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El Brexit es un tigre de papel

El Reino Unido no se va a marchar de la Unión Europea, voten lo que voten los británicos.

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Nigel Farage, con uno de sus seguidores | EFE

La Unión Europea es como un tubo de pasta de dientes: vaciar el contenido es muy fácil, pero volver a meterlo en su sitio resulta empeño imposible. El Reino Unido no se va a marchar de la Unión Europea, voten lo que voten los británicos, porque en la práctica marcharse de la Unión Europea es eso, imposible. Desde luego, resulta completamente imposible si se pertenece a la Zona Euro, de ahí que ni siquiera los elementos más extraviados de Syriza o de Podemos planteen la mera hipótesis teórica de abandonar el euro. Pero es que disponiendo de una moneda nacional propia, como en el caso que nos ocupa, también es imposible. De entrada, convendría echar un jarro de frío realismo sobre las cabezas de esos ilusos conservadores utópicos que fantasean a estas horas con retornar al difunto capitalismo desregulado del siglo XIX solo con romper con los burócratas de Bruselas. Lo que quieren creer en ese cuento de hadas olvidan que, con independencia de su pertenencia a la Unión Europea, el Reino Unido seguirá estando obligado a cumplir al pie de la letra todo lo establecido en los más de 700 tratados internacionales que continuarán atando de pies y manos manos al Gobierno de Su Majestad para impedirle atrasar 200 años el reloj de la Historia.

Tratados que van desde el de la Organización Mundial del Comercio al del Fondo Monetario Internacional o el del Banco Mundial, entre otros centenares y centenares. Pero es que eso apenas sería el principio. El principio del fin. Porque, desde que desmanteló su vieja industria pesada cuando Thatcher, el Reino Unido vive básicamente de prestarnos servicios al resto de sus socios comunitarios. El principal de ellos, y con gran diferencia, consiste en prestarnos dinero a través de su mastodóntico sistema financiero. Los ciudadanos británicos, faltaría más, pueden querer irse de la Unión, pero sus bancos, quieran o no, se irán todos al guano si pierden su acceso privilegiado al mercado continental. Aunque antes de emprender ese muy patriótico viaje hacia la quiebra cierta lo más probable sería que la City en pleno optara por trasladar sus sedes corporativas (y sus miles y miles de empleos cualificados y excelentemente remunerados) al otro lado del Canal de la Mancha. Por no hablar de los impuestos que dejarían de pagar en el Reino Unido para pasar a abonarlos a las haciendas francesa, alemana o española. Renunciar al mercado europeo, sencillamente, no constituye una opción para ellos. El asunto es tan simple como que no pueden hacerlo. Punto.

Pero aún hay más, mucho más. Ocurre que el Reino Unido goza de la inmensa fortuna de ser el primer país receptor de inversiones extranjeras directas entre todos los que integran la UE. En concreto, el 20% de ese preciado maná caído del cielo se dirige cada año hacia sus costas. Huelga decir que, sin tener garantizado el acceso sin trabas al mercado continental, a los dueños de toda esa montaña de dinero les faltaría tiempo para hacer las maletas y salir corriendo con destino al aeropuerto de Heathrow. ¿Y para qué? ¿Para impedir que lleguen unos cuantos inmigrantes rumanos a fregar platos y barrer suelos en Londres? Pues ni para eso serviría dar un portazo a Bruselas. Los rumanos (y los españoles) seguirían atravesando igual sus fronteras. Igual que atraviesan, por cierto, las fronteras de Noruega o Suiza, dos países que no forman parte de la Unión Europea pero que, les guste o no, están obligados a aceptar la libre circulación de los trabajadores extranjeros oriundos de la UE so pena de ver anulados sus respectivos tratados comerciales con la Unión. Y si a Suiza y a Noruega no les queda más remedio que tragarse ese sapo, ¿podría hacer algo muy distinto el Reino Unido? Naturalmente que no. También ellos se tragarían, para empezar, el orgullo. Lo dicho, se quedarán.

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