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El turismo, esa desgracia

El turismo representa para la economía española lo mismo que los yacimientos petrolíferos para los países subdesarrollados que los albergan en su subsuelo.

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Un socorrista, vigilando una playa de Málaga | Archivo

Aquí y ahora, el turismo representa para la economía española lo mismo que los yacimientos petrolíferos para los países subdesarrollados que los albergan en su subsuelo: una desgracia. Suena, lo sé, provocador. Pero tras la frase que encabeza este artículo no se esconde ningún afán pueril por epatar, sino una evidencia empírica, esto es medible y cuantificable, del carácter nocivo del sector turístico. Y es que, contra lo que pretende el lugar común, España no ha alcanzado sus niveles demenciales de paro a pesar del importante peso del turismo en su estructura productiva, sino precisamente gracias a él. Un fenómeno en extremo perverso, ese de la hipertrofia del turismo en nuestro país, que ofrece su ejemplo paradigmático en el caso de las Baleares. El monocultivo turístico de las Baleares, junto con Canarias el arquetipo regional más extremo de dependencia de esa actividad, es lo que explica lo imparable de su decadencia en el conjunto nacional. Miquel Puig, el economista más lúcido (y desaprovechado) con que contamos en España, estudió en su día, y a fondo, el efecto desolador del turismo en el devenir balear.

Gracias a su pertinaz especialización en el turismo, Baleares consiguió dejar de ser la primera comunidad española en términos de renta per capita para caer al séptimo puesto de la lista (ya la han superado el País Vasco, Navarra, Madrid, Cataluña, Aragón y la Rioja). Caída en picado, por cierto, que nada tiene que ver con la crisis por la sencilla razón que que se produjo antes de que empezase en 2008. Pero es que sus niveles de fracaso y abandono escolar resultan ser, junto con los de la también hiperturística Canarias, los peores de España con notable diferencia. Y luego está la gran, suprema paradoja: Baleares es, desde 1990, el territorio de la Unión Europea que más puestos de trabajo ha creado. Repito, el que más de toda la Unión Europea. Bien, pues a fecha de hoy su tasa de desempleo es del 16% (y eso que ha mejorado muchísimo en los dos últimos años). ¿Cómo demonios entender esa lacerante contradicción? Muy sencillo: por su dependencia del turismo. Exactamente igual que el resto de la costa mediterránea hispana, desde Gerona hasta Cádiz, Baleares ha seguido aferrándose en el XXI al viejo modelo de sueldos bajos que acompañó a aquel éxito espectacular del sector en la década de los sesenta y setenta del XX.

Pero con una pequeña diferencia: en los sesenta y en los setenta no había inmigrantes, ahora sí. Hoy y aquí, sueldos bajos asociados a escasa calificación es lo mismo que decir llegadas masivas de inmigrantes. Como el resto de la España de sol y playa, Baleares se empobrece más y más a medida que crece más y más su industria turística. Dicho de otro modo, más puestos de trabajo ya no significa más empleos para los autóctonos, sino más población en el censo. A más turismo, en fin, más salarios bajos que retribuirán, sobre todo, a inmigrantes. Multitud de empleos asociados a salarios bajos que, además, supondrán un coste cada vez mayor para los contribuyentes en la medida en que esos trabajadores obtendrán del Estado del Bienestar español muchísimo más de lo poco que aporten en impuestos para cooperar a sostenerlo. Por ese camino, que es el mismo por cierto que transita la ciudad de Barcelona, no se va a ninguna parte. Suena, sí, a provocación. Por desgracia, no lo es.   

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