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EDITORIAL

Las luces y sombras económicas de Trump

Su programa cuenta con medidas muy positivas y otras tantas muy negativas, de modo que resulta muy difícil saber el resultado de la nueva era Trump.

Una de las principales incógnitas que supone la victoria electoral de Donald Trump es la política económica que seguirá EEUU a partir de ahora. Siendo la principal potencia mundial, es evidente que cualquier error o acierto en materia económica tendrá consecuencias de uno u otro signo para el conjunto de la economía mundial, de ahí su importancia. Por el momento, las bolsas mundiales no han reaccionado del todo mal al inesperado triunfo del polémico candidato republicano a la Casa Blanca, si bien es cierto que la volatilidad y la incertidumbre se han elevado de forma muy sustancial a la espera de futuros acontecimientos, ya que el plan económico de Trump tiene tantas luces como sombras.

En primer lugar, cabe señalar que la economía estadounidense dista mucho de atravesar su mejor momento. EEUU crece y crea empleo desde hace años, superando con ello la histórica caída que supuso el pinchazo de la burbuja crediticia, pero, al mismo tiempo, registra una de las recuperaciones más lentas de las últimas décadas. Además, la Administración Obama ha elevado la carga fiscal y, sobre todo, las trabas burocráticas al desarrollo empresarial, y si el déficit público no se ha disparado es gracias, exclusivamente, al contrapeso que ha ejercido el Partido Republicano en las Cámaras para contener el gasto. Desde este punto de vista, se podría decir, por tanto, que EEUU crece a pesar de las políticas de Obama, no gracias a ellas.

Trump pretende cambiar buena parte de la senda económica que han impuesto los demócratas a lo largo de los últimos años, pero, lejos de resultar un programa coherente y beneficioso para el conjunto del país, cuenta con medidas muy positivas y otras tantas muy negativas, de modo que, hoy por hoy, resulta muy difícil saber cuál será, finalmente, la vía escogida y, por tanto, el resultado final de la nueva era Trump.

En el lado de los aciertos, cabe destacar, sin duda, la histórica rebaja fiscal que plantea tanto para las empresas como para las familias. La reducción del Impuesto sobre la Renta a tres tramos, con una rebaja del 35% para las clases medias, y, sobre todo, la bajada del Impuesto de Sociedades del 35% al 15%, junto a las rebajas previstas sobre las rentas del capital y los incentivos para la repatriación de beneficios empresariales constituyen una excelente noticia para la economía norteamericana. Pero no es la única.

A este atractivo cuadro fiscal se sumaría la eliminación del Obamacare, el polémico y desastroso programa sanitario que puso en marcha Obama, y cuyo principal resultado ha sido un encarecimiento muy sustancial de los seguros médicos, así como graves ineficiencias en el funcionamiento general del sistema. Su sustitución por cuentas de ahorro individuales para gastos médicos mediante cuantiosas deducciones fiscales también va en la dirección correcta, al igual que la liberalización y descentralización que pretende llevar a cabo en el sistema educativo. Asimismo, Trump se ha comprometido a reducir la burocracia y a simplificar la normativa existente, al tiempo que eliminará las trabas que lastran el desarrollo del sector energético, con el fracking como ariete.

El problema, sin embargo, es que estas medidas, siendo muy positivas, podrían quedar contrarrestadas por su intención de disparar la inversión pública o la guerra que le ha declarado Trump al libre comercio y a los trabajadores extranjeros. La combinación de keynesianismo en materia de gasto y anticuado proteccionismo comercial supone, por desgracia, una seria amenaza para el futuro económico de EEUU, ya que, en última instancia, siempre y cuando Trump cumpla las promesas lanzadas durante la campaña, podría acabar minando la solvencia financiera del Gobierno estadounidense y desatando una muy perjudicial guerra comercial, especialmente con China, que es hoy su principal acreedor internacional. Es de esperar que las sólidas instituciones norteamericanas y la visión más constructiva y liberal del Partido Republicano logren eliminar o, al menos, minimizar las medidas más nocivas que incluye el programa económico de Trump. Sería muy positivo para EEUU, pero también para la economía mundial.

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