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El derecho a la desconexión

El derecho a la desconexión se produce cuando existe un abuso en la dedicación laboral por parte de la cúpula directiva.

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No me refiero al estúpido Brexit (Inglaterra se desconecta del continente europeo) o al proceso por el que ciertos catalanes se separan de España. Son sucesos manidos que ya no producen grandes emociones. La desconexión se utiliza ahora en otro sentido mucho más interesante. Resulta inevitable el abuso de la metáfora eléctrica, como si todo nos encontráramos enchufados a un circuito informático. De ahí, por ejemplo, el éxito del verbo arrancar, que ha sustituido en los medios a empezar, comenzar o incluso a iniciar, que estuvo de moda hace algunos años.

Pero a lo que voy. El nuevo fenómeno de la desconexión significa el descubrimiento de un derecho humano (hay que decirlo así, pues hay también derechos de los animales). En otros países se halla ya asentado. En España lo lanza la infatigable Liga Pro Derechos Humanos. Empieza por reconocer una nueva realidad: las grandes empresas públicas y privadas (se incluyen los grandes bufetes de abogados) esquilman muchas veces a sus ejecutivos jóvenes. Basándose en el aliguí de la promoción y la competitividad, se fomenta el culto al currículum hasta la humillación que digo. En consecuencia, los altos directivos de esas organizaciones acogotan a los jóvenes empleados con el expediente de que tienen que llevarse trabajo a casa. Solo de esa forma pueden resolver los asuntos urgentes. En su virtud, se ven asaltados continuamente, a través de ordenador o del teléfono, para que se encarguen de nuevos asuntos relacionados con el trabajo. Pues bien, se impone el rechazo de tales prácticas explotadoras. Lo sorprendente es que al tiempo se desgrana el discurso de "conciliar el trabajo con la vida familiar". Pura retórica para quedar bien. En algunos países se ha registrado un notable aumento del estrés en el grupo de los jóvenes ejecutivos. No importa que los llamen "socios".

Las nuevas formas de explotación laboral llevan a casos verdaderamente infamantes. Por ejemplo, el de un alto directivo de una gran empresa de comunicaciones. Su ilusión (ya que no tiene méritos para otra cosa) es la de aparecer en la lista de los corredores del famoso maratón de Nueva York. Es algo que da mucho prestigio. Como el hombre se siente incapaz de resistir los 42 kilómetros largos del recorrido, su idea ha sido hacerse con un dorsal de la prueba. Llegado el momento, da el cambiazo y hace que un sufrido joven ocupe su lugar en la fatigosa carrera.

Los ejemplos se pueden multiplicar con nombres y apellidos. La realidad es que las grandes organizaciones económicas no son tan democráticas como parecen. Tampoco se muestran tan respetuosas con conciliar el trabajo con la familia como presumen.

No sé qué figura jurídica va a adoptar esta nueva forma de explotación laboral, que tiene lugar, incluso, dentro de los mismos equipos directivos. Pero el asunto está en marcha. Va suceder algo parecido al caso de la lucha contra los okupas, que también puso en marcha hace poco la Liga Pro Derechos Humanos.

No debe confundirse la miserable explotación que digo (siempre los trabajadores jóvenes por cuenta ajena como víctimas) con la alegre dedicación exclusiva de los que se emplean por su cuenta. Estos últimos son más bien artistas y artesanos, emprendedores, creadores en todos los órdenes. Añádanse los estudiantes que se esfuerzan al máximo para formarse. El derecho a la desconexión se produce cuando existe un abuso en la dedicación laboral por parte de la cúpula directiva. No vale la especie de que así se fomenta la mejora del currículum. Recuérdese que se trata del currículum vitae. Tanto es así que, en la parla norteamericana, se dice simplemente vitae. Eso es lo que importa, la vida. El trabajo no debe trabarla.

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