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Sesenta años del inicio del milagro económico español: del subdesarrollo a la clase media occidental

Los tecnócratas liberalizaron una economía cerrada e intervenida, que se disparó como nunca antes en la década de los 60. ¿Cuáles fueron las claves?

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Turistas americanos, durante un viaje organizado a España, en la década de 1950. | Cordon Press

Cristóbal Montoro: "España tiene la mejor oportunidad de crecimiento económico de su historia"

El ministro de Hacienda estaba muy optimista esta semana cuando hizo estas declaraciones en el debate sobre el techo de gasto. Le va en el cargo. ¿Qué va a decir un miembro del Gobierno desde la tribuna del Congreso? Además, tiene argumentos para ello. Nuestro país ha sufrido una grave crisis que nadie habría querido pasar, pero a cambio sale con algunas fortalezas relevantes que le ponen en situación de ventaja frente a muchos de sus rivales.

La economía española sigue teniendo algunos problemas pero en la relación entre productividad y costes estamos mejor de lo que pensamos, sobre todo si nos comparamos con Alemania, Francia, Italia o Portugal (que son nuestro rivales reales y no tanto China o Brasil). No es que las empresas españolas sean más productivas que las alemanas, pero si eres un 30-40% más barato y sólo pierdes un 15-20% en términos de producción/hora, puedes competir con ventaja. Pues bien, no son pocos los expertos que creen que ésa es exactamente nuestra situación en la actualidad, lo que nos abre la puerta para una posible década de crecimiento y creación de empleo. No es que esto sea seguro o no pueda descarrilar el tren si las cosas se hacen mal. Pero el punto de partida no es nada malo.

Lo que no está tan claro es que vaya a ser "la mejor oportunidad" de nuestra historia. Para eso el salto debería ser excepcional. Porque España ha tenido varios momentos de crecimiento muy pronunciado. En el siguiente cuadro, del libro España en la economía mundial, de Jordi Maluquer, se recogen los episodios más destacados:

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En todos los períodos, el crecimiento es muy importante, mucho más elevado del que disfrutamos ahora mismo. De hecho, recordemos que el año pasado el PIB español se disparó un 3,2% y ya se consideró una tasa complicada de mantener para una economía rica. Imagínense lo que supuso el 7,73% de media del período 1959-1973 y el 6,59% si se mide en términos per cápita. Parece imposible que ahora lleguemos a esas cifras. Probablemente, ni siquiera Montoro lo crea. También es cierto que cuanto más rico eres más complicado es mantener una tasa de crecimiento por encima del 4-5%. No hay demasiados países desarrollados que lo hayan conseguido de forma sostenida.

El milagro

En realidad, lo ocurrido entre aquel 1959, marcado por el famoso Plan de Estabilización, y 1973 fue tan excepcional que se conoce como el "milagro económico español". Y viendo las cifras el titular no parece exagerado. Pocos países han disfrutado de un período tan prolongado de crecimientos tan elevados. Fuimos la China de los años 60: un país autoritario que abre su economía al mundo, desde una posición de partida muy mala y que consigue sumarse al tren de la modernidad. Con dos matices: España partía de una situación un poco mejor que la china. Digamos que cuanto más pobre sea uno, más fácil es conseguir un crecimiento pronunciado, porque hay más margen de mejor. En realidad, como veremos luego, sólo unos pocos casos (quizás Irlanda en los años 80-90 y Corea en los 70-80) son comparables al español. Y éste no fue un proceso que se agotara en 1973. Como explicábamos hace unas semanas en Libre Mercado, el tan menospreciado "régimen del 78" ha mantenido la senda ascendente: se mire como se mire, el último medio siglo de la economía española es una historia de éxito.

