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A favor de los taxistas (1)

Amazon apela al futuro, mientras que Uber o Glovo remiten al pasado.

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David Alonso Rincón

En un evento patrocinado por la multinacional Cabify, Albert Rivera, el líder del partido que más entusiasta se muestra siempre con las nuevas empresas tecnológicas relacionadas de uno u otro modo con los avances en los procesos de digitalización de la economía global, acaba de manifestar que no podemos engañar a los taxistas españoles sobre cómo será el futuro en relación al transporte urbano de viajeros. Un aserto que inmediatamente nos remite a imágenes de coches voladores del tipo de los que se pueden ver en películas como Blade Runner y otros de diseño estrafalario conducidos por robots de ciencia ficción no menos estrafalarios, como aquellos que siempre acababa destruyendo a mamporrazos Arnold Schwarzenegger en los infinitos remakes de la saga Terminator. Una fantasía, la de Rivera, compartida por muchas otras personas y que tiene su origen en el muy extendido error de relacionar a empresas de relevancia exclusivamente financiera, como Uber, Glovo o la propia Cabify, con otras que sí son innovadoras en el campo tecnológico. Amazon o Spotify, por ejemplo.

Pero, de hecho, sus respectivos modelos de negocio no solo no se parecen en nada, sino que remiten a mundos distintos y distantes. Amazon apela al futuro, mientras que Uber o Glovo remiten al pasado. Amazon es el resultado de un esfuerzo original y extraordinario de centenares de ingenieros informáticos de máximo nivel y de otros tantos brillantes especialistas en logística, coordinados todos ellos por un empresario visionario que ha logrado revolucionar la distribución comercial en todo el mundo al suprimir tramos de la cadena de valor, eliminando costes que antes se creían estructurales y generando economías de escala que nos han acabado beneficiando a todos. Nada de eso, en cambio, aporta Uber, una simple plataforma de intermediarios en el sector del transporte cuya sencilla aplicación informática no presenta ninguna complejidad especial, al punto de que es similar en su funcionamiento a muchas otras usadas por las cooperativas de taxistas, y cuya única virtualidad conocida resulta ser un potente músculo financiero creado para eliminar a competidores del mercado.

Uber emplea el grueso de los más de 40.000.000.000 de dólares que alcanza ya su capitalización bursátil no en invertir en innovación tecnológica sino en tratar de conseguir, y por todas las vías posibles, posiciones monopolísticas en los mercados de los distintos países donde opera con sus coches para, una vez expulsada la concurrencia local, poder subir las tarifas del servicio a fin de maximizar sus beneficios. Uber no encarna, como tantos ingenuos creen aún, la metáfora del libre mercado sino la de todo lo contrario: la de la alergia al libre mercado. Nada que ver, por lo demás, los unos con los otros. Amazon está ayudando a crear un mundo mejor en el que tendremos que emplear muchos menos recursos materiales y esfuerzo humano para lograr que los productos de las empresas lleguen a sus consumidores finales. Uber, en cambio, está ayudando a que los sueldos y las condiciones de trabajo de los falsos autónomos que conducen sus vehículos de transporte de pasajeros por todo el planeta se parezcan cada día más a las que existían en el siglo XIX cuando los inicios de la Revolución Industrial. Eso sí, te dan una botellita de agua mineral. Continuará.

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