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¿Mélenchon vs Le Pen? Las consecuencias para la UE (y para España) del resultado más temido

La posibilidad de que extrema izquierda y extrema derecha lleguen a la segunda vuelta desata el pánico en los mercados en la última semana de campaña.

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Carteles electorales en Sedán, Francia. | EFE

Todo parecía tranquilo hasta hace unos días. Las encuestas pronosticaban que se iba a cumplir el guion previsto desde hace un par de años. La segunda vuelta de las presidenciales francesas sería Marine Le Pen vs otro. ¿Qué otro? Pues eso daba más o menos igual. La opción más probable era Emmanuel Macron. Si no, sería François Fillon. O incluso Benoît Hamon, el izquierdista candidato del Partido Socialista francés que quería recuperar el programa con el que François Hollande ganó hace cinco años y que la realidad le obligó a guardar en un cajón.

En realidad, ya desde hace dos años casi se daba por descontado que la líder ultraderechista sería uno de los dos candidatos más votados en la primera vuelta. Un varapalo para el establishment, pero nada que no tuviera solución, entre otras cosas porque todas las encuestas pronosticaban que perdería de paliza contra cualquiera de sus posibles contrincantes en la segunda vuelta.

Por eso, tampoco los mercados parecían muy inquietos. Al fin y al cabo, desde el punto de vista de los inversores, las empresas o los socios de Francia en la UE, tampoco hay tantas diferencias entre el programa de Macron o el de Fillon (o el que podría haber presentado Manuel Valls desde el PS). Sí, a unos puede que les guste más uno que otro, pero los fundamentos del sistema no cambiarían con uno u otro en el poder. Francia seguiría siendo uno de los países con una presión fiscal más elevada de Europa, más intervencionista y menos productivo. ¿Habría reformas? Pues algunas, pero nadie pensaba que el país se fuera a convertir en Suiza de un día para otro. En resumen, tranquilidad, circulen, aquí no ha pasado nada...

Ahora el nerviosismo se palpa en el ambiente. Las cosas empiezan a estar mucho menos claras. Las encuestas del pasado fin de semana apuntan a un empate técnico entre cuatro candidatos, todos alrededor del 20% en intención de voto: Emmanuel Macron, Marine Le Pen, François Fillon y Jean-Luc Mélenchon. Le Pen y Macron van por delante con un 22-23%, pero sus rivales se acercan. Además, hay un buen número de indecisos, aseguran los institutos de opinión, lo que hace todavía más complicado el pronóstico.

Hay seis combinaciones posibles para la segunda vuelta. En cuatro de ellas, no hay peligro, el vencedor sería el candidato continuista (en el mejor sentido del término) por un amplio margen:

  • Le Pen–Macron: los sondeos dicen que ganaría con facilidad Macron en segunda vuelta
  • Mélenchon–Macron: ganaría Macron con 15-20 puntos de diferencia
  • Le Pen–Fillon: gana Fillon, con menos margen que Macron, pero también con holgura
  • Fillon–Macron: en el choque entre centro-derecha y centro-izquierda, todo apunta a favor de Macron

Luego tenemos la opción de un enfrentamiento entre Fillon y Mélenchon. Es la menos probable, porque los dos están en tercer y cuarto lugar en las encuestas. También sería las más incierta. Porque no está nada claro a quién votarían los que hubieran apoyado a Le Pen, Macron y Hamon en la primera vuelta. Se da por sentado que Macron pediría el voto por Fillon, pero en el caso de los votantes del FN y el PS hay muchas más dudas.

Y luego está la bomba nuclear. Un Mélenchon vs Le Pen en segunda vuelta. Esto es lo que de verdad inquieta, en Francia, en la UE y casi podría decirse que en todo el mundo. Porque ese escenario, al menos si hacemos caso a sus programas, supondría un terremoto para la política europea que ríanse ustedes de la crisis griega. La prima de riesgo francesa, que se había estabilizado según se consolidaban las opciones de Macron, ha vuelto a dispararse en las últimas dos semanas. Todavía está por debajo de los 100 puntos, entre otras cosas porque lo más probable para la segunda vuelta sigue siendo un Le Pen-Macron. Pero llevamos dos años en los que las palabras elecciones-encuestas-probabilidades no acaban de encajar bien en ningún país.

