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Cristina Losada

No se lo digas a nadie

Para nuestros anti turistas, el capitalismo ha cometido el pecado de poner al alcance de las masas una actividad que estaba reservada a cuatro gatos.

Cristina Losada
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Cristina Losada - No se lo digas a nadie
Cartel de la Federación de Asociaciones de Vecinos de Barcelona. | FAVB

Una Federación de Asociaciones de Vecinos y Vecinas de Barcelona reparte estos días unos volantes a los turistas pidiéndoles que no le digan a nadie que han estado en Barcelona. La idea de la Federación era hacer algo llamativo para que prensa y público hagan caso a su cruzada por la disminución del turismo. Lo han conseguido, ya ven. De eso estamos hablando. Y lo han conseguido gracias a que la encargada de explicar sus conceptos elementales a la prensa era una portavoz incapaz de explicarse. Por lo poco que se le pudo entender, el turista debe comportarse como el que descubre un tesoro y no le dice a nadie dónde está o como el que va a "cazar setas" (sic) y mantiene el lugar de "caza" en secreto. Lo que sí se le entendió es que el turista tiene que tomar conciencia de que es un problema, aunque concedió que hay que inculcarle la conciencia de forma amable. Bueno, al menos, descartan la violencia.

Estos vecinos y vecinas asociados y asociadas y federados y federadas están en la línea roja al turismo que trazó la alcaldesa Colau ya en su primer mandato. Una línea, por lo demás, característica de la mentalidad de la neo izquierda. Conecta vagamente con el rechazo del crecimiento económico y de las actividades que lo impulsen, que ya era un tótem -y un tótum revolútum- de la neo izquierda anterior. Representa el modo de ser anticapitalista que ha asumido el viejo anticapitalismo después de sucesivos -y fallidos- ropajes. No hay que ignorar esos conectores ideológicos, por más que presenten su causa como derivada del trastorno que provoca el turismo en barrios y vecindarios. La mayoría de las veces, el proceso es el contrario: la ideología configura la causa. Y los problemas, que los hay, porque siempre los hay, son meros figurantes en la obra.

Para nuestros anti turistas, el capitalismo ha cometido el pecado de poner al alcance de las masas una actividad que hace cien años estaba reservada a los cuatro gatos que se podían permitir viajes y estancias hoteleras. Esa capacidad que tienen ahora los trabajadores y clases populares para hacer turismo les parecerá un horror a los del anti turismo, aunque posiblemente con una salvedad: siempre que los turistas sean otros. A menos que estos activistas contra el turismo no hagan turismo nunca o vayan sólo a lugares apartados de la ruta habitual, que suelen ser más caros, alguna vez serán turistas ellos también, y hasta querrán ver una vez en la vida Venecia, pese a que esté hasta los topes.

Barcelona, sin embargo, no es Venecia. Se ha convertido en un destino turístico de primer orden por la promoción que han hecho durante años las administraciones, y porque la propia ciudad se ha adaptado y preparado para el turismo a gran escala. Esto en coincidencia, además, con el declive de sectores económicos tradicionales. Si hay vecinos que sufren los inconvenientes del turismo masivo, también los hay que viven de ese turismo masivo. El anticapitalismo que late en este rechazo del turismo dirá, naturalmente, que sólo beneficia a los "poderosos" de siempre. Pero eso es tan incierto, que hasta los federados y federadas tienen que hacer equilibrios para no mostrarse contrarios a todo el turismo y diferencian entre el "turismo", que es bueno, y la "turistificación", que es mala. El ejercicio de funambulismo llega a tal punto que propugnan a la vez la disminución del turismo y el "reparto equilibrado" de sus beneficios. Esto es, de los beneficios decrecientes del turismo menguante.

Los anti turistas de Barcelona no harían campañitas absurdas contra el turista si su preocupación primordial fuera mitigar las tensiones e inconvenientes que causa la masificación turística en ciertas áreas. No estarían en el maximalismo, sino en el gradualismo. Pero no se inquieten tanto. Los destinos turísticos masivos, salvo que concurran circunstancias muy especiales, vienen y van, se ponen de moda y dejan de estarlo, llegan a la saturación y después se empiezan a vaciar. En mi época de viajes, se decía que había dos clases distintas y opuestas: la del viajero y la del turista. Claro que los viajeros abrían el camino por el que luego transitaba el turismo de masas, así que los primeros cambiaban de destino y la secuencia se volvía a repetir. Pero no se lo digas a nadie.

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