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Los estibadores son casta

Y como tal, utilizan al resto de los españoles como rehenes en sus conflictos laborales.

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EFE

Aunque los liberales fuéramos los primeros en hablar de casta, nuestro concepto de casta difiere muchísimo del que maneja la extrema izquierda. Los podemitas se llenaban la boca hablando de los de arriba y los de abajo; los primeros son los culpables de la crisis y de todos los demás males que aquejan a las almas inocentes y puras que son los segundos, que nunca han hecho ni harán nada mal, al menos si les votan a ellos. Populismo de manual, vamos.

Pero el concepto original de casta es bastante más sutil. La casta es quien se aprovecha de su posición de poder político o de influencia sobre éste para vivir a costa de los demás. No es, tampoco, lo que Acemoglu y Robinson han llamado "élites extractivas", porque para ser casta no tienes siquiera que ser élite. Un funcionario que ficha, se toca los mismísimos, sale a desayunar, luego a hacer la compra, luego al cigarrito y así sucesivamente hasta que le toca fichar de nuevo a la hora de la salida está viviendo a costa de los demás aunque su sueldo sea de 20.000 euros anuales. Y un empresario que hace su fortuna sirviendo a los consumidores, sin disfrutar de ningún trato de favor por parte de la Administración, ni recibir ayudas del fisco ni de los reguladores para eliminar a su competencia, no es casta. No es el dinero que ganamos, sino cómo lo ganamos.

Y, naturalmente, quienes se aprovechan de su peculiar posición en la cadena productiva para extraer privilegios que no se justifican por su productividad entran de lleno en esa definición. Se habla mucho de que el trabajador está en una posición de inferioridad frente al empresario como justificación de mucha regulación laboral y, por supuesto, del derecho de huelga. Pero si eso es cierto, ¿por qué no regular y poner restricciones legales a los trabajadores cuando son ellos quienes tienen la sartén por el mango? Sí, aquellos que usan la violencia para vivir de los demás, como los mineros. O que ganan mucho más de lo que ganarían en un mercado libre a costa de todos nosotros porque cuando hacen huelga pueden parar un país o una ciudad, y no sólo su empresa, como hacen controladores, maquinistas de metro o estibadores.

Si las empresas que operan en los puertos pudieran contratar a quien quisieran, obviamente los estibadores no cobrarían de media 70.000 euros al año, no trabajarían sólo tres cuartos de su jornada ni podrían decidir quién puede o no hacer ese trabajo. Y todo eso y mucho más se lo pagamos entre todos, con sobreprecios en los productos que compramos y que nos han llegado de fuera. Viven, sí, de su trabajo, pero en su mayor parte de todos los demás. Estos últimos días se pusieron en huelga encubierta porque no quieren aceptar que se rompa el monopolio del que disfrutan, y volverán a hacerlo si el Gobierno no dobla la cerviz. Los que dicen defender a los indefensos, naturalmente, se ponen de su parte, pese a que son unos trabajadores privilegiados que viven en parte del sudor de los demás, que no disfrutan de su capacidad de coacción sobre el resto de los españoles.

Los que se limitan a llamar "casta" a los banqueros y a los políticos que no son de los suyos, en realidad lo único que quieren es un quítate tú para ponerme yo. Pero algunos creemos que las castas, simplemente, no deberían existir. Sean las de políticos que se meten hasta en el más ínfimo detalle de nuestras vidas, las de empresarios que viven a costa del presupuesto y el regulador o las de liberados sindicales que si tuvieran que vivir de las cuotas de sus afiliados se morirían de hambre. Rajoy puede ser todo lo casta que ustedes quieran, sí. Pero los estibadores también.

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