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Amando de Miguel

El apogeo de los congresos

La asistencia regular a ese tipo de acontecimientos gregarios se convierte en una especie de turismo legitimado, parte muy agradable del trabajo.

Amando de Miguel
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La feria o fiesta (ambos términos son intercambiables) fue la gran institución medieval, la que simbolizó el auge de las ciudades y de la civilización burguesa. Algunas ciudades de la Edad Media, como Medina del Campo o las de la Hansa, rivalizaron en cosmopolitismo. En la sociedad contemporánea se añadieron las ferias comerciales y los congresos profesionales para potenciar aún más la vida urbana y los intercambios de todo tipo. Fueron el producto y el símbolo de la llamada revolución industrial, que hoy perdura. Resulta muy pobre el cálculo, que ahora se hace, sobre los beneficios que reporta a una ciudad la celebración de una feria o congreso. Se basan en calcular lo que se gasta cada congresista en la estadía del acontecimiento correspondiente y multiplicar esa cantidad por el número de asistentes. El beneficio así estimado queda muy por debajo del real. Habría que añadir el valor de las posibles transacciones, muchas veces de momento inmateriales.

Los congresos profesionales se pueden organizar en torno a un ramo ocupacional (por ejemplo, los cirujanos o los juristas), o a distintos profesionales relacionados con un tema (por ejemplo, Dios en la Literatura). La cuestión es reunirse, verse las caras, asistir a las discusiones, oír las ponencias, y sobre todo decidir cuándo se van a reunir los asistentes la próxima vez y dónde. A poder ser, se eligen grandes ciudades, bien comunicadas y con posibilidades para hacer compras y gozar de la cocina local. Es fundamental la buena organización hotelera. Se agradece que haya algún atractivo turístico de paisaje, clima o monumentos.

Se podría pensar que, con las facilidades de las comunicaciones actuales (la internet y todo lo demás), habría languidecido un poco el negocio de ferias y congresos. Todo lo contrario. En la sociedad actual hay más necesidad que nunca de verse personalmente. La asistencia regular a ese tipo de acontecimientos gregarios se convierte en una especie de turismo legitimado, parte muy agradable del trabajo. Los asistentes manejan el dato de su participación como parte del currículum profesional, como medio para ascender laboralmente, a veces también como estímulo para constituir nuevas alianzas sentimentales. Es claro que los beneficios de tales reuniones multitudinarias superan con creces la suma del dinero que se gasta en hoteles, restauración, transportes y otras partidas.

Dado que el asunto requiere grandes sumas de dinero, los organizadores de estos cónclaves se las apañan para financiarlos adecuadamente. En esto llevan ventaja los médicos, pues los laboratorios farmacéuticos están encantados en aportar todas las ayudas necesarias. Es lógico, pues unos pocos galenos son los prescriptores de los medicamentos, cuyo monto económico no hace más que crecer. Su privilegio vale dinero, que es el que reciben de las empresas farmacéuticas para costear los congresos de las distintas especialidades. En otros casos son las universidades, las empresas y los centros de investigación los que costean parte de los gastos de los asistentes a las reuniones. Se impone ahora la tendencia a que cada asistente pague una cuota por asistir al congreso correspondiente. El problema se presenta cuando el congresista no tiene universidad, empresa o similar para cargarle la factura. Digamos que en ese caso el gasto se considera como parte del capítulo de turismo y viajes.

En España ha funcionado durante mucho tiempo el papel estelar de Barcelona como sede de ferias y congresos de todo tipo. Todavía dura la inercia de esa tradición, pero se halla en decadencia. El testigo lo ha recogido Madrid, y también otras capitales. No hay gran ciudad que no mime la erección y mantenimiento de un gran palacio de ferias, exposiciones y congresos. Viene a ser el equivalente de las catedrales de hace muchos cientos de años. Bien es verdad que las nuevas construcciones para este menester de reunirse carecen de la grandeza de las viejas catedrales. La cultura actual es efímera y provisional en todos los sentidos. La sede de un congreso o equivalente dura muy poco tiempo, en tanto que la sede episcopal es eterna en la escala humana.

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