Incertidumbre

Lo único que está claro en el caso de una victoria de Mélenchon o de Le Pen en la segunda vuelta es que no habría nada claro. Tanto el candidato de La France Insoumise (LFI) como la líder del Frente Nacional aseguran que van a cambiar su país de arriba abajo. Y no hablamos de las clásicas promesas electorales de crear empleo o disparar el crecimiento. Eso también, como todos los candidatos de todos los partidos (en Francia y en cualquier país).

Pero en estas elecciones, extrema izquierda y extrema derecha apuestan por ir más allá. Por una revolución institucional. Así, Le Pen comienza su programa con dos promesas muy claras: recuperar la soberanía perdida a manos de la UE, incluyendo un referéndum sobre la permanencia o no en el club europeo; y organizar otro referéndum para reformar la Constitución. Mélenchon va incluso más allá y abre su programa electoral con un apartado en el que pide una "asamblea constituyente" que dé paso a la Sexta República. Y por supuesto, también habla de renegociar los acuerdos con los socios comunitarios y, si Bruselas no se pliega a sus exigencias, asegura que se saldrá de la Unión Europea (y de la OTAN, igual que Le Pen).

¿En qué se quedaría todo esto? No está nada claro, en parte porque una cosa es ganar las presidenciales y otra reformar las instituciones de un país como Francia. No hay que olvidar que ni Le Pen ni Mélenchon tienen más del 20-22% de apoyos en primera vuelta, pero para gobernar y aplicar su programa de máximos necesitarían de una estructura política y un control del Parlamento del que carecen. Entre el 11 y el 18 de junio tendrá lugar la tercera vuelta de las presidenciales, las elecciones a la Asamblea Nacional (el equivalente al Congreso de los Diputados). Nadie anticipa una mayoría ni del FN ni de LFI, ni siquiera un resultado parecido al de sus líderes el próximo domingo. Es toda una incógnita qué podría ocurrir con un presidente con tan pocos apoyos parlamentarios.

Cuidado, algo similar le ocurre a Macron, un candidato sin un partido que tenga una estructura territorial e institucional sólida en toda Francia. Pero la sensación es que éste último podría gobernar con apoyos de los conservadores y los socialistas. Algo que es mucho más complicado de imaginar para Mélenchon o Le Pen, sobre todo si mantienen su órdago de ruptura constitucional.

Porque, además, lo que se intuye detrás de las propuestas de los dos extremistas es la intención de cambiar las reglas del juego a su favor usando la fachada del referéndum. Al igual que han hecho otros mandatarios radicales en Sudamérica, la idea es aprovechar el impulso de una victoria en las urnas (no importa cómo haya llegado ésta) para dinamitar las instituciones desde dentro y apuntalar su poder. Un referéndum es un arma muy peligrosa y muy querida por los políticos populistas, porque les permite manipularlo: ellos ponen las preguntas, las fechas, las reglas, las consecuencias que habría en caso de salir Sí o No, etc… También es cierto que el marco institucional francés no es el de la Venezuela prechavista. El ejemplo de Tsipras en Grecia es una buena señal: el referéndum con el que quería consolidarse le terminó debilitando, incluso aunque lo ganó.

Miedo en Bruselas

Pero lo que da miedo en Bruselas no tiene tanto que ver con las bravatas de Mélenchon o Le Pen respecto a la Constitución francesa. Lo peor es lo relacionado con la UE. Porque ahí sí se intuye que la apuesta de la extrema izquierda y la extrema derecha tendría más posibilidades de éxito. Y los dos prometen lo mismo a sus electores: plantear un chantaje a sus socios en unos términos muy claros, o les dan lo que quieren o rompen la Unión.

