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José T. Raga

Vuelve la campanilla

¡Ay, pobre del pueblo cuyas autoridades no tengan nada que hacer!

José T. Raga
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Miren por dónde que yo me encontraba bastante insatisfecho al no haber vivido la fase inicial de los automóviles, aunque, como muchos, la conocía por fotografías de época y por alguna que otra película que nos permitía identificarnos con aquellos años de final del XIX y muy principios del XX.

Aquellos automóviles que, con la imagen que tenemos hoy de sus tataranietos, cuesta identificarlos como vehículos a propulsión mecánica, incluso movidos por motores de explosión. Aparte del atractivo diseño y la falta de semejanza entre unos y otros, no como hoy que parecen diseñados todos por el mismo ordenador y con la misma fórmula para asegurar dinamismo y bajo consumo de combustible, todos ellos, en origen, llevaban en la parte delantera una campana que accionaba el conductor para advertir de su presencia, pues de hecho el territorio era de los peatones.

Del último en circular distamos, como poco, un siglo bien pasado, pero tenía su gracia, que merece evocar, y que tuvo eficacia, pues los pocos que eran agraciados con el invento se sentían una clase especial, llamada al disfrute y la admiración de propios y extraños, y sin problemas de estacionamiento.

La Unión Europea, que también anda a ciegas por el mundo, como cualquier Gobierno de cualquier país, llama a los ciudadanos, súbditos de sus directivas, a cambiar los vehículos convencionales –porque matan con el CO2 que emiten– y adquieran vehículos eléctricos o híbridos – porque matan saludablemente, es decir, por contaminación acústica –.

Eso sí, la gracia que tenía la campanilla se ha perdido para siempre, porque el gobernante europeo, como el nacional, carece de información, no le importa la historia del país y de los inventos y, lo que es peor, carece también de imaginación.

Pero lo primero que se pregunta el conductor, baqueteado por los ayuntamientos del siglo XXI y por la Dirección General de Tráfico, es: ¿acaso la pervivencia del peatón depende del ruido que puedan emitir los nuevos vehículos? ¿No están delimitados los espacios para vehículos y para peatones?

¿Acaso reconoce la autoridad municipal o estatal que el peatón camina por donde le viene en gana? Es más, supongo que todos tienen comprobado que, cuando un peatón se dispone a cruzar por un paso con semáforo, no tiene la mínima tentación de mirar si su luz está verde o roja, simplemente mira si viene un vehículo o no.

Esta cautela no la tiene cuando peatonaliza, por su cuenta, la calzada reservada a los vehículos; dando la espalda a estos con la presunción, que suele ser real, de que pararán.

Para qué tanto ruido, cuando bastaría suponer que el peatón va por la zona de peatones y el vehículo por la calzada reservada a los vehículos, los cuales nunca deberán circular por las aceras.

¡Ay, pobre del pueblo cuyas autoridades no tengan nada que hacer!

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