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José García Domínguez

'Nihil novum sub sole'

Pese a disfrutar durante todo este tiempo de la ventaja de una divisa más débil, el déficit comercial del Reino Unido, lejos de disminuir, ha aumentado.

José García Domínguez
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Pese a disfrutar durante todo este tiempo de la ventaja de una divisa más débil, el déficit comercial del Reino Unido, lejos de disminuir, ha aumentado.

Todos los nuevos empleos netos creados por la economía del Reino Unido durante los doce meses del año 2016 fueron ocupados por ciudadanos extranjeros. Y todos significa todos. Dicho de otro modo: entre enero y diciembre de 2016, y según los datos oficiales publicados por el Ministerio de Trabajo de Su Majestad, el volumen absoluto de desempleados poseedores de la nacionalidad británica y residentes en el país permaneció estable. Esa simple constatación estadística acaso baste para comprender la visceralidad que la causa del Brexit alcanzó entre los muy amplios sectores locales de extracción popular que en su momento supo capitalizar el UKIP. Pero otra simple evidencia estadística, aunque esta en sentido contrario, tal vez serviría para descifrar las razones últimas del movimiento pendular que se acaba de producir entre el mismo electorado. Ocurre que la libra esterlina se ha depreciado un 15% desde que se conociera el resultado del referéndum. Algo, en principio, positivo. Y es que disponer de eso que llaman una divisa fuerte, como bien sabemos los españoles desde la implantación del euro, no deja de constituir una desgracia. Así, en teoría, la pérdida de valor de la libra tendría que haber beneficiado a las empresas exportadoras, haciendo sus productos más competitivos en los mercados exteriores. Siempre en teoría, la depreciación de la moneda tendría que haber contribuido a la mejora del saldo comercial del país, o sea a minorar la diferencia negativa entre el valor de lo que se vende en el extranjero y lo que se compra en ese mismo extranjero. Pero tal cosa, simplemente, no ha ocurrido.

Bien al contrario, y pese a disfrutar durante todo este tiempo de la ventaja de una divisa más débil, el déficit comercial del Reino Unido, lejos de disminuir, ha aumentado. Así las cosas, lo único que han constatado al respecto los habitantes de la isla tras el Brexit es que los productos de importación resultan mucho más caros que antes. Algo que, más pronto que tarde, acabará empujando la inflación al alza. O sea, que van a ser todos más pobres y por partida doble. Mal asunto, sin duda. Aunque no evidente. Porque alguna explicación racional tiene que haber al hecho de que las exportaciones de Alemania y China, por citar los dos ejemplos más notorios, se beneficien de manipular a la baja el tipo de cambio de sus respectivas monedas, el euro y el renminbi, mientras que a los británicos les ocurre lo contrario cuando, a pesar de su voluntad, acontece lo mismo. Explicación que sí existe y que se llama productividad. Porque a los británicos, si bien por razones muy distintas, les ocurre lo mismo que a España: la productividad de su economía también anda arrastrándose por los suelos. De ahí que la depreciación de la libra no les ayude a aumentar sus exportaciones. Aquí, como es de sobra sabido, la productividad real (no la aparente) yace estancada porque desmantelamos nuestra industria nacional para especializarnos en el turismo de masas y los servicios de bajo valor añadido. Pero el caso británico obedece a razones diferentes. Por uno de esos sarcasmos a los que tan aficionada es la Historia, lo que ahora mismo sucede con la economía del Reino Unido se parece mucho a lo que ocurría en tiempos del socialismo autogestionario en la Yugoslavia de Tito.

Es poco conocido que la principal causa del colapso de la economía yugoslava fue la libertad. Pues, a diferencia de lo que ocurría en los países comunistas ortodoxos, todos regidos por el principio de la planificación central, en la Yugoslavia autogestionaria las empresas eran libres para decidir cuál debía ser el destino de los beneficios anuales. O ser destinados a nuevas inversiones para mejorar la capacidad productiva futura de las plantas industriales. O ser repartidos entre la plantilla y los directivos de la empresa para mejorar sus sueldos. Huelga decir lo que ocurría por norma en todas las empresas del país cada vez que una junta general de obreros-accionistas tenía de decidir al respecto. Con los años, como no podía ser de otro modo, el resultado fue la absoluta obsolescencia técnica de la totalidad de la maquinaria empleada en su industria. ¿Y eso qué tiene que ver con la Inglaterra del siglo XXI? Pues mucho. Al punto de que el PIB real per capita en el Reino Unido apenas ha crecido un miserable 2% a lo largo de los últimos diez años. Su economía está petrificada. Y eso ocurre porque, al modo del herético comunismo de los Balcanes, en las grandes empresas anglosajonas de las finanzas y de la tecnología, las que nunca dejaron de obtener ganancias durante la crisis, se ha impuesto el principio de maximizar el valor para el accionista. A los gestores se les retribuye en función de los incrementos que consiguen aportar al valor bursátil de la acción a corto plazo, las famosas stock options. En cuanto a los beneficios, esos mismos gestores procuran destinarlos a recomprar títulos de la propia sociedad en los mercados de valores para así aumentar la cotización bursátil de la acción. El resto se distribuye entre los accionistas. En el fondo, lo de la Yugoslavia de Tito, pero con más glamour. De ahí que tampoco las consecuencias resulten ahora tan distintas: pérdida de competitividad internacional del país por insuficiencia de genuinas inversiones productivas en su estructura empresarial. Nihil novum sub sole.

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