En ocasiones se dice que en 1950-60 España estaba más cerca de Marruecos que de Francia. Es algo exagerado, pero refleja una realidad evidente: nuestro país estaba muy lejos de los países más ricos de Europa. Y no era sólo una cuestión de renta per cápita, que también. En los primeros años 50 todo el continente se estaba recuperando de los estragos de la Segunda Guerra Mundial; en nuestro caso, de la Guerra Civil y de una posguerra que parecía eterna. La diferencia estaba en la forma de enfrentarse a aquella realidad.

Las nuevas democracias alemanas, francesas o italianas, con la tutela más o menos directa de EEUU, intentaban recuperar el tiempo perdido en el terreno económico y volver, en lo posible, a la situación de preguerra. Y no hablamos sólo de la Segunda Guerra Mundial, casi podríamos irnos a 1914, cuando la primera globalización había generado un nivel de integración que la economía mundial no volvería a recuperar hasta la caída de la URSS. Propiedad privada, comercio internacional, un sistema monetario más o menos estable salido de Bretton Woods, instituciones sólidas, respecto a los contratos, impulso de la empresarialidad... En resumen, capitalismo, en algunos casos más intervencionista y en otros menos... pero capitalismo al fin y al cabo. No era algo que viniera dado: muchos pensaron tras la Guerra que el sistema comunista se impondría y que, incluso los países occidentales, necesitarían de un intervencionismo constante para recuperar el pulso económico. En Alemania, por ejemplo, las reformas de Ludwig Erhard (moneda sólida, control de la inflación, liberalización de precios, eliminación de la planificación y el racionamiento...) fueron contestadas en sus primeros meses de aplicación, hasta que sus resultados fueron tan evidentes que no hubo más remedio que rendirse ante ellos.

En España, en 1950 se llevaban ya once años con esas mismas recetas fracasadas. Y la economía no despegaba. El franquismo había salido de la Guerra Civil con un programa económico inclasificable, una mezcla de peronismo, falangismo y mercantilismo que se traducía en autarquía, controles de precios, emisión de moneda para intentar impulsar el consumo, rigidez absoluta en las relaciones económicas, desconfianza absoluta en el empresariado local... ¿El resultado? La renta per cápita (en euros de 2010) había pasado de 3.148 euros en 1939 a 3.490 euros en 1950. Apenas un 10% de incremento en una década (menos de un 1% al año) en la que habíamos salido de una Guerra Civil y en la que fuimos un país no beligerante en un contexto de Guerra Mundial (en teoría podía haber favorecido nuestras exportaciones). El balance era pobrísimo, como cualquier que viviera aquellos años podrá recordar. De hecho, el país no recuperaría la renta per cápita de 1929 hasta 1955 (salvo que se diga lo contrario, todas las cifras de este artículo están sacadas del referido estudio de Jordi Maluquer).

El dilema

En ocasiones parece que la historia viene dada por las circunstancias. Que lo ocurrido con un país era lo único que le podía pasar. Pero no es así. España es un claro ejemplo. En 1950, teníamos por delante un dilema: ¿Argentina o Francia-Alemania? Peronismo o capitalismo. No estaba nada claro que fuéramos a escoger la segunda opción. En aquel año, el nuestro era un país en el que el discurso oficial aseguraba que la culpa de todo era del extranjero, que despreciaba a la nación española con un odio que venía de siglos atrás. Con una bajísima productividad, con un tejido industrial que no merecía ese nombre. Y con un elevadísimo déficit comercial que no se compensaba por la inversión exterior, una inflación creciente y con riesgo de irse fuera de control, desequilibrios en el presupuesto (y no había más porque nadie nos prestaba)…

Tampoco hay que ponerlo todo en negro. A cambio, la economía española tenía ciertas fortalezas: una clase media no muy numerosa pero bien preparada, cercanía a algunos de los mercados más pujantes del momento, bajos costes, situación geográfica (sobre todo para el turismo, pero también como posible centro manufacturero para determinadas industrias europeas...), una inmigración exterior que comenzaba a enviar remesas...

