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El mito de los emprendedores en España

Bien al contrario, en España sobran emprendedores.

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España, su economía, no necesita más emprendedores; no, no los necesita. Bien al contrario, en España sobran emprendedores. Contra lo que predica la literatura apologética sobre esa figura mítica, la del pequeño David empresarial, a la que se ha querido envolver de una aureola romántica, casi prometeica, la excesiva abundancia de minúsculos empresarios constituye uno de los grandes lastres, si no el mayor, del aparato productivo español. Así, igual que la hiperabundancia de pequeños campesinos incapaces de obtener economías de escala de sus diminutas e ineficientes parcelas supuso uno de los mayores frenos al desarrollo económico de la península durante más de un siglo y medio – desde la Constitución de Cádiz hasta el Plan de Estabilización de 1959–, la inflación de emprendedores, esto es el exceso de empresas no menos minúsculas, ineficientes e incapaces de competir que aquellos ancestros agrarios de nuestro siglo XIX, lejos de suponer un motivo de optimismo debería preocuparnos y mucho. Y es que cuanto mayor sea el peso de los emprendedores, de los pequeños empresarios en la estructura económica de España, más y más nos iremos hundiendo en la miseria de la productividad decreciente.

Porque el tamaño importa, claro que importa. El tamaño es fundamental. De ahí que el tan celebrado pequeño empresario resulte ser un agente económico ineficiente por definición. El asunto es tan simple como que no se puede competir en costes si no se consigue alcanzar economías de escala. Y no se pueden obtener economías de escala, o sea lograr que el valor de producción crezca en mayor proporción que el de los medios necesarios para generarla, sin aumentar el tamaño de las empresas. Por eso un coche fabricado en la cadena de montaje de Volkswagen sale más barato que si lo montara el consumidor final en el garaje de su casa. Contra lo que prescribe la cháchara dominante, lo que necesita España son grandes empresarios, no pequeños. Cuanto más grandes, mejor. Lo que desde el BOE tenemos que procurar, y con urgencia, es que se reduzca el número de pequeños empresarios en nuestro país. Empeño perentorio para el que una fiscalidad inteligente – y disuasoria– podría cumplir un papel similar al de las desamortizaciones de las manos muertas que llevaron a cabo las revoluciones liberales que desmantelaron el Antiguo Régimen en su día.

Cuando se vive bajo una moneda única, el euro, se crea un único sistema económico donde los procesos de menor productividad, sencillamente, desaparecen. Desaparecen y punto. El cataclismo que desde 2008 están sufriendo España, Grecia, Portugal y, en menor medida, Italia y Francia tiene una explicación última tan simple como esa. La productividad es la clave de todo, el reto es charlatanería interesada. A mayor tamaño empresarial, mayor productividad. Y viceversa. Un par de cifras para ilustrarlo. La productividad media por empleado de las empresas españolas de más de 250 trabajadores ronda los 78.000 euros. El mismo indicador referido a las de menos de diez trabajadores se desploma hasta el entorno los 29.000 euros. Otro dato numérico: la pyme promedio de Alemania cuenta con 7,6 asalariados en plantilla; la española apenas llega a la mitad, con 3,6. Las grandes disparidades entre los niveles de vida de los países tienen una explicación básica que se puede resumir en una sola palabra: productividad. La genuina diferencia entre Dinamarca y Guatemala es esa. Porque lo que necesitamos son diez gigantes como Telefónica, no diez mil emprendedores liliputienses. Ni cien mil.

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