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Suecia cumple una década sin Impuesto de Sucesiones

En 1983, llegó a aplicar un tipo del 70% en el Impuesto de Sucesiones y Donaciones, pero lo acabó eliminando en 2007.

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Suecia cumple 10 años sin Sucesiones | Wikipedia

Se cumple una década desde que Suecia eliminó el Impuesto de Sucesiones y Donaciones. La decisión de abolir el controvertido gravamen llegó con el mayor consenso posible, ya que todos los grupos parlamentarios con representación en el Riksdag dieron su "OK" a la decisión de derogar este tributo. Pero, ¿cómo llegó Suecia a este punto? ¿Qué lecciones podemos aprender en España de aquella experiencia?

El empresario Anders Ydstedt y la periodista Amanda Wollstad han estudiado esta cuestión en profundidad. Según explican, el Impuesto de Sucesiones y Donaciones aparece por primera vez en la Suecia del siglo XVII, aunque su forma moderna fue configurada en 1895, a las puertas del siglo XX. Inicialmente, la norma abarcaba solamente las sucesiones, pero en 1915 se introdujeron también las donaciones.

Los tipos iniciales iban del 1,5 al 3 por ciento. Pronto empezaron las revisiones al alza. En 1911 se alcanzó la barrera del 4 por ciento, en 1918 se llegó al 8 por ciento y en 1933 se aprobó un tramo superior del 20 por ciento. El año 1933 también estuvo marcado por la creación del Impuesto de Patrimonio, otro recargo más aplicado a la riqueza de los hogares. El modelo sueco se volvió aún más complicado en la década que va de 1948 a 1959, cuando se añadió una tasa a la riqueza que terminó siendo abolida. Pero el viejo Impuesto de Sucesiones y Donaciones siguió en pie y, de hecho, fue revisado al alza hasta que, en 1983, se subió el tipo superior hasta alcanzar el 70 por ciento, un nivel récord.

Pero la corriente crítica con el impuesto a la muerte fue creciendo en los años siguientes. En 1987, el tipo máximo bajó al 60 por ciento. En 1992, el recordado gobierno de centro-derecha de Carl Bildt, responsable de numerosas reformas liberales, recortó a la mitad la tasa máxima aplicada, que ahora pasó al 30 por ciento. Desde entonces no hubo más modificaciones… Hasta la abolición definitiva, decretada en 2007.

El caso de los Kistner

Un episodio especialmente significativo para la eliminación de este tributo fue el del fallecimiento de Sally Kistner, la viuda del presidente de la farmacéutica Astra, compañía que luego se fusionaría con la inglesa Zeneca para crear el conglomerado AstraZeneca. El grueso de la fortuna de Sally Kistner estaba invertido en su empresa, de manera que sus herederos se dispusieron a vender una parte significativa de sus acciones para hacer frente al oneroso pago que exigía el Impuesto de Sucesiones y Donaciones.

El valor de la empresa se desplomó en bolsa, ya que los accionistas anticipaban esa venta masiva de participaciones por parte de la familia Kistner. Además, los herederos se vieron obligados a pagar también el impuesto al ahorro derivado de la venta de las acciones, así como un tipo máximo del Impuesto sobre la Renta que rondaba el 60 por ciento. Semejante combinación de impuestos terminó arruinando a los Kistner, que no solo se quedaron sin un céntimo de su herencia, sino que además se vieron obligados a declararse en quiebra.

Casos como el de los Kistner generaron fuertes críticas y abonaron el terreno para acabar con el Impuesto de Sucesiones y Donaciones. De hecho, los medios de comunicación se hicieron eco de numerosos casos de empresas familiares cuya transmisión de generación en generación se convertía en un infierno a raíz de las draconianas exigencias del fisco. No hablamos de una cuestión menor: al menos 200.000 trabajadores y 50.000 empresas habrían sufrido un golpe considerable si no hubiese eliminado este tributo.

Además, cada vez más contribuyentes de gran patrimonio alzaron la voz frente a los excesos del sistema tributario sueco. Es el caso de algunas de las familias más ricas del país escandinavo (los Wallenberg, los Johnson o los Söderberg), así como de Ruben Rausing, creador de Tetra Pak, Ingvar Kamprad, fundador de IKEA, o Fredrik Lundberg, magnate industrial. El éxodo de muchos de estos contribuyentes a países de fiscalidad más reducida generó un intenso debate sobre la necesidad de abandonar el viejo modelo tributario instaurado en los años más radicales del Partido Socialdemócrata.

Un factor que también tuvo peso a la hora de acabar con este gravamen fue su reducido peso recaudatorio. Ya que el Impuesto de Sucesiones y Donaciones apenas generaba el 0,2 por ciento de los ingresos fiscales de las Administraciones suecas, su eliminación no tuvo ningún impacto sobre las cuentas. Se repetía, por tanto, la situación que hoy vemos en España: poca recaudación agregada pero enorme daño a las familias golpeadas anualmente por este tributo.

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