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Decencia, inversión y reconquista

Doña Carmen quiere hacer felices y sanas a las mujeres, pero para eso jamás puede respetar su libertad.

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Carmen Montón | EFE

Antes de dejar precipitadamente el Ministerio de Sanidad, la señora Carmen Montón declaró a El País:

Un Gobierno decente no deja a nadie atrás (…) la universalidad es irrenunciable en la sanidad (…) Hay que elegir en qué se gasta con el fin último de que el ciudadano esté sano, y cuando está sano es más feliz. Yo no hablo de gasto público, hablo de invertir en salud (…) tenemos que reconquistar lo que se nos arrebató con la crisis.

Para doña Carmen la ética no culmina aristotélicamente en la política, ni en supuestos trabajos universitarios, sino que es la política. Así, los Gobiernos son entes morales, y por eso hay unos que son decentes y otros no. Se trata de una temeridad intelectual, que solapa el Estado con la sociedad civil y al gobernante con los ciudadanos. En términos de libertades, es peligrosa, porque pulveriza cualquier noción de límite del poder. ¿Cómo poner coto a la decencia? No tiene sentido: cuanta más, mejor. Es decir, cuanto más decente un Gobierno, mejor. Y lo óptimo es "no dejar a nadie atrás". La única forma de garantizarlo es que un poder totalitario asuma toda la responsabilidad por todas las personas, y por ende arrase con sus derechos y libertades.

La licenciada Montón prosigue en la misma línea moralizante y colectivista cuando habla de la sanidad universal como "irrenunciable". Se refiere a un gasto público, es decir, a lo que exige el quebrantamiento del derecho de los ciudadanos a conservar lo que es suyo, porque no hay gasto sin impuestos. Esto significa que en su opinión ese derecho de los ciudadanos es claramente renunciable en la medida en que obstaculice lo que sí es irrenunciable, que es el mayor gasto público para lograr la sanidad universal, que, por supuesto, comporta un gasto indefinido, o cuyas fronteras sólo pueden ser establecidas por el poder.

Con un objetivo que haría las delicias de Jeremy Bentham –ciudadanos sanos y felices–, la entonces ministra eludió olímpicamente la cuestión al afirmar que "hay que elegir en qué se gasta". Lógicamente, no hay forma de entender esto sin traducirlo como "el poder elegirá", porque si eligen las trabajadoras, igual no eligen lo que les gustaría a los poderosos, es decir, igual hacen lo que les apetece, y hasta ahí podríamos llegar. Doña Carmen quiere hacer felices y sanas a las mujeres, pero para eso jamás puede respetar su libertad.

Para que nos quede claro que esto es así, la propia señora Montón dijo que no hablaba de gasto sino de inversión. Otra vez, esto solo se entiende si se trata de algo que no puede enfrentar obstáculos. ¿Quién puede oponerse a una inversión en salud y felicidad? En ningún caso la ministra hizo ninguna referencia a los derechos de las trabajadoras, porque si hubiese considerado que hay que respetarlos, entonces debería haber replanteado todo su discurso.

Ignoró a las trabajadoras y sus derechos porque sus objetivos no pasan por el respeto a la mujer sino por las banderas de la colectividad, frente a las cuales los derechos de cada mujer no cuentan. Nótese la retórica belicista del final: "Tenemos que reconquistar lo que se nos arrebató con la crisis". Hay un solo protagonista, que es la colectividad, no cada mujer, sino la tribu, que es convocada a la reconquista. Estas metas guerreras y tribales invitan a pasar por encima de cualquier derecho de cualquier mujer concreta. Por fin, la reconquista es porque la colectividad padeció una derrota: "Lo que se nos arrebató con la crisis". La crisis, por tanto, es un enemigo que vino y nos robó lo que era nuestro. Todo el discurso de doña Carmen, por tanto, se inscribe en la falacia conforme a la cual nuestros males se derivan de una gran reducción del gasto público, que debemos ahora "reconquistar". Como el gasto público no registró esa apreciable reducción, y como la entonces ministra claramente apuntó a un aumento de dicho gasto, sólo cabe concluir que lo que desea es que el poder aumente todavía más los impuestos, es decir, que acometa incursiones punitivas aún más usurpadoras contra la propiedad de las mujeres, forzando unos recortes aún mayores que el saqueo perpetrado por el PP contra las ciudadanas.

Este debe de ser el famoso progresismo.

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