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Club de los viernes

García Dominguez and the Walking Dead

Si la “política Industrial” estuviera detrás de las pantallas táctiles y de internet yo estaría escribiendo esto en un ordenador soviético

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No suelen abundar los periódicos, y menos con este calor, en llamadas a la exhumación de cadáveres pero el siempre interesante, ocasionalmente certero, José García Domínguez hace precisamente eso en su último artículo en Libertad DigitalPor qué ningún Pokemon ha nacido en España: "¿Queréis un pokémon hablando en español? Pues desenterrad de una vez la política industrial."

La argumentación de García Domínguez es la siguiente: Nintendo, creadora de Pokemon GO, penúltima sensación de masas, deriva su tecnología de Apple y Google que a su vez obtienen la suya del Estado. En una frase literal que, de tener menos polisílabos, podría ir directa a una camiseta podemita dice:

Contra lo que predica la leyenda, ni internet, ni la nanotecnología, ni el Silicon Valley tuvieron su origen en el capital riesgo, sino en la intervención del Estado. Fue la Administración de Estados Unidos, ella y solo ella, quien creó las bases de la actual revolución en el sector de las tecnologías de la información.

De ahí deduce García Domínguez que, puesto que sólo el Estado puede asumir riesgos verdaderamente importantes si queremos tener una España puntera en nuevas tecnologías es preciso que el Estado se involucre directamente mediante la "política industrial".

Casi como le ocurría al teólogo de Borges, a José García Dominguez el ministerio exigente de la observación de la realidad política diaria le veda las delicias de la economía y quizá por ello su argumentación presenta algunos puntos delicados.

En primer lugar no es cierto que Google y Apple deban su existencia o su riqueza a la graciosa concesión del gobierno estadounidense. De ser así la directiva completa de Yahoo y aun la de la canadiense RIM, creadora de las Blackberry llevarían varios años encadenados a la verja de la Casa Blanca reclamando su parte. Se trata de una historia puesta en circulación por Nancy Pelosi, líder de la minoría demócrata en la Cámara de Representantes. Pelosi bebía, quizá, de un libro publicado el 2013 por Mariana Mazzucato profesora de la Universidad de Sussex y ahora consejera del todavía líder laborista británico Jeremy Corbin, The Entrepreneurial State. En él, Mazzucato defiende que “todos los cambios tecnológicos de los últimos años encuentran el origen de la mayor parte de su financiación en el Estado”. Según Mazzucato el dinero privado, no tiene la paciencia suficiente como para invertir en los desarrollos a largo plazo que precisan las nuevas tecnologías. Mazzucato afirma que el Estado está detrás de las pantallas táctiles, el GPS, el algoritmo de Google, las baterías de Tesla y, por supuesto, Internet.

El libro de Mazzucato, en su momento casi tan festejado por la izquierda como el de Piketty ha sido demolido por autores como Alberto Mingardi o Tim Worstall que han señalado como Mazzucato no distingue entre innovación tecnológica e innovación económica y cómo se centra casi exclusivamente en EEUU en el siglo XX y en determinados sectores como las energías alternativas. En el marco de la enorme expansión del gasto público que trajo el siglo XX raro sería que la totalidad de dicho gasto fuera improductivo. En el siglo XIX con escasa intervención estatal las innovaciones fueron, al menos igual de abundantes. Por supuesto Mazzucato en ningún momento se pregunta qué usos alternativos podría haberse dado a esos recursos de no haberlos gastado el Estado y qué tipo de tecnología tendríamos hoy si se hubiera permitido a los contribuyentes gastar ese dinero a su libre arbitrio. Mazzucato no ha leido a Bastiat.

Si la "política Industrial" estuviera detrás de las pantallas táctiles y de internet yo estaría escribiendo esto en un ordenador soviético y usted leyéndolo en una tablet de fabricación norcoreana. Y votar a Podemos no sería una opción tan peligrosa. El Estado ha demostrado una y otra vez ser incapaz de elegir sus inversiones, sencillamente porque mientras que la iniciativa privada dispone del sistema de las pérdidas y ganancias para elegir sabiamente sus inversiones el Estado carece del mismo y elige las suyas según la influencia de los grupos de presión. El Estado que definitivamente no nos dió el iPhone sí que nos ha traído granjas eólicas y subsidios al etanol. Y aun eso a un precio desorbitado y con sus mariachis de despilfarro y corrupción.

Con todo, lo más peligroso de estas argumentaciones no es la llamada a desenterrar el cadáver insepulto de la Política Industrial, que lejos de estar muerta lleva varios lustros de parranda a la salud del contribuyente. Deidre McCloskey, una de las mentes más brillantes del panorama económico actual, ha dedicado varios libros luminosos a demostrar cómo el verdadero origen de la riqueza de occidente no fue el "ascenso de la burguesía" sino el ascenso de la opinión que la gente tenía de la burguesía. Cuando la mayoría de la gente comenzó a acordar el mayor respeto social a inventores y comerciantes fue cuando se produjo la verdadera explosión de riqueza en la que todavía vivimos.

Y el Estado no tuvo nada que ver. Tampoco.

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