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EDITORIAL

Cataluña vota en contra de su prosperidad

Los separatistas no votan ni con la cabeza ni con el bolsillo, sino con las entrañas del odio irracional que han inoculado en la sociedad sus líderes políticos.

El hecho de que el bloque separatista haya revalidado su mayoría absoluta en las elecciones regionales del 21-D garantiza el mantenimiento de la inestabilidad y la incertidumbre en Cataluña, con todo lo que ello supone en materia económica. Es evidente que el voto de los separatistas evidencia que buena parte de la sociedad catalana no responde a criterios economicistas ni pragmáticos, ya que poco o nada les importa el declive al que, por desgracia, está condenada esta región por culpa de la sinrazón nacionalista.

Cataluña se ha embarcado en un desastroso y destructivo proyecto de carácter sectario, racista y excluyente, cuyo único fin es alcanzar la ansiada segregación del resto de España y, como consecuencia, también de Europa, sea al coste que sea. Da igual que por el camino se empobrezca una de las regiones más ricas de España o que, una vez logrado el objetivo, el conjunto de los catalanes sean expulsados de la UE y del euro para, a cambio, estar gobernados por una élite política profundamente corrupta, liberticida y radical cuya única obsesión es mantenerse en el poder, tras más de 30 años de hegemonía indiscutible al frente de la Generalidad. Solo así se puede entender que, tras la grave factura social y económica que ha dejado tras de sí el procés, los independentistas hayan sacado 200.000 votos más que la suma de Ciudadanos, PSOE y PP, hasta el punto se conseguir incluso 50.000 votos más que en los comicios autonómicos de 2015.

El clima de inseguridad jurídica que ha causado el separatismo tras la celebración del referéndum ilegal del 1-O se ha cobrado, hasta el momento, la fuga de más de 3.000 empresas, muchas de ellas grandes y medianas compañías que vertebran, en gran medida, la estructura productiva de Cataluña; un fuerte retroceso en la llegada de turistas; la ralentización del mercado de la vivienda; la caída del comercio y del consumo; una preocupante paralización de inversiones foráneas y el mayor aumento del paro desde 2009. Y todo ello en tan solo los meses de octubre y noviembre.

Como consecuencia, la economía catalana, que hasta ahora lideraba el crecimiento del PIB a nivel regional, con un avance superior al 3% interanual, pasará a crecer la mitad el próximo año, situándose así a la cola de las CCAA, según las previsiones de las mayoría de analistas. El problema, sin embargo, es que, en caso de agravarse la inestabilidad, cosa que está garantizada si Puigdemont revalida el cargo, la economía catalana acelerará su marcha hacia el precipicio, de modo que no se puede descartar una posible recaída en la recesión.

Los separatistas no votan ni con la cabeza ni con el bolsillo, sino con las entrañas del odio irracional que han inoculado en la sociedad sus líderes políticos tras años de manipulación informativa y adoctrinamiento ideológico en las escuelas, sin que el Estado, por cierto, haga nada para impedirlo.

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