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Las cuentas reales de la secesión: dejar España, mucho más costoso que salir de la UE

El 60% de la caída del PIB catalán en caso de una hipotética independencia se debería a la pérdida del mercado español. Y el 40% a su salida de la UE.

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Las cuentas reales de la secesión: dejar España, mucho más costoso que salir de la UE
Imagen de la Plaza de Sant Jaume, el pasado viernes, tras la declaración de independencia del Parlamento catalán. | EFE

A pesar de todos los mensajes de los líderes internacionales. Del rechazo unánime de gobiernos y cancillerías. De no tener más que un par de tuit equívocos de políticos de segunda fila con los que consolarse. De la claridad con la que Jean-Claude Juncker, Antonio Tajani y el resto de líderes europeos se han pronunciado en las últimas semanas. Pues bien, a pesar de todo esto: Carles Puigdemont mantiene el mismo decorado en casi todas sus declaraciones: bandera catalana junto a la de la UE. Y mantiene también el mismo discurso: tras la independencia, Cataluña cumplirá los tratados firmados por España y seguirá siendo parte del club europeo (o se reincorporará al mismo de forma inmediata).

El debate sobre Europa ha sido central en el procés secesionista. Desde Madrid y Bruselas se asegura que no hay ninguna posibilidad de que una región que se independiza siga formando parte de la UE. Pero en Cataluña el discurso es otro. El nacionalismo defiende que no es cierto, que esto es simplemente fruto de la presión política española, que a nadie le interesa que el nuevo país esté fuera de la UE y que si se consuma la secesión, durante el período transitorio se negociará también el encaje dentro de la Unión.

Y es cierto que éste es un tema capital. Muchos simpatizantes nacionalistas, incluso independentistas, cambiarían de opinión si supieran que es 100% seguro que la UE les expulsaría y el nuevo país quedaría en el limbo en el que se encuentran Kosovo, Osetia o Abjasia. Por eso los políticos nacionalistas (y sus medios afines) están tan obsesionados con mantener la ficción: "Por muchas declaraciones oficiales que hagan…", vienen a decir, "cuando nos independicemos, la UE nos dejará volver a entrar".

Pero, cuidado, tras este debate se oculta también una trampa en la que, de una forma u otra, han caído muchos políticos, empresarios y analistas del resto de España. Porque a veces pareciera como si lo único importante tras la independencia sea la permanencia o no en la UE. Y no es así. Desde un punto de vista político o social, la ruptura con el resto de España sería mucho más traumática. De hecho, sobre-apostar a la carta de Bruselas es peligroso y dañino para el discurso de fondo: sí, es importante lo de la UE, pero mucho más es destacar todas las cosas positivas que ha traído el proyecto común español a Cataluña. Esto es algo que los líderes nacionales no deberían olvidar: lo mejor que puede ofrecer España no es su permanencia en la UE, sino todo lo logrado en los últimos siglos. En los últimos cincuenta años, existen pocos casos de éxito como el de nuestro país.

Como decimos, esto es cierto desde un punto de vista social (romper los lazos que unen a los españoles desde hace siglos tendría efectos desastrosos). Pero también económico. Como hemos apuntado en las últimas semanas, la secesión sería muy negativa para la economía catalana. Y sí, algunas de las consecuencias se derivarían de su salida de la UE y la imposición de aranceles y restricciones comerciales. Pero no sólo. Según los cálculos de Convivencia Cívica Catalana, de cada 100 euros que perdería la economía catalana tras la independencia, 60 se deberían al efecto de la separación del resto de España y 40 a su salida de la UE. O lo que es lo mismo: incluso aunque se cumpliera la ensoñación nacionalista que dice que la UE al final no expulsaría de su seno a la nueva República… incluso en ese caso (muy poco probable, por no decir imposible), el palo a su economía sería brutal.

