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Los centros comerciales del extrarradio se vacían y los empleados se aburren: "No viene ni Dios"

Los grandes almacenes de la periferia de las ciudades españolas viven bajo la amenaza de un cierre en el futuro.

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Un comprador pasea por el Centro Comercial Plenilunio (Madrid) | Libertad Digital

Pasillos vacíos, escaleras mecánicas en funcionamiento, pero sin nadie que suba ni descienda por ellas. El sonido de una musiquita irreverente hace que parezca que allí no pasa nada. Pero pasa. Las dependientas ocupan sus puestos detrás de los mostradores, pero al otro lado de la caja registradora no se ve ni un cliente. Las miradas de los empleados se cruzan mientras doblan ropa y ordenan perchas en probadores sin gente.

En el magno centro comercial Gran Plaza 2 de Majadahonda situado a las afueras de Madrid los compradores brillan por su ausencia. La soledad de estos grandes almacenes se percibe caminando entre sus desangeladas plantas. El aburrimiento lo sienten hasta los maniquís. Es un día cualquiera de entre semana y allí no se ve movimiento alguno. El apocalipsis retail que vive Estados Unidos parece empezar a acechar a las superficies comerciales situadas en las afueras de las ciudades españolas. Y muchos de los trabajadores han transmitido a Libre Mercado "el bajón que han sufrido en sus tiendas".

Ana Reina, una comerciante que tiene alquilado un establecimiento de ropa interior, está segura de que el desierto en el que se ha convertido Majadahonda es un síntoma de que el concepto de centro comercial tal y como lo entendíamos debe de cambiar para concentrar otro tipo de ofertas de ocio o mercado de alimentación que puedan volver a interesar a los consumidores y les rente el desplazamiento.

"El comercio online y Amazon nos están machacando, pero también creo que hay que renovar la idea de ir de compras. Los fines de semana esto se llena un poco más, pero es debido a los restaurantes y locales de ocio para niños. Vienen a pasarlo bien y de paso si algo en un escaparate les atrae, entran, se lo prueban y lo compran. El reclamo de las tiendas lo resuelven con Internet y si no se esperan a las rebajas. Sólo tienes que ver cómo está esto. No viene ni Dios y yo ya despedí a la chica que tenía aquí porque no había trabajo que atender. Es triste, pero no se puede negar la realidad", explica con convicción la empresaria madrileña.

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Pasillo de Centro Comercial Plenilunio

Continuando el paseo, se admira la grandiosidad del templo comercial. Se aprecia lo que una vez fue y ya no. Ramiro Nava, un joven trabajador de una boutique de hombre, nos dice que hace poco dos de sus compañeros fueron echados de la firma porque la tienda no cumplía con los objetivos de facturación. "Ellos eran muy buenos profesionales, pero si no viene nadie, ¿a quién le van a vender?, ¿a un fantasma? Me he quedado yo porque soy el más antiguo, a ver si esto reflota, aunque soy bastante negativo", sentencia con desparpajo. Justo enfrente, una chica hace la manicura a una señora en un mostrador portátil. Son las dos únicas almas que se ven en el horizonte de esta isla comercial desierta.

Donde sí parece que hay vida humana es en la planta baja. Se escucha el teclear de las cajas del supermercado Alcampo. Aunque tampoco aquello es una fiesta. La mayor parte de las cajas están cerradas. Apenas cinco de ellas se encuentran en funcionamiento y quienes guardan cola sujetan entre sus brazos la típica compra del día para salir del paso.

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Una dependienta tras el mostrador en Plenilunio

Este escenario un tanto desolador se repite en el centro comercial Plenilunio, una superficie periférica al igual que el Gran Plaza de Majadahonda. Sin embargo, los empleados de Plenilunio no están tan desanimados.

Mercadona y Primark, al rescate

Tal y como matizaba la comerciante del Gran Plaza, los supermercados junto con las ofertas de cines, boleras, cadenas de comida rápida o parques infantiles suelen funcionar como salvoconductos para escapar del declive económico. En Plenilunio, Israel Tarragona, dueño de una óptica, piensa que gracias al Mercadona "hay más tránsito". También cuenta a Libre Mercado que el hecho de que "pusieran un Primark" también ha hecho que los días de diario "refloten las tiendas".

Lo mismo opina una de las farmacéuticas que despacha justo a la entrada del Mercadona. "Aquí no paramos. Vender justo al lado del supermercado ayuda bastante a que aumente el volumen de salida de medicamentos", refleja la dependienta. A pesar de que el flujo de consumidores "no va mal", ambos trabajadores coinciden en que "ha habido un descenso notorio en las ventas y hay muchos menos visitantes que hace varios años". Al hilo de esto, Tarragona asevera que "con sólo mirar los pasillos se ve cómo hay mucha menos afluencia". Y, ciertamente, lo comprobamos.

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Centro Comercial Plenilunio

Pero, siendo optimistas, nuestro país no se encuentra envuelto en dicha apocalipsis retail. Más bien, y tal y como han transmitido en varias ocasiones desde la Asociación Española de Centros y Parques Comerciales (Aecc), está previsto que se abran sus puertas 17 nuevas grandes superficies. Éstas se sumarán a los 563 complejos comerciales ya existentes. Entonces, ¿por qué hay negocios que parecen un cementerio?

Ir a de compras "al centro"

Algunos expertos urbanísticos apuntan a que ha habido un cambio de gustos a la hora de ir de compras. Las periferias de la ciudades se estarían viendo abocadas a una gran transformación en la que las urbanizaciones residenciales serían las grandes protagonistas del espacio urbano.

Jorge Ponce, ejecutivo del estudio de arquitectura urbana Broadway Malyan’s, arroja algo de luz sobre el asunto: "El mayor peligro del fenómeno del apocalipsis retail se encuentra en el extrarradio. Tiendas como Ikea y Media Markt, con fuerte presencia en la periferia, ahora están abriendo en el centro de las ciudades", declaraba a Economía Digital.

Por lo tanto, Ponce advierte de que, aunque Amazon puede dañar al negocio, los centros comerciales en España pasarán por trasladar sus superficies a lugares con gran afluencia y tránsito donde la gente pasee, tome una cerveza y entre sin pensarlo mucho a comprar unos pantalones, es decir, el centro urbano de las ciudades. El apocalipsis, por fortuna, aún no ha llegado.

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