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José García Domínguez

La ‘conspiración’ contra el bolívar

Ya lo advirtió el gran Carlo M. Cipolla, siempre subestimamos el poder inmenso de la estupidez. Siempre.

José García Domínguez
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Ya lo advirtió el gran Carlo M. Cipolla, siempre subestimamos el poder inmenso de la estupidez. Siempre.
Imagen TV

No hay peor dictadura que la de la incompetencia. He ahí la tira cómica en que se ha convertido la política monetaria de Venezuela, país que, por cuarto año consecutivo, ha logrado el prodigio de alcanzar la mayor tasa de inflación del mundo entero (la estimación oficiosa es que se habría situado en un nivel del 799% a finales del diciembre pasado). Nada extraño si se repara en que el Gobierno ha incrementado la base monetaria (el número de billetes y monedas en circulación) en un delirante 125.000% desde 1999 hasta hoy. Eso significa que por cada billete de un bolívar que pasaba de mano en mano hace dieciocho años en el interior de Venezuela, se han ordenado imprimir otros 1.250 iguales. Una afición compulsiva a darle vueltas y más vueltas a la manivela de los papelitos, la compartida por el difunto y su sucesor Maduro, que no tendría por qué haber provocado necesariamente inflación. Pero que la creó, y al por mayor, al ser el propio Gobierno quien acabó utilizando todo ese papel concebido ex novo para pagar sus desembolsos. Hasta ahí, no obstante, el simple disparate. Porque el cómic llegaría algo después. De hecho, hizo su irrupción oficial en escena hace apenas cuatro meses. Pues fue a principios del noviembre pasado cuando, sin encomendarse ni a Dios ni al gobernador del Banco de Venezuela, que se enteró del asunto por la tele, Maduro compareció ante los focos y las cámaras para dar solemne el siguiente mensaje a la nación:

Compadre, te quedarás con tu almacén lleno de billetes de cien bolívares en Alemania. Queda sin efecto el billete de 100 bolívares.

¿Qué pasaba con los billetes de cien bolívares y por qué el Gobierno había decidido suprimirlos de la noche a la mañana, sin previo aviso? Pues pasaba que, a través de una tupida red de falsas ONG controladas directamente por la CIA y el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, varios miles de agentes confidenciales al servicio de intereses espurios habrían acaparado secretamente todos los billetes de cien bolívares en circulación para luego embarcarlos dentro de cajas selladas con destino a Ucrania, la República Checa, Polonia, Alemania y… España. O eso fue lo que explicó el ministro del Interior, Néstor Reverol, cuando la prensa inquirió sobre el asunto. Asunto que, desde el punto de vista puramente novelesco, procede reconocer que tendría bastante sentido. Pero, en tanto que artera conjura internacional para socavar los fundamentos de la economía venezolana, esa historia, ¡ay!, no tiene ni pies ni cabeza. ¿Para qué demonios querría la CIA atesorar billetes de cien bolívares en un sótano de Ucrania? ¿Para que la moneda de Venezuela ganase valor en los mercados de divisas al aumentar su cotización frente al dólar a causa de esa misteriosa disminución del número de billetes en circulación? Si Maduro y su ministro del Interior no fuesen un par de analfabetos económicos, comprenderían que la vía para dañar a Venezuela desde el exterior tendría que haber sido justo la contraria: introducir millones de bolívares falsos en el país para así provocar una hiperinflación galopante.

Pero, en fin, Maduro ya se sabe que no es precisamente un discípulo aventajado del Círculo de Viena. Así que mandó expropiar todos los billetes de cien bolívares y punto. Quien guardase algún billete de cien bolívares en el bolsillo dispondría de tres días para cambiarlo por un… ¡cheque al portador! Transcurridos esos tres días, el billete no valdría nada. Aunque eso fue el 11 de diciembre pasado. Porque apenas tres días después, el 14, el presidente cambió de idea. Tras recordar que la mitad de los habitantes del país no dispone de ninguna cuenta bancaria y solo maneja dinero líquido, Maduro concedió aplazar la vigencia legal de los billetes de cien bolívares durante otros cinco días más. No obstante, seguía constituyendo un arcano misterio la razón por la que podría existir alguien interesado en acaparar esos billetes de cien bolívares dentro de un colchón, sobre todo sabiendo que en ningún banco ni casa de cambios del mundo entero pagarían ni un céntimo por ellos. Y en esto llegó el 17 de diciembre, efeméride en la que Maduro volvió a cambiar de idea. Los billetes, manifestó, ampliarían su vida legal hasta el 2 de enero. Naturalmente, solo doce día más tarde, el 29 de diciembre, se enmendó a sí mismo. Esta vez el aplazamiento se ampliaría hasta el 20 de enero. Claro que el 15 de enero el mismo Maduro postergó la fecha hasta el 20 de febrero. ¿Adivina el lector lo que ocurrió el 19, la víspera del día de autos? ¡Bingo! Las siete vidas de los billetes de cien bolívares han sido conmutadas por enésima vez hasta el próximo 20 de marzo. Y por el camino, huelga decirlo, asaltos a sucursales bancarias, escenas de histeria entre los poseedores de esos trozos de papel que no saben cómo desprenderse de ellos (solo se cambian los billetes en dos únicas sucursales del Banco de Venezuela), detenciones masivas de manifestantes desquiciados por la incertidumbre de no saber qué pasará con su dinero… Ya lo advirtió el gran Carlo M. Cipolla, siempre subestimamos el poder inmenso de la estupidez. Siempre.

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