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El buenismo se paga

La viabilidad del Estado del Bienestar es incompatible, guste o no a las tiernas plañideras humanitarias, con cualquier política de puertas abiertas a las migraciones intercontinentales.

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Migrantes rescatados del 'Acquarius' | EFE

Quizá lo del barco no sea más que una de esas tan celebradas recomendaciones geniales que hacen los asesores de imagen encargados de seleccionar el color de la corbata de los gobernantes cuando tienen que comparecer ante la Nación y otras graves cuestiones por el estilo. Si al final solo fuera eso, otra efímera impostura de marketing emocional para el exclusivo consumo de audiencias televisivas infantilizadas, no habría que darle excesiva importancia al asunto. Pero si va en serio, si lo del recibimiento oficial en loor de multitud a los 600 inmigrantes ilegales rechazados por todos los puertos del Mediterráneo indicase un cambio real de actitud por parte del PSOE a propósito de la cuestión, los primeros damnificados serían los propios socialistas. Porque hay una fuerza política en Europa mucho mucho más interesada en frenar los flujos migratorios que esos zafios populistas de extrema derecha, los amigos de Torra y de Puigdemont que ahora mandan en Italia. Y esa fuerza política no es otra que la socialdemocracia. A fin de cuentas, ni la Liga, ni Le Pen ni mucho menos Trump tienen interés alguno en defender el Estado del Bienestar, una creación de la socialdemocracia europea que se confunde con sus propias señas de identidad históricas.

Y resulta que la viabilidad futura del Estado del Bienestar es incompatible, guste o no a las tiernas plañideras humanitarias del welcome refugees, con cualquier política de puertas abiertas a las migraciones intercontinentales. Simplemente es incompatible. Así de sencillo. Porque se puede gritar "Welcome refugees!" cada vez que una patera irrumpa en aguas territoriales de la Unión Europea procedente de África. Al igual que se puede izar la bandera del Estado del Bienestar para reclamar servicios públicos de educación y sanidad universales, gratuitos y de calidad, amén de salarios cada vez más elevados que permitan llevar una existencia digna al grueso de la población. Lo que no se puede defender son las dos cosas a la vez. Aquí y ahora, la disyuntiva para la izquierda continental, y cualquier economista serio lo sabe, es o welcome refugees o socialdemocracia. Y ello es así porque la gran paradoja de eso que llaman globalización está haciendo que las leyes que rigen el orden socioeconómico del siglo XXI se parezcan cada vez más a las del XIX. Recuérdese que los economistas del XIX, tanto los de derechas como los de izquierdas, igual los liberales que los marxistas, compartían idéntica visión pesimista sobre los salarios.

La idea común a todos ellos era que los trabajadores vivirían siempre al borde de la pobreza porque los salarios se estancarían de forma permanente en torno al nivel de la mera subsistencia por culpa de la presión explosiva del crecimiento demográfico. A la Economía se le llamó la ciencia lúgubre precisamente por eso. Y, en efecto, durante la mayor parte del siglo XIX el mundo real se pareció bastante a aquella teoría. Como se vuelve a parecer el nuestro de ahora mismo. ¿O cómo puede ser posible que una camarera de hotel de cinco estrellas cobre en Madrid o en Barcelona solo tres euros por hacer una cama? Pues puede ser posible por la muy sencilla y muy asombrosa razón de que, según datos oficiales de la Seguridad Social, entre 2001 y 2013 todos los puestos de trabajo creados por el sector turístico y el sector doméstico en España fueron ocupados por extranjeros. Todos, sí, todos. ¿Y cómo piensa financiar Pedro Sánchez su muy preciado Estado del Bienestar con las cotizaciones e impuestos de esos trabajadores norteafricanos que, en el mejor de los casos, ganarán tres euros por hora, ya sea limpiando habitaciones de lujo, ya sea vendiendo bolsos falsificados en la puerta de El Corte Inglés? ¿Con más buenismo impostado? Esperemos que solo sea marketing de usar y tirar. Por su bien.

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