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Amando de Miguel

El mito del puesto fijo

El ideal de los españoles en edad de ponerse a trabajar ha sido siempre el puesto fijo, "el destino", que antes se decía.

Amando de Miguel
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Es ya una rutina. Cuando se comunican las estadísticas trimestrales de empleo, surgen las declaraciones de los portavoces de los dos grandes sindicatos oficiales. Ambos repiten siempre la misma cantinela: "La creación de empleo es ficticia. Una gran parte de los nuevos empleos son precarios. Hay que crear más puestos fijos". Podrían añadir lo que están pensando: "Más puestos fijos como los nuestros, los de los funcionarios sindicales". O como los de los funcionarios en general. Por cierto, ¿no se podrían fundir los dos grandes sindicatos oficiales, tan semejantes en todo? Naturalmente, ello supondría eliminar muchos puestos de trabajo poco productivos. El ideal completo es que, además, prescindieran de las subvenciones del Estado, un resto de cuando el franquismo, como las pagas extraordinarias de Navidad y verano (18 de julio, se decía antes). Por lo visto, lo de la memoria histórica no se aplica en ocasiones.

El ideal de los españoles en edad de ponerse a trabajar ha sido siempre el puesto fijo, "el destino", que antes se decía. Dice el aspirante: "No importa que se cobre poco. Tampoco te exigen mucho, pero lo fundamental es que no te pueden echar". Una expectativa así empieza a ser incompatible con la evolución de la economía informatizada o digital, en la que inevitablemente estamos inmersos. Ha llegado un punto en el que los puestos laborales que puede deparar una vida activa son variados y no siempre se relacionan con los estudios previos.

Comprendo que ahora mismo existe un conjunto de unos tres millones de puestos de funcionario en todos los niveles de la Administración. Empieza a ser una rémora, pues la fijeza de esos destinos se hace incompatible con la necesaria productividad. Por poner un ejemplo que me toca. No tiene mucho sentido que la toma de posesión de un catedrático de universidad sea de por vida. Lo lógico sería que su puesto fuera renovable cada equis años, previa presentación de una memoria del trabajo realizado en la etapa anterior. Se añadiría el proyecto de lo que piensa enseñar e investigar durante los próximos años hasta una nueva revisión. Además, el ideal sería que no se jubilara solo por razones de edad, sino que permaneciera activo hasta que menguaran sensiblemente sus capacidades. De ese modo se aprovecharían mejor los recursos humanos y aumentaría la productividad general. Algo parecido se podría hacer con los demás puestos funcionariales y virtualmente con todos los ocupados. Es decir, el ideal es que no haya puestos fijos en una carrera laboral, por lo menos hasta sus tramos finales.

Soy consciente de que mi propuesta sobre una estructura laboral con puestos temporales cuenta con la enemiga de los sindicatos, los partidos y muchas personas de buena fe. Simplemente, la emito para hacer pensar un poco. La economía hacia la que vamos, y en la que ya estamos, no puede basarse en una estructura laboral con puestos de por vida. Sería un resultado verdaderamente precario para la mayor parte de los trabajadores, por muy fijos que se sintieran. Lo dice muy bien el sentido común en el sector turístico, el que proporciona más empleos en nuestro país. ¿Cómo va a mantener una plantilla fija una estación de esquí o un resort de la costa? Un caso aún más extremo: ¿sería comprensible que un equipo de fútbol mantuviera siempre los mismos jugadores hasta que se jubilaran?

Me objetarán los sindicalistas que yo he disfrutado de un empleo fijo desde que tomé posesión de mi cátedra a los treinta y tantos años. Es cierto, no tenía alternativa, pero me obligaron a dejar de enseñar cuando cumplí la edad reglamentaria de jubilación. Menos mal que no me pudieron prohibir investigar, escribir o dar conferencias. En ello estoy hasta que el cuerpo aguante.

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