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Edurne Uriarte: "El capitalismo es el sistema económico más progresista"

La catedrática de Ciencia Política acaba de publicar su nuevo libro Diez razones para ser de derechas.

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Edurne Uriarte | Almuzara

Edurne Uriarte es catedrática de Ciencia Política en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, y anteriormente lo fue de la Universidad del País Vasco. Columnista en varios diarios y contertulia en distintos programas de televisión, acaba de presentar el libro Diez razones para ser de derechas, editado por Almuzara. Libre Mercado se ha sentado a hablar con Uriarte para conocer la parte más económica de su ensayo. Este es el resultado de la conversación.

- "El capitalismo es progresista", afirma en uno de los capítulos de su libro.

Más de uno se escandaliza si escucha algo así, pero la realidad es la que es. No hay un sistema económico más progresista que el capitalismo. Precisamente porque eso es así, hemos visto que durante el último siglo se ha producido un enorme progreso en todo el mundo gracias a la extensión del mercado. Es una evidencia con la que la izquierda no quiere encontrarse. Están instalados en el "negacionismo", pero no se puede ignorar la realidad.

- Pero muchos de los que sí admiten esa mejora le dirán que, al mismo tiempo, se ha producido un aumento de la desigualdad…

Ese aumento, que se podría matizar, va de la mano de una mejora continuada de todos los indicadores de bienestar. Más esperanza de vida, más bienestar, más educación, más ingresos, más alimentación… El cambio ha sido increíble, pero más increíble es que, ante unos datos tan contundentes, sigamos instalados en el mundo en el que, ideológica y culturalmente, se niegan esos avances. Probablemente ese "negacionismo" se explica porque la fuente de toda esa mejoría viene de la mano del capitalismo, que se identifica con la derecha.

- ¿Y está bien hecha esa identificación?

La izquierda moderna ha renunciado a introducir el comunismo en los sistemas democráticos, pero solo acepta el capitalismo de forma accidental y, en vez de reconocer sus avances, se instala en la crítica continua del sistema. En los círculos progresistas hay un discurso dominante que se dedica a cargar continuamente contra el empresario, contra la globalización… No obstante, hay una aceptación social creciente del mercado.

- ¿Podemos tomar la figura de Amancio Ortega como ejemplo claro de lo que explicas?

Claro, porque triunfa entre los españoles y, sin embargo, es el villano de cabecera de la izquierda. El progresismo sigue manteniendo que cualquier empresario es un explotador en potencia. Ese es el discurso dominante, de modo que un gran empresario como Amancio Ortega pasa a ser un personaje sospechoso en vez de un modelo al que deberíamos ensalzar. El sectarismo es tal que el fundador de Inditex fue duramente criticado por la izquierda ¡a raíz de sus donaciones a la sanidad pública!

- ¿Quién puede liderar la derecha en los próximos años? ¿PP o Ciudadanos?

De 0 a 10, siendo 0 la extrema izquierda y 10 la extrema derecha, los españoles se sitúan en el entorno del 4,5. Políticamente, somos un país más escorado a la izquierda, de modo que tenemos un terreno de juego complicado. ¿Quién va a liderar la derecha en un futuro? Ciudadanos está entre el centrismo y el populismo. Por un lado, atrae a votantes moderados, de centro-derecha y de centro-izquierda, que vienen de PP o PSOE.

Por otro lado, conquista también a votantes populistas escorados a la derecha, que ven en Rivera una forma más rápida de defender sus ideas. Momentáneamente, Ciudadanos puede llenar el vacío de poder ligado a una crisis interna del PP, pero como es un partido que no se considera de derechas, no van a poder ocupar ese lugar a largo plazo.

- ¿Qué supone Donald Trump para la derecha?

Mi apuesta es clara: yo defiendo una derecha plenamente democrática, alejada de los extremismos, pero también una derecha ajena al populismo. Donald Trump me disgusta en ambos campos. Además, su estilo de liderazgo me parece inapropiado para un gobierno democrático occidental.

¿Por qué ganó? Para empezar, porque los demócratas presentaron a una pésima candidata como Hillary Clinton, pero también porque la herencia de Barack Obama era la que era. Pero Donald Trump no puede ser el modelo a seguir. También me preocupa lo que ha ocurrido en Reino Unido. El Brexit ha sido el resultado del acercamiento conservador al populismo, al discurso de Nigel Farage y el UKIP.

- Hablas en el libro de la cultura del esfuerzo. ¿Qué implicaciones tiene ese discurso para la derecha?

En mi opinión, esa cultura del esfuerzo es uno de los principios fundacionales de la filosofía liberal-conservadora. La primacía de la libertad y la importancia de la meritocracia van ligadas necesariamente. El pensamiento de la derecha se apoya en la autonomía personal, en el aliento al individuo, en la posibilidad de salir adelante a base de trabajo y capacidad individual.

La derecha no niega las dificultades sociales que todos enfrentamos, pero ante todo construye un esquema de valores en el que lo importante es esforzarse para conseguir salir adelante. El problema que tiene todo esto es que hablar de esfuerzo y meritocracia es impopular. Ya lo explica Ortega y Gasset en La rebelión de las masas. Es élite quien se esfuerza, pero la mayoría prefiere ser masa. Es más fácil decir que todo se explica por factores exteriores.

Cuando en el primer gobierno de Mariano Rajoy se propuso elevar la nota para obtener becas, el sistema educativo se levantó. Toda la izquierda se opuso. Ciudadanos no dijo nada, pese a que dice ser un partido liberal. La propuesta ni siquiera suponía una elevación significativa del umbral a partir del cual se concedían las becas, pero se vendió como una medida draconiana. Esto nos da una idea de lo difícil que es defender la meritocracia.

- El mérito es impopular, ¡pero echarle la culpa a la desigualdad sale muy rentable!

La derecha debe incorporar a su discurso una defensa de un sistema social que no necesariamente tiene que ser público, pero sí debe garantizar el acceso a la educación y la sanidad. El Estado puede y debe jugar un papel en ese campo, pero, una vez se garantizan las condiciones básicas de igualdad, las diferencias entre las personas son legítimas, normales e incluso buenas, puesto que en gran medida tienen que ver con el esfuerzo y el trabajo.

Parece un tabú decir que hay diferencias de talento entre las personas. No cuestionamos que A canta mejor que B, que C es mejor futbolista que D… Pero a la hora de aplicar ese pensamiento al mercado, se produce una desconexión, hasta el punto de que parece una provocación defender que las cualidades son diferentes dependiendo de la persona, lo que da pie a distintos resultados. Esa diferencia hay que respetarla.

El Estado de Bienestar puede matizar las diferencias de partida, pero no puede meterse a decretar la igualdad de resultados. Esta es otra de las grandes razones por las que defiendo que es mejor ser de derechas.

En Libre Mercado

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