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Amando de Miguel

Estibadores: la ley del silencio

Me atrevo a anticipar que, tanto en el conflicto de la estiba como en el de Cataluña, el Gobierno central no tendrá más remedio que intervenir.

Amando de Miguel
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Los buenos lectores recordarán con placer la película de Elia Kazan La ley del silencio, con Marlon Brando como magnífico protagonista del estibador rebelde. Los sociólogos han estudiado el caso de algunos sindicatos de diversos países particularmente irreductibles. Por ejemplo, tipógrafos, telegrafistas, ferroviarios, mineros, estibadores, controladores aéreos. Tienen de común unos turnos y horarios especiales, ciertos conocimientos especializados que no se aprenden en la enseñanza general, una interacción constante entre sus miembros. El resultado es el de unos sindicatos profesionales muy integrados, con una gran capacidad de negociación y salarios más altos que la media. Se llega, incluso, a la práctica de que algunos puestos laborales se transmiten por herencia o afinidad. Es natural que aparezcan en esos sindicatos rasgos que hoy llamaríamos mafiosos. Es decir, se impone un poder cuasi monopolístico para controlar la entrada de nuevos trabajadores y asegurar unas condiciones de trabajo bastante privilegiadas.

Así pues, lo que está pasando con los estibadores en España es algo previsible, de manual. No solo amenazan con la huelga, sino que se atreven a otras prácticas más cercanas a la violencia. Simplemente, las niegan. Es la ley del silencio.

De poco sirve que la Unión Europea decrete que en el trabajo de la estiba de los barcos debe instaurarse la libertad laboral y comercial como en el resto de las ramas productivas. El gremio de estibadores se opondrá a ello y estallará la violencia. También es curioso que este año celebremos (es un decir) el centenario de la huelga general en España, un hecho que llevó nada menos que a finiquitar la estabilidad del régimen de la Restauración. La huelga general empezó por los ferroviarios y fue extremadamente violenta. Ya sé que las circunstancias son ahora muy distintas. Sería estúpido pensar que fueran las mismas. Lo que importa es la persistencia de ciertas constantes. No es la menor la extraña coincidencia de que la inestabilidad laboral (por decirlo suavemente) se acompañe del fermento nacionalista en Cataluña. Podría ser por pura casualidad, pero ya sabemos que la Historia a veces se repite como farsa.

No sé cómo se llama el sindicato de estibadores en España, pero cavilo que se trata más bien de un grupo de presión de tipo mafioso. Su poder se agranda porque en el régimen político español la regla no escrita es que logran resonantes éxitos los conjuntos de cualquier tipo que se organizan bien y presionan a los Gobiernos. En el caso de los estibadores, se juega con la baza de que su labor resulta estratégica para que sobrevivan la industria y el comercio, cada vez más dependientes de las importaciones y exportaciones. Las cuales se realizan mayormente por mar. Retengamos el principio general de que el progreso económico de un país es directamente proporcional al peso de la suma de las importaciones y exportaciones. Bastaría con que los estibadores decidieran trabajar a reglamento (las horas y turnos convenidos) para que se paralizara la actividad económica. No digamos si encima practicaran actos de sabotaje. Ganarían los puertos de Lisboa y Oporto, pero no parece mucho consuelo. Lo que digo no es una suposición; ya está en marcha, solo que se ve favorecido por la ley del silencio. Simplemente, los estibadores niegan que trabajen a reglamento.

Al igual que en 1917, el río revuelto de las huelgas y otros ardides será aprovechado por los partidos de la izquierda. Hace un siglo se correspondió con el auge de los socialistas, dirigidos por el tipógrafo Pablo Iglesias. Ahora la ganancia de los pescadores corresponde a los podemitas, comandados por Pablo Manuel Iglesias, caudillo de la extrema izquierda populista. A ver si no hay elementos de farsa en todo ello.

Me atrevo a anticipar que, tanto en el conflicto de la estiba como en el de Cataluña, el Gobierno central no tendrá más remedio que intervenir. Será la ocasión de demostrar que el Estado se caracteriza por el monopolio de la fuerza legítima. De no hacerlo, habrá concluido definitivamente el régimen que llamamos de la Transición. La Historia continúa.

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