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FoodTrucks, la moda de las gastronetas: "Los políticos nos ponen muchos palos en las ruedas"

Los camiones de comida callejera lamentan las trabas que ponen los ayuntamientos a sus negocios.

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Los camiones de comida callejera lamentan las trabas que ponen los ayuntamientos a sus negocios.
FoodTruck | Foodtruck La Pepita

Sandra y su marido Manuel recuerdan lo que supuso la crisis para su heladería en el fatídico año del rescate a España. Sí, 2012. El matrimonio vio hundirse su heladería en Córdoba. Las calles estaban desiertas y el local vacío. Pero pronto vieron la luz en forma de camión, el del abuelo. Estaba viejo y apenas lo utilizaba el hombre. ¿Si la gente no viene a comprar helados, por qué no iban ellos a buscarla con el camión?, se preguntó en su momento Sandra. Subieron a bordo de la moda del foodtruck y salir a la carretera les ha llevado a reflotar su negocio.

Ahora, estos arriesgados empresarios se encuentran en Madrid. Mientras atienden a una cola de jóvenes, cuentan a Libre Mercado cómo con 15.000 euros pudieron tunear la vieja camioneta. Un frigorífico, tres freidoras, estanterías, cubertería, tablas de madera, ilusión, carretera y manta. "Al principio, nos percatamos de que preguntaban más por hamburguesas que por helados. La gente tiene asociado el concepto del mercado de comida callejera con furgoneta a las películas americanas. Quizás nuestro camión era demasiado grande para los dulces de nieve, por lo que decidimos dejar a un lado los helados y pasarnos al hot dog y a las megaburguers. Funcionó y sigue funcionando", nos dice la propietaria mientras despacha con maestría y gran velocidad un perrito caliente a un adolescente.

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FodtruckYa.com

"En la calle o espacios abiertos, un bocadillo sabe mejor. No solo cocinamos gastronomía yanqui, también vendemos cucuruchos de calamares y pinchos de tortilla", resalta Manuel. A pesar de la alegría con la que atienden, ambos afirman que a su camión les ponen muchos palos en las ruedas. "Los ayuntamientos de cada ciudad o pueblo son un mundo. Tienen normativas diferentes, estrictas con muchos permisos, horarios. Hace poco, supimos por nuestros compañeros de profesión que aquí, en Madrid, Manuela Carmena le declaró la guerra a los foodtrucks. Llegaron a marcar hasta los precios de la bebida y comida el año pasado". ¿Peor que en la Unión Soviética?, le preguntamos con sarcasmo. "¡Peor! Nosotros decidimos no venir al final y quedarnos en Córdoba".

Delante de la gastroneta hay varias mesas. A pocos metros se encuentra otro establecimiento de estética vintage y un público más barbudo y adulto a su alrededor. Un grupo de hipsters se lo pasa pipa mientras escuchan música con el maletero del coche de uno de ellos abierto. Entretanto, uno llega con una bandeja cargada de burritos mexicanos y platos de sushi. Todo muy cool. Está atardeciendo y el plan pega. "Nos vamos ahora a un concierto. Nos gustan mucho los camiones de comida, es algo diferente al típico bar. Más informal, quizás un poco caro, pero es como estar en un festival y no tenemos que reservar mesa ni esperar. Nos atienden rápido. Vamos a una sala de aquí al lado y parar para comer nos venía como anillo al dedo", nos comenta muy jovial uno de los muchachos mientras le chorrea por la mano la mayonesa de su perrito caliente.

Lo cierto es que el auge de los camioneros-cocineros llegó a su tope hace dos años debido a las enormes trabas burocráticas estatales. Al menos así lo describe Manuel. No obstante, los emprendedores gastroneteros le han echado imaginación y han encontrado en los festivales de música, fiestas populares, bodas, comuniones y bautizos un nuevo filón para hacer caja. "La clave es estar donde el gentío se acumula. Los mercadillos, plazas con ferias y festejos, playas con conciertos, cualquier evento que atraiga gente nos viene de maravilla. Además, nos agarramos a las normativas del evento y ese dolor de cabeza se lo llevan los organizadores con el consistorio de turno", señala Sandra mientras la cola sigue creciendo.

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La freidora chisporrotea. El olor se pierde entre los árboles y la brisa. Sirve de reclamo. A la pareja de cordobeses todavía les quedan unas horas más. Hasta las doce de la noche para ser exactos. Pero a pesar de que las monedas vienen y van, no es oro todo lo que reluce. Estos camioneros quieren que dejemos claro en el reportaje que es una vida dura y que hay que ser de espíritu aventurero.

"El dinero no cae de cielo y, en vista del esfuerzo que hay que hacer para sobrevivir, cuando no es la crisis son los políticos los que nos machacan a impuestos y a restricciones. Somos autónomos y hay que tener alma de héroe para entrar en este negocio ahora mismo en España", se sincera Manuel. "¡Y alma de camionero!", le espeta su mujer desde el otro lado del vehículo mientras estruja un bote de mostaza y se la echa a una rebanada de hamburguesa.

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