Así, Le Pen exige "restituir la soberanía del pueblo francés: monetaria, legislativa, territorial y económica". Y asegura que negociará con la UE un nuevo acuerdo de colaboración que será seguido de un referéndum para que el pueblo decida "la pertenencia de Francia a la Unión Europea".

Mélenchon plantea dos planes. El primero consiste en la "salida negociada" de los actuales tratados de la UE. Según sus palabras, se trataría de una "refundación democrática" de la UE (sometida a referéndum, por supuesto) que acabaría con las actuales reglas de funcionamiento del club, que el candidato de LFI considera injustas. Esto no supondría tanto una ruptura de la UE como un cambio completo en sus reglas de funcionamiento. Si sus socios no se pliegan a sus deseos, entonces entra en juego el Plan B: "La salida unilateral de Francia de los tratados europeos".

Visto así, parece evidente que tanto Le Pen como Mélenchon buscan una ruptura total con Bruselas, Alemania y el resto de los socios. También aquí su lenguaje tiene muchos puntos en común: dar la palabra al pueblo, referéndum, recuperar la soberanía perdida, imposición de fronteras para acabar con el mercado único, proteccionismo comercial, fin de los tratados de libre comercio… Hay muy pocas diferencias en este apartado en lo que piden una y otro. Eso sí, mirando con más detalle el programa las cosas no están tan claras.

Euro sí, euro no

El doble juego de Le Pen y Mélenchon se hace evidente cuando sale a la palestra el tema de la moneda única. En teoría, los dos quieren cargarse el euro y acusan al BCE y al austericidio dictaminado por Alemania de todos los males sufridos por la economía francesa. Pero en la práctica, el discurso se modera, entre otras cosas porque buena parte del electorado teme lo que ocurriría con sus ahorros en caso de ruptura de la moneda única y vuelta al franco francés.

Así, Mélenchon tiene siempre a mano su doble baza (Plan A–Plan B) que le permite negar que quiera romper el euro nada más llegar al poder y habla de dar la palabra al pueblo y de negociar con las instituciones comunitarias y sus socios. Además, ésta es una buena manera de contentar a todos: al votante socialista que no quiera lanzarse al abismo de la incertidumbre le dice que se cumplirá su Plan A (cambios en el funcionamiento de la UE sin tocar la unión ni la divisa); al extremista de izquierdas que quiera volver a la moneda francesa para imprimir sin restricciones se le pone por delante el Plan B, que dibuja una salida unilateral del país del euro en caso de desacuerdo con Bruselas.

El problema es que junto a estas exigencias, el líder de la extrema izquierda reclama otras que son incompatibles con las primeras. Porque buena parte del andamiaje económico de su programa se sostiene sobre dos puntos: en primer lugar, acabar con las reglas de déficit y deuda del Pacto de Estabilidad y Crecimiento; y a continuación, que el Banco Central (el europeo o el francés si vuelven al franco) financie sin tasa a los estados. De lo que se trataría es de que el resto de la UE pague o avale las milmillonarias promesas de incremento del gasto público que Mélenchon ha hecho en campaña. Si no, no salen las cuentas. Y como medida de presión, advierte a Alemania (bestia negra tanto del FN como de LFI): si no se pliega a lo que piden, romperán la Unión Europea y la moneda única. Suena a chantaje puro y duro.

También es cierto que el candidato comunista ha llegado a poner sobre la mesa incluso la posibilidad de impagar la deuda pública francesa. Pero también aquí se hace complicado imaginar cómo haría eso un país con un déficit como el que arrastra Francia. Sí, en teoría podría no cumplir con sus compromisos de pago; pero al día siguiente tendría los mercados financieros cerrados y a ningún otro país de la UE dispuesto a prestarle ni un céntimo. Así, el mismo Mélenchon que clama contra la austeridad tendría que aplicar de un día para otro el mayor plan de reducción de gasto que se recuerda... simplemente porque no tendría forma de financiar el déficit. La otra opción es que volviese a una moneda nacional que en esas condiciones de devaluaría respecto al euro en un ¿30-40-50%? Así sí podría mantener la ficción del gasto público, a cambio de destrozar los ahorros de los franceses y provocar un corralito y una quiebra bancaria generalizada. ¿Está pensando en eso Mélenchon?

