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José García Domínguez

No ahorren (es un pésimo negocio)

También asistiremos atónitos al final de las libretas de ahorro. De hecho, estamos asistiendo ya.

José García Domínguez
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Mi generación, la de los que ya no cumpliremos los 50, ha vivido la experiencia única en la Historia de asistir en primera persona al derrumbe del comunismo con la caída del Muro y, pocos años después, al desplome del capitalismo con la caída de Lehman Brothers. En apenas un par de lustros, hemos visto arrastrarse por los suelos a dos sistemas cuyos respectivos devotos consideraban poco menos que sagrados, eternos e infalibles. En cuanto al régimen que aquí ha venido a sustituir al difunto capitalismo, su rasgo más notable, sin duda, es lo mucho que recuerda al país de Alicia, el de las maravillas. Así, sus valores resultan ser en apariencia los del añejo capitalismo, solo que invertidos. El ahorro, por ejemplo, virtud suprema de las familias cuando todavía existía en el mundo real la llamada economía de mercado, ha pasado, de la noche a la mañana, a constituir un estigma. En este nuevo régimen aún sin nombre, lo peor que puede hacer alguien con dos dedos de frente es ahorrar. Al punto de que nada hay más irracional y contraproducente desde el punto de vista económico que incurrir en eso, en el ahorro.

He ahí una de las muchas paradojas terminales que retratan a nuestra época: somos sociedades, las europeas, que envejecen a ritmo uniformemente acelerado, algo que nos obliga a ahorrar para el futuro inmediato; bien, pues la manera de preparar ese horizonte colectivo es… penalizar el ahorro con tipos de interés próximos a cero (cuando no abiertamente negativos) en todas partes. Por cierto, los tipos de interés negativos, la alucinatoria distopía de tener que pagar cada mes al banco para que le guarde a uno el dinero en su caja fuerte, es lo que en verdad hay tras propuestas como la de suprimir de la circulación los billetes de 500 euros o los estudios técnicos encaminados a eliminar el dinero físico. Se busca evitar que la gente pudiera atesorar liquidez en sus casas retirando los depósitos del sistema financiero. Porque lo que viene es algo para lo que las clases medias todavía no están psicológicamente preparadas: la eutanasia de los ahorradores. Y es que los cincuentones de hoy no solo habremos visto los respectivos ocasos del comunismo y el capitalismo, también asistiremos atónitos al final de las libretas de ahorro. De hecho, estamos asistiendo ya.

Ahora mismo, es sabido, un banco no paga nada, cero, a quien se presente en alguna de sus oficinas con un fajo de billetes bajo el brazo. Lo que no resulta tan sabido es que eso va a seguir siendo así durante un buen montón de lustros. Se acabó el premiar el ahorro con aquello que antes llamaban intereses. Simplemente, se acabó. No volverá a pasar. Y si algún día pasa nosotros ya no lo veremos, que para el caso viene siendo lo mismo. ¿Y por qué? Pues porque la unión monetaria europea, algo que beneficia sobre todo a Alemania, se ha revelado insostenible sin la unión fiscal europea, algo que perjudicaría sobre todo a Alemania. Alemania no quiere pagar transferencias fiscales a los países del Sur a cambio de seguir sacando provecho del euro con sus escandalosos superávits por cuenta corriente. Y, ya que Alemania se niega en redondo a pagar, la única manera de introducir la unión fiscal de matute, por debajo de la mesa, ha sido forzando que los ahorradores del Norte (y los pocos que aún quedaban en el Sur) subvencionen a los deudores del Sur por la vía de reducir a cero los tipos de interés que los unos ingresaban y los otros abonaban. Un truco como otro cualquiera para socializar las deudas entre los que tuvieron la prudencia de no contraerlas en su día. ¿Ahorrar hoy? Qué gran error.

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