Las cifras

Desde hace unos años, tras la crisis, las exportaciones catalanas al resto del mundo superan a las ventas al resto de España. El nacionalismo ha celebrado este hecho como si fuera una suerte de pre-independencia económica. En realidad, lo llamativo es que en una región como Cataluña, exportadora, industrial y fronteriza con Francia (y a través del país galo con el resto de la UE), este fenómeno haya tardado más de veinte años en producirse (teniendo en cuenta que España entró en la CEE en 1986). Y no es casualidad que haya sido así. La interrelación entre esta región y el resto de España es muy superior a la que existe entre otras regiones europeas exportadoras y su mercado interno.

En 2014, último ejercicio para el que existen datos definitivos tanto de exportaciones como de ventas inter-regionales (los de 2015 y 2016 son estimaciones) las empresas catalanas exportaron más de 60.000 millones de euros, lo que supuso un récord histórico. Al igual que han hecho las compañías del resto de España, la crisis ha obligado a cientos de empresarios catalanes a mirar al mercado exterior. Mientras tanto, las ventas al resto de España, según los datos de C-Intereg ascendieron a 39.342 millones de euros. Con estas cifras, la cuenta es sencilla: más o menos el 60% de las ventas catalanas al exterior van al extranjero y el 40% restante se distribuye entre las otras 16 comunidades autónomas.

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Si se desagrega por destinos y tomamos cada autonomía como si fuera un país extranjero, tenemos el reparto que muestra el siguiente cuadro, con Aragón encabezando la tabla seguido de Francia y Alemania, con Valencia, Italia y Madrid completando el top 6.

Hasta aquí hablamos siempre de comercio de bienes. Y si ya es complicado medir este comercio entre regiones (en las exportaciones queda registrada una documentación que en el comercio dentro de un mismo país no siempre se tiene) aún más complicado es cuando hablamos de servicios. Convivencia Cívica Catalana (CCC) hizo un cálculo aproximado para el año 2011 tomando las series de input-output (esta estadística es una de las más complejas y de las que ofrece sus datos con más retraso) y para ese año, sumando los servicios, todavía eran un poco más elevadas las ventas al resto de España que al extranjero. Es decir, que en el conjunto de la economía catalana (bienes y servicios) aproximadamente el 50% de lo que se dirige al exterior va al resto de España y el 50% a otros países.

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Y no es sólo una cuestión de datos absolutos. Es que además, como explica CCC, según "el análisis de la tabla input-output generada por la propia Generalidad catalana, cada euro vendido al resto de España produce para la economía catalana, por término medio, un 6% más de puestos de trabajo, un 7% más de beneficios empresariales y un 18% más de impuestos generados". Así, el resultado total es el que puede verse en el siguiente cuadro: la independencia generaría una pérdida superior a los 42.000 millones de euros, de los que 25.500 millones serían consecuencia de la separación del resto de España y 16.500 de la salida de la UE.

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Los supuestos sobre los que se basan estos cálculos de CCC parecen bastante realistas:

