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Los cuatro enterradores de la socialdemocracia

No somos todavía conscientes, pero estamos viviendo una revolución.

José García Domínguez
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Manuel Valls | EFE

La tan inesperada derrota de Manuel Valls en la fase inicial de las primarias del PSF augura lo peor para una corriente política, la socialdemocracia, que, igual en Francia que en el resto de Europa, vive instalada en una decadencia que comienza a dejar entrever visos terminales. Alguien, un novelista italiano si no recuerdo mal, sentenció a finales de los sesenta que la lucha final enfrentaría a comunistas y excomunistas, pero en las inminentes elecciones a la Presidencia de la República de Francia la batalla será entre la derecha civilizada y una extrema derecha cada día más xenófoba, crecida y asilvestrada. La izquierda, tal como van las cosas, ni está ni se la espera. Y ya resultaría, recuérdese, la segunda vez, esa que acostumbra, dicen, a ser la vencida. Por paradójico que se antoje, la crisis agónica del socialismo democrático ha dado en producirse justo cuando el capitalismo vuelve, como en los años treinta del siglo pasado, a revelar su rostro más amargo, injusto y socialmente ineficiente. De ahí que resulte tan contraintuitivo ese retroceso generalizado de los partidos socialdemócratas en todos los países de Occidente. ¿Cómo entenderlo? Branco Milanovíc, uno de esos contados economistas cultos (todavía queda alguno) capaces de relacionar saberes interdisciplinares, acaba de señalar con el dedo a cuatro grandes fuerzas que operan a la vez contra las posibilidades de supervivencia de la socialdemocracia en la hora presente.

Cuatro actores que no existían cuando, allá en la posguerra europea, los socialdemócratas construyeron –mano a mano con la democracia cristiana, conviene no olvidarlo– eso que, con el tiempo, ha acabado dando forma al estilo de vida europeo, el Estado del Bienestar. Cuatro enmiendas a la totalidad al programa socioeconómico clásico del socialismo democrático que, a decir de Milanovíc, responden por multiculturalismo, globalización, demografía y fin del taylorismo. La globalización, esto es, el creciente sometimiento de los Estados y sus legislaciones domésticas a la soberanía de los mercados transnacionales, establece dos imperativos insoslayables a la socialdemocracia. Por un lado, facilita que los capitales huyan de la fiscalidad progresiva a través de unas fronteras nacionales ahora permeables en grado sumo; por otro, estimula las grandes corrientes migratorias intercontinentales que, más pronto o más tarde, terminan colapsado el buen funcionamiento de los servicios públicos gratuitos asociados al Estado del Bienestar. Un colapso funcional y financiero que se ve agravado por el segundo de los factores en liza, esa demografía decadente, el envejecimiento acelerado, característica ubicua de Europa hoy, que está abocando a un callejón sin salida a los sistemas públicos de pensiones. Añádase, además, la debilidad intrínseca de los sindicatos en el tiempo presente, una debilidad provocada, más que por la hostilidad política hacia ellos, por la desaparición física del viejo paisaje de la era industrial.

Las cadenas de montaje que reunían a cientos, miles de obreros bajo un mismo techo, omnipresentes hace medio siglo, son pura arqueología. La decadencia de los sindicatos resulta indisociable de esa dispersión física de su clientela potencial, algo que dificulta en extremo su actividad. He dejado para el final el multiculturalismo porque a mi personal juicio es el más importante de los cuatro. Porque, contra lo que nos empuja a suponer el poso de la herencia intelectual marxista que sigue presente en el pensamiento político contemporáneo, los lazos de solidaridad y afinidad culturales y nacionales entre los seres humanos resultan ser mucho más profundos y poderosos que las afinidades que tiene su origen en la clase social. He ahí, sin ir más lejos, todos esos obreros blancos y pobres de la América profunda que acaban de votar en masa a Trump. No por casualidad el consenso colectivo en torno al Estado del Bienestar se fraguó en una Europa, la de los primeros años cincuenta, que todavía no había recibido el más mínimo impacto de la inmigración de mano de obra poco o nada cualificada de origen extracontinental. Frente a la explicación canónica de la propia izquierda, el tránsito hacia la insignificancia de los partidos socialdemócratas tiene mucho más que ver con la honda fractura cultural de su electorado tradicional, ahora escindido entre nacionales autóctonos y foráneos, que con la crisis económica. No somos todavía conscientes, pero estamos viviendo una revolución.

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