventó en el año 2005, para colocar activos subprime a incautos, ni desapareció con Lehman Brothers ni existe sólo en el sector bancario. Para entender lo que ocurrió, hay que mirar un poco más allá de las explicaciones facilonas.

- ¿Estafa?: las imágenes de trabajadores de Lehman Brothers saliendo de su puesto de trabajo o las de los responsables de Goldman Sachs o Morgan Stanley desesperados, mientras intentaban recomprar las opciones que habían colocado en el mercado, son la mejor prueba de que no hubo un engaño deliberado. En España, hay directivos encausados por las preferentes que compraron (y perdieron) miles de euros de su patrimonio personal en este activo. En EEUU, fueron las grandes firmas las que más pérdidas sufrieron. Una de ellas (Lehman) desapareció.

En la primera parte de la película, cuando los protagonistas acuden a Wall Street en busca de vehículos de inversión que les permitan apostar contra los bonos hipotecarios, se ríen de ellos, les llaman locos e incluso les advierten de que están haciendo una locura. Todo el mundo estaba convencido de que las subprime eran un negociazo y que el mercado de la vivienda nunca quebraría.¿Estupidez? Mucha. ¿Codicia? Bastante. ¿Ignorancia en tipos que se creían más listos que nadie y se embolsaban bonus de millones de dólares al año? A porrillo.¿Falta de información al cliente? Seguro. ¿Engaño deliberado? No demasiado. ¿Conspiración de unos pocos para forrarse a costa del resto? Pues tampoco parece.

- El pez grande… no, no se come al chico. En esta historia, como otras miles de veces, son los más listos los que ganan, no los más grandes. El capitalismo es así (al menos hasta que llega el séptimo de caballería del Gobierno a ayudar a los abusones). Lehman, Goldman, Merrill: los nombres de los verdaderos pringados son mucho más conocidos que los de los protegonistas de Michael Lewis.

- "Esta gente sólo quiere una casa". Una frase que va al fondo de la cuestión. El mercado de derivados se multiplicó alrededor de lo que muchos creyeron que era el sueño americano: el derecho de todo ciudadano a tener una casa. Y no un derecho en abstracto (a comprarla) sino concreto (a que alguien le prestara el dinero sí o sí). Pero como explicó en su momento Milton Friedman, "los almuerzos gratis no existen". Si alguien se compra una casa y luego no la puede pagar, alguien perderá el dinero que se otorgó por ese préstamo. Por cierto, que los mismos que ahora claman contra los bancos por no dar crédito a pymes y familias, les señalan por las subprime. ¿En qué quedamos? ¿Tienen que prestar más a todos sin mirar mucho sus credenciales o son malos por prestar demasiado a gente que luego no podrá pagar?

- "¿Cuáles son tus incentivos?". La pregunta de la analista de Standard & Poor's refleja una de las claves de la película. Quizás ella se refiriera sólo al bonus anual, pero en realidad es lo que explica el comportamiento de todos los implicados. Y no hablamos sólo de incentivos monetarios (como a veces erróneamente se cree) aunque estos sean muy importantes. Seguir el camino que marcan las piedrecitas de los incentivos es más costoso que buscar un culpable fácil (los ricos, los bancos, los políticos...) pero el final suele estar mucho más cerca de la verdad.

Por ejemplo, en el caso de las tres grandes agencias de calificación, como S&P, los incentivos los marcaba una legislación que prácticamente obligaba a todos los que quisieran emitir deuda a pasar por su ventanilla. Cuando creas un oligopolio, incluso con la mejor de las intenciones, te pasa lo que te pasa, porque los incentivos son perversos. El cliente de las agencias deja de ser el que compra la deuda (quiere saber cómo de fiable es esa deuda) y pasa a ser el que emite esa deuda (quiere colocarla y que le den buena nota). Cuando a la empleada de S&P le preguntan por qué le daban calificación Triple A a bonos de los que no sabían nada, explica que los emisores eran sus clientes: "Y si no lo hiciéramos nosotros, sólo habrían tenido que cruzar la calle" para que otra de las agencias lo hiciera...