  • En lo que hace referencia al coste de la separación de España, "asumimos una caída media en cuatro años de las ventas catalanas al resto de España del 50%, es decir, en el punto medio del intervalo entre el 33% y el 66% que ha sido estadísticamente verificado a nivel internacional en casos de secesión. Se trata de una estimación conservadora ya que en los casos reales de separación que han tenido lugar en Europa en los últimos 25 años la caída de las ventas de las empresas del territorio separado ha sido, tal como hemos visto, en un porcentaje superior al 50%, oscilando éste entre el 55% y el 65%".
  • En los costes asociados a la salida de la UE, el presupuesto inicial es que "las exportaciones de las empresas catalanas a la Unión Europea (también al resto de España, evidentemente) quedarían gravadas con un arancel correspondiente al arancel medio europeo que se aplica a las entradas de productos en los países de la Unión Europea y que en la actualidad asciende al 1.6% sobre el valor de la mercancía importada por los países de la Unión. Asimismo la salida de Cataluña de la Unión Europea comportaría que las exportaciones de Cataluña a la Unión Europea pasarían a estar sometidas a los costes de transacción y aduanas habituales (costes NTB4 ) y que han sido valorados por la OCDE para los países desarrollados en un valor medio del 8.5% ad valorem. Asumimos que la aplicación de los aranceles y costes mencionados a los productos catalanes se trasladarían como es normal a un aumento de su precio. Para calcular la nueva demanda se utilizan las funciones de elasticidad precio-demanda estimadas por el Banco de España para exportaciones e importaciones y que se corresponden con los valores porcentuales de -1.3 y -0.6 respectivamente".
  • Parece obvio suponer que "tanto la caída de ventas como la deslocalización que sufriría el tejido empresarial catalán, conllevarían además del propio efecto directo un impacto negativo indirecto muy relevante sobre el consumo y la inversión en Cataluña que también deben tenerse en consideración. Así, por ejemplo, si una empresa se va de Cataluña ello conlleva que sus trabajadores catalanes dejarán de percibir un sueldo y, por tanto, el consumo de estos trabajadores y sus familias se resentiría. De la misma forma, las inversiones de las empresas proveedoras de la empresa deslocalizada disminuirían debido a una disminución de sus pedidos".

Fuga de empresas

Por último, CCC llama la atención sobre el tema de la deslocalización de empresas, que huirían para evitar los nuevos aranceles, evitar posibles boicots de sus consumidores y resguardarse ante la inseguridad jurídica que generaría la independencia. Este es un tema fundamental, porque destroza buena parte del discurso secesionista. Como hemos dicho anteriormente, en los últimos años el nacionalismo catalán se ha refugiado en el argumento del futuro impredecible y ha calificado de catastrofistas a cualquiera que insinuara que una Cataluña independiente sufriría enormes problemas económicos.

Pues bien, cuando muchos decían que las empresas huirían si la apuesta independentista iba demasiado lejos, los políticos secesionistas y sus expertos despreciaban estas advertencias. Ahora ya sabemos quién tenía razón: sí, los catastrofistas. De hecho, casi puede decirse que estos se quedaron cortos, porque el terremoto ha sido todavía mayor del previsto y ni siquiera ha sido necesaria la declaración formal, sólo con el anuncio ya comenzó la fuga. Y lo mismo podría pasar con el resto de las previsiones económicas: según se van sucediendo los hechos y se publican los datos (desde las ventas inmobiliarias a las reservas turísticas), queda claro que la independencia generaría más daño todavía del previsto. En este sentido, CCC calcula que la salida de empresas podría provocar una caída del PIB catalán del 6,5% en caso de secesión.

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En realidad, esto tiene bastante lógica. Aunque el nacionalismo lo niegue, el efecto frontera ha ocurrido en todas las regiones que se han separado de su país, incluso aunque haya sido una separación amistosa (como la de la República Checa y Eslovaquia) y sin guerra comercial. Hay costes directos; por ejemplo, los derivados de tener dos legislaciones diferentes o mantener una estructura empresarial, aunque sea mínima, a uno y otro lado de la nueva frontera. Hay costes indirectos como los derivados de la inseguridad jurídica o las dudas que siempre tiene una empresa (sobre todo pequeña) que tiene que salir al extranjero. Y hay temas que pueden parecer anecdóticos, pero tienen mucha importancia en el día a día de una compañía, como tener que diseñar una campaña de publicidad diferente porque los medios en los que se va a emitir ya no son los mismos ni comparten audiencia. Al final, la suma de todo ello provoca que las empresas catalanas o aragonesas negocien mucho más entre sí que con sus proveedores o clientes franceses. No es una cuestión de distancia geográfica, ni de aduanas (que no hay en el mercado común). Es mucho más complejo que todo eso. Los comerciantes, empresarios y trabajadores catalanes hace semanas que ya lo están sufriendo.

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