Le Pen y el nuevo franco

Algo parecido hace Le Pen, que también aquí intenta jugar con dos barajas. Aunque en la propuesta 35 de su programa electoral, la líder del FN pide claramente "el restablecimiento de una moneda nacional" que ayude a la competitividad de las empresas y trabajadores franceses, lo cierto es que en las últimas semanas está moderando su postura al respecto. Incluso, en uno de los últimos debates televisados, cuando fue atacada por Fillon y Macron en este tema, no se atrevió a pedir directamente la salida del euro. Y es que el 72% de los franceses dicen estar a favor de mantener su actual moneda, un porcentaje que incluye a muchos de los votantes de Mélenchon o Le Pen.

En cualquier caso, Le Pen es algo más clara en este tema que su rival de extrema izquierda. Por ejemplo, en su última entrevista, publicada este lunes en Le Figaro, mantiene que su intención es abandonar la moneda única, asegura que es un lastre para la economía francesa y defiende que los países del sur de Europa se unirán a su proyecto contra la actual UE. Eso sí, al mismo tiempo deja la decisión en manos de los franceses, a los que asegura que consultará en un referéndum. Tampoco se esconde cuando dice que lo primero que hará una vez recupere su soberanía monetaria es obligar al Banco de Francia a que "financie directamente" al Tesoro galo para que éste pueda cubrir todas las promesas de su Gobierno.

Porque, además, lo que nunca explican ni uno ni otra es cómo convencerán a sus socios en la UE, sobre todo a su odiada Alemania, de que asuman las facturas que ellos firmen. El discurso de reabrir la negociación en Bruselas implica que haya alguien al otro lado que quiera sentarse a hablar. No parece que los electorados en Alemania, Holanda, Finlandia o Austria vayan a estar muy receptivos a nuevas peticiones de ayuda, más dinero o nuevas reglas de déficit sin contrapartidas ni control. Por eso los mercados temen a Mélenchon y Le Pen: no es sólo que sus propuestas anticapitalistas sean equivocadas, es que su postura en la UE anticipa un choque de trenes que sería muy complicado de evitar.

Si Grecia echa un órdago, la amenaza de la expulsión es fácil de poner sobre la mesa: la Eurozona podría solventar sin un coste excesivo la salida del país heleno. Pero también se puede optar por un cierto compromiso: al fin y al cabo, la UE se puede permitir subvencionar a Atenas para que siga gastando mientras la Comisión y el BCE miran para otro lado. No es el caso de Francia: si el país galo dice que no va a cumplir las normas y que se irá si se las quieren imponer… entonces habrá que dejarlo ir, aunque el coste de esa ruptura sea mucho más alto que con Grecia. Porque lo que es muy dudoso es que la Eurozona tenga capacidad para financiar o avalar a un Estado francés en quiebra.

Para España, el riesgo es triple. Francia es nuestro principal socio comercial. Además, buena parte de nuestras exportaciones al resto de la UE pasan por sus fronteras, con el riesgo que eso supone en un país que amenaza con volver a levantar muros comerciales, aranceles y aduanas. Por último, está el tema del déficit y la deuda. Nuestro país sigue teniendo el déficit público más elevado de la Eurozona tras Grecia. A pesar de la complacencia del Gobierno, lo cierto es que esa situación es estable mientras los mercados sigan tranquilos. Pero ante una eventualidad como la salida de Francia del euro nadie sabe qué podría pasar. Si vuelven los días de tensiones sobre la deuda soberana y las primas de riesgo se disparan, España estará, de nuevo, entre los que peor lo pasen.

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