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Una tarde de compras en Primark: alboroto, felicidad, empujones y nuevas tallas que enfadan a clientes

La tienda de Primark más grande de España se convierte en buque insignia del capitalismo low cost apto para todas las culturas. 

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Tienda Primark en Gran Vía durante su inauguración | Archivo

Andando por la Gran Vía madrileña sabemos que estamos llegando a Primark por las decenas de bolsas color cartón tamaño extra grande que cargan los viandantes. A las 16:00h el asfalto de Madrid arde a 32 grados. Las tiendas que aguantan el ruido de las obras tienen dependientes algo ociosos. Será por la hora, o no. Hay un templo que no para de recibir y despedir a cientos de feligreses: Primark. Hemos llegado.

Más de una veintena de personas se encuentran en la entrada de la gloriosa cadena irlandesa. La multinacional que ha inventado la moda y complementos low cost y que ha hecho temblar hasta los mismísimos cimientos del coloso Inditex. La acera de entrada a la tienda se ha convertido en un punto de encuentro. "Estoy aquí, en Primark... Lorena. ¿Cuánto te queda? ", comenta una joven con pinta de quinceañera mientras habla por su móvil. A su lado hay un grupo de hombres con las compras primarkianas en el suelo. En sus caras se nota alivio, ya han salido de la marabunta que se agolpa en las cuatro plantas del Primark más lujoso y tecnologizado de España.

Las escaleras mecánicas que dan acceso a la primera planta ascienden con un cargamento de personas de toda clase, cultura y país. Un grupo de chicas italianas ríe y grita, parecen contentas, realmente todos lo están. Un festival de accesorios y ropa para todas las edades. Señoras de 70 años se afanan por encontrar su talla y lo consiguen: "Mira, aquí hay otra L. Está a 8 euros la chaqueta de punto, Conchi. Qué barata, llévate dos". Y Conchi se las lleva y las echa a la cesta.

Polémica por las nuevas tallas

Quien no acierta a encontrar en la primera planta un cardigans que le quede bien es una adolescente. Por el acento sabemos que es latinoamericana. "No hay XS por ningún sitio", le dice a su amiga. La otra chica revuelve la ropa, pero nada. "Es todo tan ancho y grande", se queja en alto la acompañante. Otras jóvenes que se encuentran pasando perchas también empiezan a desesperar. "Tía, pregunta si hay una S". Su compañera no está por la labor y le responde "que pasa porque ya saben que le van a decir que lo que hay fuera es lo que queda". "Pues vaya mierda con esto de las tallas". Al alzar la vista vemos qué es lo que está ocurriendo. En un cartel de grandes dimensiones se puede leer:

Nuevo tallaje. Hemos actualizado nuestro tallaje para ofrecerte un corte más adecuado y cómodo. Si quieres conocer nuestras nuevas tallas, por favor consulta con las siguientes tablas

Quizás para hacer sentir mejor con su peso a las clientes femeninas, Primark ha optado por hacer de la S la 36-38, (sinceramente, tira más a la 38), y así con todas las tallas. Una M es la 40-42, la L llega a ser la nueva 42-44. Por tanto, la XS, es la 34-36 y, según se observa, en la sección de ropa otoñal de mujer no hay nada.

Los grandes espejos de las columnas ven desfilar numerosas niñas que se van probando jerseys y sudaderas con mala cara. Lamentan que la tienda haya dado un giro tan radical haciendo "ropa para gigantas". Si bien es cierto que ni siquiera la talla 38 es similar a una antigua 38, nos atreveríamos a decir que más bien parece una 40. ¿Se habrán salido con la suya las feministas de tercera ola? No olvidemos el ya mítico "la talla 38 me aprieta el chocho" de miles de manifestantes hembras el 8M de 2017.

De repente, suena la banda sonora de la saga de Harry Potter. La gloria de Primark se escenifica reflejada en sus enormes ventanales transparentes. La silueta de una modelo digital multicolor camina por los cristales. Decenas de personas se agolpan con zapatos, collares y pantalones en mano para ver lo que sucede. Se apresuran en sacar su móvil para grabar el número futurista. La gente, asomada desde las distintas plantas del centro, se queda alucinando.

Y es que ir de compras es más que eso. O, por lo menos, la multinacional de Irlanda lo está intentando. Wifi, aseos y el sueño de cualquier hombre que acompaña a su pareja de probador en probador... Grandes sofás para esperar cómodamente. Y así es. Cada área de descanso está llena de varones con las piernas estiradas y expresiones faciales de agobio. Aquello comienza a llenarse.Van a dar las cinco de la tarde.

El tiempo pasa rápido porque Primark no tiene fin. Recorrerlo es echar la tarde. Sin embargo, hay cierta felicidad allí dentro. Un abuelo en la cuarta planta dedicada a los infantes compra una bolsa de nube de golosinas a su nieto. En el otro brazo, el anciano arrastra un carrito como los del supermercado. No hay duda de que el Imperio Primarkiano piensa conquistar a todos. Niños pequeños corretean, mujeres de mediana edad buscan un buen edredón para el frío venidero, los chicos se prueban calzado deportivo, una madre le regala un pijama a su hija, otra mujer pone cara de asco al probar un perfume y su marido se ríe. Hay jolgorio. Parece otro país. Comprar en esa cadena se hace algo agobiante por la gran afluencia de público, sí, pero se hace agradable por los bajos precios.

Un burka por Primark

Unos pantalones vaqueros valen lo mismo que una bandeja de ternera en el Mercadona y una chanclas menos que dos cigarrillos. Una camiseta cuesta menos que un paquete de espagueti. Así, es muy lógico que las cajas registradoras no dejen de marcar cifras. "Caja número 5", anuncia una voz enlatada por el altavoz. Todos están muy entretenidos con lo suyo.

Repentinamente, pasa alguien y capta la atención de la mayoría. Una mujer, tapada por completo, vestida de negro con un niqab por el que sólo se pueden apreciar dos ojos marrones, pasa acompañada de su marido."Mira Sandra esa chica con el burka, vaya plan", comenta una voz femenina al fondo. Pero enseguida todos vuelven a lo suyo. Es una compradora más. En Primark, todos son iguales gracias al capitalismo.

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