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Por qué los bancos se hunden en bolsa

Todo viene de que, pese al pozo sin fondo de los rescates con dinero público, los bancos europeos siguen descapitalizados a día de hoy.

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Sede del Deutsche Bank | Archivo

Hay una palabra en el Diccionario de la Academia que sirve para definir con precisión meridiana lo que de un tiempo a esta parte viene ocurriendo con la cotización de las acciones bancarias en todas las bolsas de Europa. Esa palabra es pánico. En los últimos doce meses, solo en los últimos doce meses, Deutsche Bank ha perdido el 63% de su valor bursátil; el otro gigante alemán, Commerzbank, el 51%; el italiano Monte dei Paschi, un 82%; Sanpaolo, un 45%; Unicredit, el 66%; Bank of Ireland, un 54%; el español Banco Popular, un 68%; Caixabank, el 45%. Y así todos.

Hay otra palabra en el Diccionario de la Academia que sirve para explicar esa extravagante situación, que los inversores huyan despavoridos de los títulos bancarios como de la peste después de que esos mismos bancos hubieran recibido una interminable lluvia de millones por parte de los generosos contribuyentes del continente, en concreto la muy sideral cifra de 661.000 millones de euros. Esa palabra, el lector ya lo habrá adivinado, es perplejidad. Si bien lo que hay tras esa estampida general, la que está llevando a que se evaporen en la más absoluta nada los valores del sistema financiero, es un extraño acrónimo que responde por coco, palabro que quiere significar capital contingente.

Los grande bancos europeos, uno detrás de otro, se están desfondando en los mercados a pasos acelerados porque los inversores sienten genuino terror ante la más mínima sombra de cocos en sus balances. Y resulta que los tales cocos son casi peor que los pokémones: andan por todas partes, hasta donde menos se les espera. Sin ir más lejos, solo los tres principales bancos de la Península Ibérica pusieron en circulación en su día, allá por 2013, bonos de ese tipo por un montante de más de 10.000 millones de euros. Esos cocos son lo más parecido a una bomba fétida que se ha inventado tras aquella otra suprema genialidad creativa, la de las preferentes. Todo viene de que, pese al pozo sin fondo de los rescates con dinero público, los bancos europeos siguen descapitalizados a día de hoy. Sus activos, simplemente, no valen lo que sus libros dicen que valen. Algo, por cierto, que puede comprobar cualquiera que esté pensando comprarse un piso y reciba esas ofertas de descuentos que muchas veces superan el 25% por parte de las inmobiliarias de las entidades de crédito.

Como el empedrado del Infierno, el origen de los cocos también estuvo lleno de buenas intenciones. La idea era crear un producto financiero que ayudase a recapitalizar los bancos al tiempo que ofreciera rentabilidades atractivas a los inversores. Quien comprase un coco, pues, dispondría de una alta rentabilidad garantizada… mientras las cosas le fueran bien al banco emisor. Pero si las cosas le dejasen de ir bien, el coco se convertiría de repente en una acción de ese mismo banco con problemas. Bonos de alta rentabilidad que, de la noche a la mañana y sin previo aviso, se transforman en acciones que no valen nada o casi nada. Si los bancos estuviesen ganando dinero, no habría problema. Pero, para ganar dinero, los bancos necesitan cobrar un tipo de interés que no sea cero. Y el BCE ha decidido que el tipo de interés en Europa sea precisamente ese, cero. Así las cosas, hay miles de millones invertidos en cocos que, gracias a Draghi, se van a convertir en miles de millones de acciones nuevas; acciones nuevas que, huelga decirlo, provocarán en el acto que pierdan valor las otras acciones ya existentes, las viejas. He ahí la razón de que todo el mundo se esté quitando de encima a toda prisa los títulos bancarios en previsión del inmenso alud de cocos reconvertidos que está a punto de caer. Otra vez, en fin, el día de la marmota financiera.                 

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