- El fin del mundo: la expresión se repite un par de veces en la película. El desastre es tan enorme que parece capaz de llevarse por delante el sistema capitalista. Nadie sabe realmente el tamaño del agujero. Pero incluso a pesar de lo mal que se hicieron las cosas y a pesar de todos los perjudicados, que fueron muchos, el mundo siguió creciendo año tras año. Sólo en 2009, los cálculos oficiales hablan de un crecimiento global nulo. Desde entonces, el PIB mundial se ha incrementado por encima del 3% año a año y también EEUU es bastante más rico ahora que en 2007.

- "Fundamentales". Ésta es la gran lección que debería aprender el inversor aficionado. En realidad, la trama de la película gira en torno a esta palabra. Esta historia trata de una lucha desigual, pero en la que los que llevan las de ganar son los que aparentan ser más débiles. Como explica uno de los protagonistas cuando empiezan las primeras señales del colapso "todo el mundo está mirando para otro lado", "ni ellos mismos saben lo que están haciendo", "han dejado de mirar al mercado", no conocen los "fundamentales" de los activos que manejan…

Mientras unos invierten basándose en "modelos" o en complejas estructuras financieras, los otros simplemente se preguntan qué están asegurando esos seguros, cuál es el colateral que respalda un CDO, qué activos hay detrás de cada derivado. ¿Y saben una cosa? Los que tienen razón son los que hacen las preguntas sencillas, incluso simples: ¿Cuánto vale de verdad eso que me quieres vender? Como dijo en su momento Warren Buffett (por cierto, al que aluden en la película): "El riesgo proviene de no saber lo que se está haciendo". No lo olvide nunca cuando en su banco, su gestora o su cuñado le asegure que tiene una oportunidad buenísima para que invierta su dinero. Si no lo entiende, no será tan buena.

- ¿Capitalismo salvaje? Todo el mundo sabe cómo acabó aquello. Algunos bancos quebraron, un puñado de entidades fueron rescatadas, los políticos norteamericanos montaron unas cuantas reuniones en el Senado para señalar con el dedo acusador a los directivos de las grandes entidades, millones de personas perdieron sus casas y la economía estadounidense entró en su recesión más importante desde los años 30. Son los excesos del capitalismo, pensarán algunos. Pero, cuidado, antes de acabar con el sistema, quizás sería el momento de preguntarse qué hacía el Gobierno mientras tanto.

La clave la da el personaje de Steve Carell, casi al final de la película, cuando dice que sabían que pasase lo que pasase ellos no perderían, "allí estaría el contribuyente" para pagar la cuenta. Y tenían razón. Todos aquellos banqueros que tomaron arriesgadísimas apuestas en productos que ni siquiera ellos entendían, tenían el peor de los incentivos (de nuevo, esa palabra): el convencimiento de que los políticos utilizarían el dinero de otros para salvar a sus entidades. No es cierto, como se apunta, que no hubiera consecuencias: hubo multas millonarias, entidades quebradas que desaparecieron, muy pocos de los consejeros de los bancos mantuvieron sus puestos o sueldos... Y un apunte: la mayoría de los clientes de las entidades que más perdieron no eran precisamente clase media. Muchos de los que compraban derivados de Lehman eran millonarios (también del sector financiero). Como dicen los americanos, aquella burbuja fue un epic fail, pero se llevó por delante a muchos de los que la gestaron.

Tampoco es verdad que estemos ante una actividad desregulada. Pocos sectores hay más controlados, tienen más agencias gubernamentales vigilando (también la SEC aparece en la película, aunque tangencialmente) y más normativas que el financiero. Viendo a los brokers de Goldman vender derivados que no sabían qué contenían, es lógico indignarse, pero aquello estaba muy lejos de ser "capitalismo salvaje", signifique lo que signifique esa expresión.

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