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Carmelo Jordá

Sí, los impuestos son para llorar

Ser despojado de una parte muy considerable de tu trabajo no es estupendo, por mucho que la propaganda de la izquierda quiera convencernos de que sí.

Carmelo Jordá
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En los cenáculos y contubernios liberales de internet está corriendo como la pólvora el vídeo de un niño que llora desconsoladamente frente a un tablero de Monopoly, después de lo que se adivina como una derrota atroz.

Al chico, en cuyo rostro se adivina la consternación más absoluta, le preguntan qué ha pasado con su dinero. El diálogo es de lo más interesante:

–¿Qué ha sido de tu dinero, Donnie?

–¡Impuestos! –dice el pobre chico al borde del llanto.

–Pero no pasa nada, es parte del juego –tratan de consolarlo sin demasiada fortuna.

–¡Sí que pasa, no es divertido! –responde ya sin poder contener las lágrimas–. Es la peor parte del juego.

–¿El qué?

–¡Los impuestos! –casi grita, ya con la cara desencajada.

Decía una antigua compañera de trabajo que los borrachos, los leggins y los niños dicen siempre la verdad, esta es una demostración excelente de lo acertada que es la frase: sin estar contaminado por la propaganda política imperante, sin la necesidad de quedar bien, sin sentirse amedrentado por el qué dirán tuitero, el niño dice lo que todos pensamos: que los impuestos no tienen ninguna gracia y son la peor parte del juego de ganarse la vida.

Y es que, por mucho que la propaganda de la izquierda quiera convencernos de que ser despojado de una parte muy considerable de tu trabajo es estupendo, ni lo era cuando la Iglesia se cobraba el diezmo, ni lo es ahora cuando el Estado se lleva la mitad de lo que producimos en un año, y encima sin garantizarnos la vida eterna.

No les voy a decir que los impuestos son un robo porque creo que la cuestión es un poco más compleja que eso, pero lo que es innegable es que son un acto de fuerza: la que el Estado tiene que aplicar en cada uno de nosotros para poder quitarnos, arrebatarnos, despojarnos, obtener, acaparar… (marquen lo que más les guste) los frutos de nuestro esfuerzo, o de nuestra suerte, o de nuestro conocimiento, o de nuestro arte, tanto me da.

Sí, sé que nos dicen e incluso que quizá usted esté pensando en que los impuestos son necesarios y que a cambio de ellos recibimos una serie de servicios, algunos esenciales. Es cierto, es tan innegable como que esto no hace el trago menos amargo, sobre todo cuando consideramos un aspecto no baladí de la cuestión: la desproporción entre lo que damos y lo que recibimos, porque de eso es de lo que estamos hablando, de un intercambio económico que, en la mayor parte de los casos, es francamente injusto.

En este punto de la conversación suele aparecer la palabra solidaridad, lo que sería muy gracioso si no fuese para llorar: ¿cómo se puede hablar de solidaridad ante un acto coercitivo, en el que no se nos da a elegir y que, encima, practicamos bajo la severa y aterradora mirada de una brutal maquinaria de vigilancia y represión ante la que estamos patéticamente indefensos y que permanentemente nos amenaza con multas y hasta con la cárcel? No, la solidaridad o es libre y voluntaria o no es solidaridad, es otra cosa, es imposición, ¿les suena de algo la palabra?

La prueba de que los impuestos son lo peor es que el Estado ha diseñado un ingenioso sistema para que los contribuyentes no sepamos en realidad lo que pagamos: nos quitan una parte de la nómina vía IRPF, otra de la misma nómina pero por otros capítulos y más de tapadillo, un buen pellizco en nuestras compras, otro poco cada vez que bebemos, fumamos o repostamos, un pizca en cada gestión pública, otro zarpazo al morir, donar o heredar… Cada acto de nuestra vida está sometido al sablazo de tal forma que somos prácticamente incapaces de saber lo que nos toca pagar o, mejor dicho, lo que nos quitan.

Así las cosas, miro el vídeo y pienso que gracias a un sencillo juego de mesa el pobre niño ya se ha dado cuenta de algo que la izquierda biempensante tratará de ocultarle durante el resto de su vida: la verdadera y terrible naturaleza de los impuestos. Es normal que llore, ¿no creen?

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