Y en ese punto, el régimen, que había comenzado una timidísima apertura a comienzos de los 50, eligió Francia-Alemania. Aunque casi siempre se habla de 1959, en realidad el momento clave llegó algo antes, entre 1956 y 1957, hace ahora 60 años, cuando Laureano López Rodó, Alberto Ullastres y Mariano Navarro Rubio entraron en el Gobierno. Son los famosos tecnócratas del Opus Dei. Su apuesta por la liberalización no fue bien entendida en muchos sectores del franquismo más falangista. Y tampoco fue fácil mantenerla, porque el shock sobre aquella economía ultraintervenida fue importante: entre 1958 y 1959 el país sufrió una recesión (la lógica en estos momentos de reforma) que generó tensiones en el régimen.

Todas las medidas aprobadas provocaron reacciones en contra, entre otras cosas porque significaban que el Gobierno perdía el control sobre buena parte de la economía: se acababan los controles de precios, se estabilizaba el valor de la peseta, se reducían los aranceles y se impulsaba la inversión extranjera, subían los tipos de interés, se estabilizaban los salarios (que llevaban unos años subiendo para intentar acompasarse con la inflación), se controlaba el gasto público y se ponían límites a la emisión de deuda... Liberalización económica, apertura comercial, integración en los mercados internacionales, atracción de turismo e inversión extranjera: otra vez, como en Francia y Alemania, capitalismo (aquí faltaba la pata de liberalización política, que tardaría todavía unos años en llegar).

Los resultados

Quizás ni siquiera sus impulsores se imaginaban los resultados que traerían aquellos planes (al de 1959 le siguieron los Planes de Desarrollo de la década de los 60). Pero ningún otro país del mundo igualó el crecimiento económico español en aquellos años. En los siguientes dos cuadros se recogen las cifras del PIB per cápita en España, Italia, Francia y Portugal, así como el crecimiento de este indicador desde 1950.

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Fueron años buenos para todos, pero para España la década de los sesenta, en el terreno económico, fue mágica. Como apuntábamos al comienzo del artículo, hay pocos casos comparables. Irlanda y Corea, dos países similares en algunos aspectos a España, podrían ser buenos ejemplos. De hecho, el tigre celta es un modelo en el que muchos otros países podrían fijarse. Porque pasó por las mismas etapas de modernización que España en los años 60 y 70... pero dio un paso más allá. En 1980, el PIB per cápita irlandés era algo más bajo que el nuestro. En 1990 nos manteníamos a la par. A partir de ahí, incluso aunque España mantuvo una senda ascendente, nuestros caminos se separaron.

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En 2016, según los datos del Banco Mundial, el PIB per cápita del país celta ascendía a más de 66.000 dólares per cápita frente a los 31.500 de España. Hablamos de un país que tuvo que ser rescatado y se enfrentó a una recesión entre 2010 y 2011 todavía más pronunciada que la española. Pero ya entonces su economía era mucho más sólida, lo que le permitió salir de las dificultades a una velocidad envidiable. Y ¿qué es lo que ha hecho Irlanda desde 1990? Pues un Plan de Estabilización 2.0: atracción de empresas, más libertad económica, integración en los mercados mundiales, economía flexible... De acuerdo al Índice de Libertad Económica de la Fundación Heritage y The Wall Street Journal, Irlanda es la octava economía con más libertad del mundo, segunda en Europa tras Suiza y primera en la UE.

Como a finales de los años 50, España está ahora ante una disyuntiva. Las opciones ya no son Francia o Argentina (aunque cuidado, viendo algunos programas electorales esa última alternativa no es descartable). Más bien parece que hay que elegir entre Francia (altos impuestos, muy intervencionista, gasto público por encima del 50% del PIB) o esa Irlanda que sigue atrayendo empleo e inversiones (y está por ver qué pasa tras el Brexit). A finales de los años 50, unos economistas hasta entonces en segunda fila, influenciados en parte por las lecturas de los liberales clásicos y de los escolásticos españoles de la Escuela de Salamanca, tomaron la elección correcta. No era fácil. Pero lo lograron.

En Libre Mercado

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